Así funciona el cerebro de una persona corrupta

Así funciona el cerebro de una persona corrupta

Intervienen diversos factores, como el ambiente familiar y social en el que se crían estas personas.

Corrupción

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Por: Carlos Francisco Fernández
01 de febrero 2020 , 10:06 p.m.

“El cerebro tiene una gran capacidad de adaptarse para delinquir”, dice el psiquiatra Rodrigo Córdoba, director del Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Rosario, al referenciar una investigación del University College de Londres, en el que se evidenció que las reacciones emocionales negativas que el cerebro produce, ante los actos deshonestos, van mermando, en la medida en que se cometen más transgresiones.

Córdoba insiste en que el cerebro humano tiene mecanismos biológicos muy sólidos para frenar los comportamientos indecorosos y que pueden agruparse en lo que la gente llama escrúpulos, honestidad e incluso conciencia.

De hecho, la revista ‘Nature’ hace algún tiempo comprobó que cuando las personas mienten o cometen algún acto reprochable, que se sale de las normas sociales del orden y que caen en el terreno de los delitos o de lo reprobable, el cerebro produce una serie de reacciones que hacen sentir incómodo al infractor.

La psicóloga Sandra Herrera manifiesta que esas relaciones son tan evidentes que incluso se pueden captar y hasta cuantificar. “Para la muestra, son las que sirven de base a los equipos que detectan mentiras”, dice Herrera.

Pero se ha demostrado que a la par que se repiten los hechos reprochables, la respuesta negativa del cerebro progresivamente es menos intensa, al punto –dice el estudio del University College de Londres– de que neuronalmente se deja de reaccionar, si dichos estímulos son continuos. En últimas, agrega Córdoba, es como si el cerebro perdiera la sensibilidad a lo malo y se acostumbrara a eso.

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Un poco de anatomía

La amígdala cerebral siempre ha estado relacionada con las emociones y forma parte del sistema límbico, que son un conjunto de núcleos que en el cerebro responden por el afecto, la memoria, el instinto de conservación y las reacciones de otras partes del organismo y la relación con el ambiente, en el momento de realizar una acción.

Por ejemplo, dice Castro, al estimular la amígdala cerebral, por lo general en algunos animales desencadena agresividad, pero si se les extrae, se vuelven indiferentes y dejan de responder ante estímulos que incluso les habían producido rechazo, miedo o incluso atracción sexual.

De ahí que las personas, agrega Castro, con lesiones en la amígdala cerebral pueden llegar a ser incapaces de expresar emociones y de reconocer las que expresan otras personas.

De acuerdo con el estudio del University College de Londres, la amígdala es la estructura que permite creer en los instintos, tanto que es la que interpreta instantáneamente las experiencias y los estímulos, para aceptarlo o rechazarlos de plano, sin pensarlo dos veces; “es una acción automática, producto de la evolución”, dice Castro.

Con base en estas funciones de la amígdala, los investigadores llegaron a la conclusión de que la actividad en esta estructura cerebral se relaciona de manera directa con la deshonestidad.

Para comprobarlo, diseñaron una serie de experimentos en los cuales se inducía de manera repetida al fraude y a la par se tomaban imágenes funcionales con resonancia nuclear magnética, para apreciar si el funcionamiento de la amígdala cerebral variaba con comportamientos de engaño.

Los resultados que fueron publicados en ‘Nature Neuroscience’ fueron contundentes: “La amígdala cerebral se activa fuertemente como respuesta a los primeros actos deshonestos, pero en la medida en que se repetían, sus respuestas eran cada vez menores, hasta llegar casi a no reaccionar, cuando estos se convertían en frecuentes”.

Con estos hallazgos, Córdoba infiere que los corruptos y los deshonestos empiezan a delinquir con pequeñas cosas y al ir perdiendo la actividad de su amígdala cerebral, también los abandona el miedo y la vergüenza, hasta llegar a acostumbrarse al delito.

El problema, dice el psiquiatra, es que al no tener temor ante la sanción social, estos personajes cada vez cometen delitos mayores. “Se puede decir que los grandes corruptos frenan el actuar de su amígdala cerebral y no sienten absolutamente nada, cada vez que actúan de esa forma, porque lo que hacen les parece normal”, agrega el especialista.

La amígdala cerebral se activaba fuertemente como respuesta a los primeros actos deshonestos, pero en la medida en que se repetían, sus respuestas eran cada vez menores

El entorno influye

Aunque en teoría esta condición anatómica y funcional convierte a todos los humanos en potenciales corruptos, lo cierto es que, según Córdoba, un comportamiento es el resultado de factores biológicos, psicológicos, culturales y sociales que interactúan simultáneamente para producir una manifestación.

De hecho, hace algunos años la revista ‘Frontier in Behavioral Neuroscience’ publicó una investigación que demostraba que el hombre es corrupto por naturaleza y que sin distingo de cultura, edad, clase social o religión, piensa primero en el bien propio y luego en las reglas morales y sociales, que son sus castigos y percepciones, y sobre ese equilibrio se proyecta socialmente. “No realizar actos de corrupción implica una actitud prosocial que prima sobre el beneficio individual, en la que la mirada social y la ley determinan esa conducta”, dice el artículo.

Sin embargo, el hecho de que sea inherente a los humanos no hace de la corrupción una función, sino una condición, asegura Córdoba, porque si bien resulta de una decisión individual, no se trata solo de conducta singular desviada.

Mejor dicho, no hay seres humanos corruptos sino una sociedad corrupta en la cual los dispuestos a la corrupción actúan, remata el especialista.

No es generalizado

¿Por qué no todos son corruptos? Si bien todos los cerebros son iguales, lo cierto es que la deshonestidad no es generalizada. Y esto se explica, de acuerdo con el neurólogo e investigador de la Universidad Nacional Roberto Amador, en que el cerebro nace con patrones fijos, es decir, con programas sobre los cuales se crean las estrategias que se utilizan en la cotidianidad.

“No somos ‘tábula rasa’ al nacer, porque desde el útero se programan en el cerebro todos los sistemas, para enfrentar el entorno, pero se cuenta con la posibilidad de cambiar, ante los estímulos, a través de la llamada plasticidad cerebral”, dice Amador.

El neurólogo –en su artículo ‘Estética, moral y cerebro’– dice que este órgano (el cerebro) permite adaptaciones mediante el aprendizaje y la cultura, lo que se inicia con las moléculas y con las redes nerviosas que construyen emociones primarias como el miedo, la rabia y el disgusto, vitales para la supervivencia y sobre ellas se edifican emociones más complejas que son la base de los juicios morales e intuitivos.

“La diferencia en las respuestas en aspectos morales dentro de una sociedad depende de la sensibilidad de los circuitos neuronales que como unidad se denomina personalidad y eso no es más que la suma del temperamento heredado y el carácter moldeado por la cultura”, remata Amador. En otras palabras, los aspectos éticos dependen de las condiciones específicas del individuo y del ambiente en que se desenvuelve.

También se ha comprobado que el maltrato, el estrés y el desapego familiar en la primera infancia impiden la formación de circuitos que determinan lo perceptual y lo emocional, sobre los que se construye el sistema emocional anticipatorio, que es la base biológica de la ética y la moral.

Este sistema, dice Amador, se logran con el aprendizaje, la imitación que se hace de los padres o personas significativas a través de las llamadas neuronas en espejo, lo que demuestra que muchas conductas y comportamientos son mediados por el tipo de crianza, las enseñanzas impartidas desde la infancia y el ejemplo.

“El abuso, la autoridad ambigua, los castigos, la falta de refuerzos positivos durante la niñez y la vida familiar disfuncional impiden el desarrollo de habilidades para socializar, tomar decisiones y enfrentar dificultades”, agrega el neurólogo.

Los niños que crecen en estas condiciones usualmente son rechazados por sus compañeros sanos y terminan agrupándose con otros que tienen problemas similares, lo que da origen a grupos con rasgos antisociales, que fácilmente se expresan en comunidades laxas o permisivas, en las que la corrupción es algo cotidiano.

Sin control, sin educación, con refuerzos positivos y patrones culturales que conciben el delito como una costumbre más, estos individuos con fragilidades en su desarrollo cerebral fácilmente se deslizan hacia comportamientos deshonestos.

Con ejemplos y acciones que de tanto repetirse bloquean la amígdala cerebral, Amador manifiesta que esto permite configurar un perfil de personas arriesgadas sin control en sus actos, persuasivos, arrogantes, innovadores, explotadores, rebeldes y desafiantes, que muchas veces son amparados y seguidos por los demás, con lo que refuerzan su comportamiento, al punto de que son valorados y considerados normales y hasta ejemplos para imitar en las sociedades en las que estos patrones se exponen sin rechazo.

“El problema es que las estructuras cerebrales pueden verse afectadas por presiones culturales de sociedades con patrones como estos que tergiversan las estructuras biológicas que soportan la moral, a tal punto que el corrupto se convierte para algunos en normal, e incluso un requisito de adaptación para sociedades como estas”, remata Amador.

El círculo se cierra de manera negativa con modelos educativos desligados de las familias, de los afectos y que reproducen patrones maltratadores de los hogares, al punto de que estos espacios se convierten en generadores de factores predisponentes para moldear cerebros que en esos entornos terminan por normalizar la delincuencia.

“Que el cerebro tenga la capacidad de moldearse de manera negativa no quiere decir de ninguna manera –sostiene Córdoba– que el proceso no pueda ser hacia lo favorable”.

Se necesitan relaciones emocionales positivas desde el nacimiento, contenidos académicos orientados a favorecer el contexto prosocial y no individual, y entender que el afecto, la no violencia y el buen trato en el entorno familiar son fundamentales para proyectar circuitos neuronales que garanticen comportamientos éticos.

Si esto es colectivo, las sociedades cambian, insiste Roberto Amador

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Unidad de Salud

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