¿Cómo será lo mental el día después del aislamiento?

¿Cómo será lo mental el día después del aislamiento?

El siquiatra Rodrigo Córdoba habla de la salud mental en medio de la pandemia del coronavirus.

Rodrigo Córdoba

Rodrigo Córdoba prevé que tras la pandemia habrá un aumento de cuadros depresivos, de trastornos de ansiedad en buena parte de la población.

Foto:

César Melgarejo. EL TIEMPO

Por: María Isabel Rueda
17 de mayo 2020 , 10:25 p.m.

El médico siquiatra Rodrigo Córdoba, profesor de El Rosario y expresidente de la Asociación Siquiátrica de América Latina, asegura que las consecuencias mentales del coronavirus en niños y adultos merecen la atención preventiva urgente del Estado.

En el tema de los niños se intervino rápidamente con el cierre de colegios y de universidades para los jóvenes. Probablemente muy bien orientado en términos sanitarios, pero nadie ha alcanzado a prever los alcances que puede tener una medida de esas hacia el futuro... el día después.

El tema es bien importante. Estamos tomando medidas sobre cerebros que están en desarrollo, que son plásticos para formarse, y que este impacto lo recibieron de un momento a otro, sin preparación alguna.

¿Qué impresión puede tener una cabecita de esas de lo que está pasando?

Lo primero es que chupan, como una esponja, el miedo que sienten de los adultos. Eso, naturalmente, les va a generar una sensación de preocupación. Lo segundo es que ese miedo se le sumó a un cambio profundo en la forma como se relacionan. No es solo lo que a un niño le enseñan para ilustrarlo. En el colegio también se le trabaja su motricidad. Al aprender, integran los sentidos a través del desarrollo de la motricidad fina. Pero eso se vuelve muy difícil si se encuentran atemorizados, paralizados y encerrados frente a un monstruo que no logran entender bien.

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Porque no lo ven...

Solo lo sienten, a través de las percepciones. Entonces, claro, el cambio tan brusco consistió en que a los niños les tocó ir a correr a sacar la maleta, a los profesores les dijeron ‘ustedes tienen que preparar clases’. Si estos niños no tienen un estímulo juicioso, pues obviamente se está deteniendo su desarrollo psicomotor.

¿Qué podemos esperar de esta generación de niños el día después, cuando todo esto pase?

Eso nadie lo puede predecir con absoluta certeza, pero viene una generación de ‘niños covid’. Especulando, cada niño lo va a asumir como un proceso distinto. A algunos les va a llegar, estando a los cinco años, y a esos quizás los va a afectar a lo mejor más fuertemente en la motricidad fina, en la integración de los sentidos. A otros niños, por ejemplo, mayorcitos de diez años, empieza uno a temer que les suceda algo que describió un siquiatra japonés, Tamaki Saito, el “síndrome de Hikikomori”. ¿Qué era lo que describía este señor? Una generación que creció pegada a la virtualidad, y en este sentido ha vivido encerrada, recluida en sus habitaciones, y su mundo de comunicaciones es muy pobre.

¿Aunque vivan prácticamente 24 horas comunicados por la vía virtual?

Sí. Porque no hay comunicación afectiva, no hay articulación del lenguaje, las palabras son limitadas. Es un mundo de aislamiento social profundo, y todas las relaciones se establecen a partir de la red. Entonces, sus amigos son virtuales, la alimentación la piden a través de la virtualidad, y empieza uno a temer que estos chicos se vuelvan como sus propias cuevas.

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¿Para resolver ese problema es urgente que los niños regresen cuando se pueda a su actividad escolar?

La virtualidad se ha vuelto, más que nunca, la realidad de los niños. Sí tenemos que temer que van a ser unos niños distintos, impactados socialmente, mucho más aislados. Se ha visto que estos chicos se visten más de oscuro, que el mundo es más oscuro para ellos, por cómo se visten y cómo lo viven.

No hay comunicación afectiva, no hay articulación del lenguaje, las palabras son limitadas. Es
un mundo de aislamiento social profundo, y todas las relaciones se establecen a partir de la red

¿Y qué podemos hacer los papás en el entretanto?

Ahí viene quizás uno de esos retos grandes, ¿no? Los papás tienen que cualificar mucho más el tiempo en que están con sus hijos. Ojalá promover lo interrelacional, en lo posible recogerse familiarmente en las actividades, y si lo que está establecido es la virtualidad, abrir otro círculo fraterno, y promover que los niños, por lo menos, vean las caras de sus compañeros de curso. Que cuantifiquen este tiempo con ellos mucho más. Y los colegios, porque para los papás los colegios terminan siendo como los padres de la formación, que promuevan la motricidad, que hagan ejercicio. Y yo me atrevería también a hacer otra solicitud. Como por ahora tenemos que aprender a vivir con esto, pues hay una serie de medidas básicas que tendremos que cumplir permanente y constantemente. Pero igualmente tendremos que adaptarnos a las nuevas circunstancias que nos impone esta nueva situación. El niño debe salir más, caminar más, tomar más sol, con todas las precauciones imprescindibles. Porque la motricidad, insisto, es fundamental en su desarrollo. Y en los niños lo motriz y lo sicológico están pegados.

Mire, y yo veía a la primera ministra de Noruega, que uno de estos días tuvo una intervención muy inspirada dirigiéndose directamente a los niños de su país, para explicarles qué estaba pasando. Entre otras cosas les dijo que no estaba mal sentir miedo. ¿No sería útil que esa conversación directa con los niños se la copie el presidente Duque? Si este covid-19 nos va a barrer a los adultos, esos niños serán mucho antes de lo esperado los interlocutores del próximo país.

¡Me parece magnífico! Qué bueno que el Presidente quiera que las futuras generaciones, que son las que van a hacer este país, porque este bicho empezó podando por arriba, por nosotros los mayores, los que van a quedar aquí mandando. Y si no es él, que lo haga la primera dama. Es que hablarles a los niños no es entregarles unas oscuras y frías cifras. Es alguien que les cuente, a través del juego o a través del dibujo, en qué consiste la situación que vivimos, cómo a ellos les compete, y que ellos también tienen que hacer un esfuerzo grande. Pero si esto no se explica en lenguaje de niños, van a seguir en esas angustias que viven diariamente.

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¿Cómo se le explica eso a un niño? ¿Que este virus actúa como haciendo una especie de selección de la naturaleza humana, y el que no sirve, que por lo general somos los adultos mayores con preexistencias, vamos tras una flecha que dice ‘salida’? A eso, claro, no le sirve que la alcaldesa les diga a nuestros niños que ella no va a permitir que les maten a sus papás. Qué barbaridad...

Se imagina, en la fantasía de un niño, que no tiene la ilustración o la idea clara de la vida y de la muerte, como la tenemos nosotros, que mañana fallezca uno de sus familiares cercanos y que ellos carguen en la vida con la idea o la culpa de que causaron esa muerte. Esas afirmaciones categóricas y peyorativas hacen más daño que bien. Es uno de los retos grandes de los padres y de los educadores: este intento de explicar las cosas, para no chocarse con la selección natural del darwinismo en su extremo más crudo, la cual hace todo supremamente doloroso. Para los colombianos, los vínculos de los nietos con sus abuelos son muy importantes, de los padres con sus adultos mayores, que en muchos casos conviven, son muy fuertes.

Tiene razón en que por lo menos en este país y en muchos países latinos, a diferencia de otros, el vínculo con los abuelos, ahí sí de verdad abuelos, no “abuelitos”, como se ha dado por llamarles un poco despectivamente, es muy fuerte. Incluso son ellos muchas veces los que en una cantidad de hogares colombianos terminan criando a sus nietos. ¿Cómo podemos explicarles que los más vulnerables, a los que se los puede llevar esta cosa, son ellos?

Ese es un reto grande y del día a día. Incluso, nosotros los colombianos somos muy expresivos afectivamente, abrazamos, besamos, alzamos, consentimos. Ahora vivimos enmascarados y nada de eso puede hacerse.

Vamos con los abuelos. ‘Abuelito’ es un término muy bonito, hay abuelos a los que les gusta que les digan abuelitos, siendo abuelos, y a otros, siendo abuelos, no les gusta que les digan abuelitos. Pero, sobre todo, a nadie le gusta que le digan abuelito como una identificación de una generación que ya estorba un poco, que ya le toca que lo guarden en la casa, porque si sale se infecta y ocupa una cama en una unidad de cuidados intensivos. ¿Qué piensa usted de las consecuencias mentales para esta generación?

Yo lo veo con otra preocupación. Una de las conquistas de la medicina moderna es que las tasas de mortalidad de los adultos mayores se han alargado mucho. Como dice el doctor Jaime Calderón, “la vida nos concede a algunos más años para lograr lo que otros pudieron hacer en menos tiempo”. El coronavirus ha introducido el concepto de ‘desechables’, de adultos arrinconados, de gente mayor que estorba, entonces les han limitado casi las libertades individuales y les han quitado la posibilidad de decidir sobre su situación. Los han confinado a una situación de protección obligada. El riesgo, claro, existe. Pero el marginamiento ha aumentado las tasas de depresión, el descuido de sí mismos, porque casi es como si les estuviéramos mostrando la puerta de salida a partir de las limitaciones que se les han impuesto.

Esto ha despertado uno de los sentimientos intrínsecos del ser humano, como es el miedo, que todos estamos experimentando

Entonces, en conclusión, lo mental, el día después de... ¿cómo será?

Hay un llamado universal que amerita una observación especial, un análisis muy particular, sobre estos dos grupos. Con los niños, porque ellos significan la generación del futuro, y por las generaciones mayores que han hecho tanto y que quizás, si están en uso de sus facultades, pueden ser capaces de decidir, no solo obligarlos. Pero, para todo el mundo, este cambio se ha descrito como la ‘cuarta ola’.

¿Qué viene siendo la ‘cuarta ola’?

Es el impacto del coronavirus sobre la salud mental. Prevemos la aparición de un aumento de cuadros depresivos, de trastornos de ansiedad, lo que se conoce como el trastorno de estrés postraumático, producto de una situación en la que las personas han sentido amenaza sobre su vida. Y, seguramente, el aumento del uso o el abuso del alcohol y sustancias sicoactivas. Si se ve todo esto casi en un sentido figurado, termina siendo como un secuestro; lo amenazan, lo encierran y le limitan muchas cosas. Esto ha despertado uno de los sentimientos intrínsecos del ser humano, como es el miedo, que todos estamos experimentando.

¿Cómo actuar frente a esa ‘cuarta ola’?

Que sobre estos cuadros clínicos, el Gobierno y las autoridades sanitarias abran mucho los ojos y desde ya, para que esto pueda tratarse preventivamente. Es decir, así como en los niños se puede incrementar y utilizar la calidad de los juegos, en los abuelos, (y conste que no digo los abuelitos), generar factores sociales. El riesgo de morirse está vivo. Entonces, lo que hay es que promover la vida en estos procesos. Y quizás una invitación interesante para el futuro, para el día después: la salud pasa por varias aristas, hace parte de un gran entramado social, y esa necesariamente tendrá que ser la visión del futuro. Es la oportunidad de reconstruirnos como sociedad de manera distinta, con solidaridad, con afectos, donde tengamos la capacidad de que quien tenga el problema sanitario, pues tenga garantizadas otras soluciones básicas que le quiten otras preocupaciones, que es el concepto básico de la protección social.

MARÍA ISABEL RUEDA
Especial para EL TIEMPO

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