Cannabis medicinal se perfila como tratamiento para la adicción

Cannabis medicinal se perfila como tratamiento para la adicción

La marihuana ha cambiado de estatus al convertirse en una salida real a la crisis de salud pública.

Cannabis

El interior de un vivero de cannabis medicinal en Ontario (Canadá).

Foto:

AFP

Por: Pilar Ángel*
26 de junio 2019 , 03:27 p.m.

Las muertes por sobredosis de opiáceos matan más norteamericanos que los accidentes de tránsito, las armas de fuego y el cáncer de seno combinados.

De acuerdo con el Centro de Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, 70.200 norteamericanos murieron en el 2017 por sobredosis de drogas –incluidas las drogas ilícitas y los opioides de prescripción–, una cifra que se dobló en solo una década, ya que solo llegaba a 16.849 en 1999.

El incremento más agudo y preocupante ocurrió entre las muertes relacionadas con el Fentanilo y otros narcóticos sintéticos que llegaron a 28.400 decesos por sobredosis, muchas de ellas accidentales.

Incapaz de ignorar estas cifras que alcanzaron niveles de epidemia, el presidente Donald Trump anunció que la crisis de los opiáceos se había convertido en una emergencia de salud pública a finales del 2017.

Su administración implementó cambios en el Sistema Médico de Prescripciones con el fin de reducir la sobreprescripción de opiáceos y asignó 6 billones de dólares para programas sociales. El gobierno reconocía así la necesidad de intervenir y frenar una crisis que ya había cobrado 400.000 vidas entre 1999 y 2017.

Con la casa aún en llamas, los norteamericanos buscan a los responsables, y los laboratorios farmacéuticos ya están comenzando a enfrentar las consecuencias de su supuesta negligencia. Purdue Pharma, junto con otros productores, vendedores y distribuidores de opiáceos enfrentan más de 2.000 demandas elevadas por estados, ciudades y funcionarios de condados que los culpan de haber desencadenado una epidemia sin precedentes de abuso de drogas.

A los Sackler, la familia que controla Purdue Pharma, los acusa el estado de Massachusetts de haber orquestado una estrategia de mercadeo para posicionar la Oxicontina, ignorando a sabiendas su potencial adictivo, con el único fin de asegurar ganancias de billones de dólares.

El pasado 28 de mayo se inició en el estado de Oklahoma un juicio contra Johnson y Johnson, la primera compañía farmacéutica cuyo caso ha llegado a los tribunales. Purdue Pharma se le adelantó e hizo un acuerdo con el estado por 270 millones de dólares antes de iniciarse el juicio, mientras que la firma israelí Teva hizo lo propio por 85 millones.

Esto dejó a Johnson y Johnson como el único demandado, y Wall Street tomó nota. El primer día del proceso, el precio de las acciones de Johnson and Johnson cayó un 4 por ciento.

Todos parecen estar de acuerdo en que las consecuencias en la salud pública son menos comparadas con la epidemia de opiáceos

La ola morada

Esta crisis se siente más que nunca en Hagerstown, un pequeño y pintoresco pueblo en al oriente del estado de Maryland. Ubicado a 75 millas de Baltimore y pese a su carácter semirrural, su estratégica ubicación ha hecho de esta pequeña ciudad el centro del comercio de Maryland, Pensilvania y Virginia del Oeste.

Tal vez por ser un cruce de caminos y por albergar la mayoría de pacientes de los centros de rehabilitación, Hagerstown cuenta con el dudoso honor de haber doblado, en el 2016, el promedio nacional de prescripciones para opiáceos, al alcanzar 113 recomendaciones médicas por cada 100 habitantes del condado de Washington.

Parte de esta preocupante tendencia es la fuerte presencia del Fentanilo, un opioide sintético 50 veces más potente que la heroína: una dosis letal equivale a unos cuantos granos de sal de mesa.

Sean Scranton residente de Hagerstown y director de cultivos de cannabis medicinal, afirma que “es casi imposible encontrar una familia en el área que no haya sido afectada por la epidemia”.

Recogiendo ese espíritu y en un afán por visibilizar a las víctimas de sobredosis, el concejo de la ciudad y el sector privado se unieron para lanzar la campaña Washington Goes Purple en septiembre del año pasado.

Durante un mes el centro de la ciudad se vistió de luces violetas, guirnaldas y avisos recordando a cada una de las víctimas, cada nombre una alerta y un llamado a prevenir la adicción a los narcóticos. “Es muy triste”, afirma Scranton, “que la ola morada se convierta en una tradición anual, pero al paso que vamos, así será”.

Droga, de entrada a salida

La aprobación del Programa de Cannabis Medicinal de Maryland en el 2016 trajo consigo la apertura y expansión de dispensarios, cultivos y centros de manufactura en todo el estado.

El crecimiento de esta industria ha sido exponencial, con ventas en el primer trimestre por 18’234.184 dólares, triplicando la cifra del mismo periodo del 2017.

Con las muertes por sobredosis llegando a niveles insostenibles, los legisladores de Maryland comenzaron a explorar a finales del 2018 si el cannabis medicinal podría ser efectivo en el tratamiento de adicciones a la heroína, Fentanilo y oxicodona.

Maryland seguía los pasos de estados como Arizona, Massachusetts, Hawái, Maine, Nuevo México, Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania, que buscaron introducir el ‘desorden de abuso de opioides’ en la lista de condiciones que calificarían para el uso de cannabis medicinal.

A la fecha, solo los últimos tres han aprobado la iniciativa y, en el 2018, Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania se convirtieron en los primeros estados en aprobar el uso de marihuana medicinal en el tratamiento de síntomas de desintoxicación de narcóticos, y como sustituto de los opiáceos mismos.

En vista de la gran cantidad de muertos que ha puesto Maryland en la epidemia opiácea, la posición de la Comisión de Marihuana Medicinal del estado sorprendió a quienes daban por hecho la inclusión de esta nueva condición en el programa oficial de cannabis medicinal.

En enero de este año, la comisión informó que, aunque reconoce la sustancial evidencia anecdótica de que el uso del cannabis ayuda en tratamientos de rehabilitación por adicciones, aún falta evidencia científica.

Por ello, la comisión estableció que el mejor tratamiento para superar las adicciones a los opioides sigue siendo el uso de drogas sustitutas como la metadona, buprenorfina y la naltrexona.

He aquí una gran ilustración de la circularidad argumentativa en la que se encuentra esta industria: por estar clasificada como una droga sin beneficios médicos en la Agenda Uno de Sustancias Controladas del gobierno federal, hacer investigaciones sobre los beneficios terapéuticos de una planta ilegal es bastante riesgoso.

Esta clasificación ha limitado la gran mayoría de investigaciones de cannabis, forzando a la comunidad cannábica a registrar los testimonios de los pacientes como evidencia anecdótica. Y, sin embargo, como lo demuestra la crisis de los opioides, serán las nuevas investigaciones las que cambien el ámbito regulatorio. La proverbial serpiente que se muerde su propia cola.

El Silver Market

Hay un sector de la población que no tiene tiempo para esperar estas investigaciones y que con la información anecdótica le sobra y le basta.

Se trata del mercado compuesto por los mayores de 65 años que ha crecido 250 por ciento entre el 2006 y el 2013.

Una reciente encuesta nacional sobre el uso de drogas y la salud analizó el consumo de cannabis medicinal entre esta población y reveló que 9 de cada 10 adultos mayores de 50 que la usaron como alternativa a los tratamientos con opioides la disfrutaron tanto que la recomendaron a sus amigos.

Los senior que usan cannabis hoy no son los abuelos tradicionales. La generación que acampó en Woodstock está ya en sus setentas. Han estado cerca de la marihuana el tiempo suficiente para saber que no los va a matar y están más abiertos a sus beneficios terapéuticos.

Tienen un gran poder adquisitivo y en su edad de retiro, muchos cuentan con un presupuesto adicional discrecional. La legalización ha traído consigo la desestigmatización de la droga, con la introducción de vaporizadores elegantes y productos de consumo discretos como pastillas de THC, lociones, tinturas y comestibles.

Para alguien que no haya visto un porro en 40 años, la idea de salir a comprarlo en un establecimiento legal puede ser sobrecogedora. Conocedores de esta timidez inicial, los dueños de los dispensarios en Colorado y California decidieron facilitar la visita a sus almacenes ofreciendo recursivos programas como el canna–bus, que recoge a los residentes de ancianatos o centros de retiro para llevarlos de compras a sus establecimientos.

El canna–bus y la experiencia de comprar entre amigos han normalizado la visita a estos almacenes, donde los clientes de más de 80 y 90 años cuentan ya con marcas que mercadean sus productos específicamente para ellos.

Aunque hay doctores que han expresado su preocupación acerca de la automedicación de estos pacientes mayores, todos parecen estar de acuerdo en que las consecuencias en la salud pública son mínimas, comparadas con la epidemia de opiáceos. Y, de otro lado, los efectos de la afinidad de los senior por el cannabis están comenzando a hacer olas en el sistema de salud de Estados Unidos.

Un revelador estudio de la Asociación Médica Americana publicado en el 2018 descubrió que en los estados que legalizaron el cannabis medicinal, los individuos que usan Medicare Part D –un beneficio específico de los adultos mayores– recibieron menos prescripciones para drogas asociadas con el tratamiento de la depresión, ansiedad, dolor y otras condiciones crónicas.

E incluso más revelador fue la disminución del 14 por ciento de las prescripciones para narcóticos en estos mismos estados.

Una encuesta del Centro de Investigación Pew reveló que, en el 2018, el 56 por ciento de los baby boomers favorecía la legalización de la marihuana en todo el país. Con 31 estados con algún tipo de programa de cannabis medicinal, y una población cuya principal queja es el dolor, es de prever que estas tendencias se cimentarán y multiplicarán en el tiempo.

PILAR ÁNGEL
Para EL TIEMPO
* Directora de Comunicaciones y Programas de Desarrollo Comunitario de Texans for Safe Access.

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