Tránsito Villamil, 26 años esperando saber qué le pasó a su hija

Tránsito Villamil, 26 años esperando saber qué le pasó a su hija

Leidy Johana Robayo Villamil fue secuestrada cuando tenía 10 años en la finca de su mamá.

Tránsito Villamil

Tránsito Villamil y su familia esperan, tras 26 años de búsqueda saber dónde está Leidy Johana.

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Archivo

Por: Andrea Carolina Tapia Godoy
12 de junio 2020 , 11:50 a.m.

La noche del viernes 19 de agosto de 1994 es una fecha que Tránsito Villamil no olvidará, fue la última vez que vio a Leidy Johana, su hija de diez años. Ella fue secuestrada en la casa, y 26 años después doña Tránsito busca respuestas sobre el paradero de su hija.

En 1994, Tránsito Villamil y sus dos hijas menores vivían en Simijaca, un pueblo de Cundinamarca que, como muchos otros pueblos de este país, tuvo que afrontar las consecuencias del conflicto. Los narcotraficantes del Cartel del norte del Valle llegaron al municipio y le dejaron a esta familia el dolor de una búsqueda que aún no termina.

El padre se había ido a vivir a los Llanos Orientales y las tres hijas mayores vivían en Bogotá, así que doña Tránsito se quedó con las dos niñas en la finca de la vereda Pantano, en los límites entre Cundinamarca y Boyacá.

La vida en la finca de vacas lecheras transcurría entre los juegos infantiles, el pasto y el frío de la tarde, hasta que en la noche del 19 de agosto, mientras Yadira, la penúltima hija, y doña Tránsito volvían a la casa, aparecieron cinco hombres armados, les rodearon el carro y las entraron a la casa, donde estaban Leidy Johana, Sixta, la empleada de la casa, e Ilda, su hija.

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Los hombres de camuflado y armas de fuego las amarraron y torturaron por siete horas, violaron a Ilda y se llevaron a Leidy Johana. Ese viernes fue el último en que ella jugó con Ilda y con su hermana, y fue el último día en el colegio San Cayetano. “Era una niña alegre, tenía el cabello larguísimo y era muy juiciosa”, recuerda su familia.

Por años, doña Tránsito pensó que Leidy Johana estaba en las filas de las Farc; los hombres que irrumpieron en su casa se identificaron esa noche como miembros del frente 22 de esa guerrilla. Por eso, ella seguía los procesos del grupo, por si encontraba alguna pista de su hija.

Doña Tránsito supuso que ella había sido una de las tantas niñas reclutadas por la guerrilla; se la imaginaba vestida de camuflado, con botas negras y durmiendo en un cambuche. Pensaba que era una guerrillera que no tenía forma de comunicarse y que estaría pensándola desde la selva; esperaba que, con las desmovilizaciones, su hija regresara para compartir los momentos que les habían quitado y mostrarle los recuerdos que había guardado durante ese tiempo.

Era una niña alegre, tenía el cabello larguísimo y era muy juiciosa

Esa niña, que habría ido creciendo, a la que doña Tránsito había pensado cada día y a la que abrazaría, nunca apareció entre la lista de desmovilizados. No pudo abrazar ni besar a su hija, se quedó con la incertidumbre de no tener ni una pista de ella, y con los recuerdos y pensamientos de cómo sería Leidy Johana; cómo habría sido en la adolescencia y cómo se vería en la adultez.

Doña Tránsito conserva una caja donde guarda la ropa de la niña; entre esas, un pequeño vestido que parece de flamenco y que le gustaba usar, guarda las calificaciones y el uniforme del colegio, la cobija en la que la envolvía cuando era bebé, una cartilla en la que aprendió a escribir mamá y varias manualidades que la niña hizo en el colegio por el día de la madre.

Leidy Johana estaba en quinto de primaria y disfrutaba de la vida en el campo, le gustaba jugar y correr por la vereda. Ella y Yadira solían llevarles maíz a los pollitos, les daban agua a las terneras y jugaban con una burrita.

Esta es la foto de Leidy Johana que conserva Tránsito Villamil, tomada meses antes de la desaparición de la menor.

Esta es la foto de Leidy Johana que conserva Tránsito Villamil, tomada meses antes de la desaparición de la menor.

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A la niña le gustaba tanto el colegio que en las tardes llevaba a sus compañeras a la casa y, entre juegos y risas, les enseñaba español y matemáticas. Seguramente, habría seguido la profesión de la mamá y habría sido profesora o artista; estaba en la banda del colegio, donde tocaba la lira que le regaló su mamá, también tocaba la flauta y pertenecía al grupo de danzas, con el que participó en concursos intermunicipales.

Además de profesora o artista, Leidy Johana también habría podido ser deportista, era muy flexible y le gustaba nadar y, como en la casa de su papá había una piscina, ella esperaba a que llegaran las vacaciones para poder ir a visitarlo y mejorar su técnica.

Como cumplía años el primero de enero, cada 31 de diciembre estaba pendiente de que tuvieran su torta lista para celebrar su fiesta al otro día, nadie se imaginó que el décimo cumpleaños sería el último en el que la familia estuviera completa.

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En la noche que se la llevaron, los secuestradores dejaron una carta, fue el primero de varios avisos y casetes extorsivos, en los que le pedían 20 millones de pesos como la cuota de inicial de 165 millones que exigían para entregarla.

Doña Tránsito y su hija Yadira, quien entonces tenía trece años, recuerdan cómo empezó esta historia, que, aunque estén en vigila, parece una pesadilla. Ahora solo desean saber cómo termina y tener alguna respuesta de esta larga búsqueda.

Recuerdan que, un par de semanas antes del secuestro de Leidy Johana, los vecinos habían vendido su predio. Después se enterarían de que la venta se había hecho, mediante un testaferro, a Iván Urdinola Grajales, alias ‘El enano’, quien murió en 2002 y fue uno de los líderes del Cartel del Norte del Valle.

“Un mes antes del secuestro, las mismas personas habían ido a visitar la finca de mi mamá para hacer una oferta, pero la finca nunca estuvo en venta. No hubo extorsiones antes, no hubo nada. Un día llegaron a las cinco de la tarde, nos torturaron y se la llevaron”, es el recuerdo que tiene Yadira de ese día.

Leidy Johana Robayo Villamil

La fundación Nydia Erika Bautista ha apoyado a la familia en su búsqueda.

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Cuatro meses después del secuestro, allanaron una finca de la vereda La Virgen, a un kilómetro del casco urbano de Simijaca. Según investigaciones, fue casa William Quintero Grajales y la particularidad del predio eran las caletas; en uno de los allanamientos encontraron un hueco de metro y medio por dos metros, estaba lleno de heces; en la casa no había baños ni ventilación. “Hay testigos que dicen haberla visto amarrada en esa casa cuando la sacaban al sol, pero nunca supimos nada de ella”, recuerda Yadira.

Fue entonces cuando doña Tránsito abandonó la casa. Tuvo que dejar atrás la vida tranquila en el pueblo, la finca que le daba el sustento, la esperanza de ver crecer a su última hija y, tal vez, la oportunidad de volver a abrazarla. Solo dejó un aviso con su número telefónico. Ella pensaba que si la niña lograba escapar, regresaría a la casa; todavía hoy conserva el predio.

Doña Tránsito y Yadira salieron del pueblo buscando una vida más tranquila, lejos de las extorsiones y las amenazas, pero los secuestradores de Leidy Johana las siguieron hasta Bogotá y trataron de secuestrar a Yadira: “Nos persiguieron durante diez años. Me esperaban en la calle, afuera de la universidad, parqueaban frente a la casa, prendían las luces y se iban, en el 2004 entraron a la casa e intentaron secuestrarme, por eso tuve que irme del país”, relata Yadira.

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A pesar de los hostigamientos, la familia esperaba saber algo de los secuestradores con la única pista que tenían; con las trece grabaciones extorsivas se hizo un cotejo de voz, así supieron que quien grabó los casetes fue Eliécer de Jesús Palencia Castro, quien en 1994 fue empleado de William Quintero Grajales y en 1998 fue capturado.

Él aceptó haber sido el autor intelectual del secuestro y fue condenado a 29 años de prisión. En 2004 se sometió a la Ley de Justicia y Paz; aseguró que iba a contar lo que le había pasado a Leidy Johana, y aunque le dieron una rebaja de pena, nunca aportó datos que sirvieran para encontrarla. Mientras tanto, por errores judiciales, la familia no pudo apelar. Tras ese proceso, Eliécer de Jesús Palencia Castro pagó una condena de siete años y consiguió la libertad condicional.

Niñas desaparecidas

Acto de conmemoración de los 25 años del secuestro de Leidy Johana en Simijaca, Cundinamarca

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Las respuestas que doña Tránsito había estado esperando por 17 años nunca llegaron y ella no entendía cómo alguien que le había hecho daño a su niña había conseguido beneficios. Por eso, se encargó de que el caso de Leidy Johana se tomara como desaparición forzada y en mayo de 2019 capturaron a Palencia Castro: “Nosotras esperábamos que él nos dijera algo, había cartas en las que decía saber dónde estaba Leidy Johana y ya no hablaba de una niña, sino de una señorita”, dice Yadira.

Por tercera vez, creyeron estar cerca de saber algo de ella. Palencia Castro elaboró un croquis que condujo a la fiscalía a la vereda La Virgen, a pocos kilómetros de la antigua casa de doña Tránsito Villamil, donde encontraron una fosa con una estera, ropa de la niña y un libro.

El 19 de mayo de este año, 16 años después de iniciar ese proceso y 26 de la desaparición, Palencia Castro recibió una sentencia de 20 años como coautor del delito de desaparición forzada agravada, pero para la familia esta sentencia es insuficiente: “Todavía queda mucha verdad y mucha justicia pendientes, especialmente, que nos digan dónde está Leidy Johana. Esperábamos una condena que tuviera en cuenta la edad de la niña y los agravantes, esperamos que esta sentencia no cierre el deber de búsqueda urgente que le corresponde al Estado y que todos los autores sean investigados y sancionados”.

Mientras eso sucede, en agosto de este año la familia planea inaugurar un monumento en homenaje a Leidy Johana. La pila que pondrán en Simijaca tiene grabado: “En homenaje a Leidy Johana Robayo Villamil, 01-01-1984. Quien fue la primera niña torturada, secuestrada y desaparecida forzadamente en Colombia el 19 de agosto de 1994 en Simijaca, Cundinamarca. En memoria a todas las víctimas del conflicto armado. Para que no se olvide y jamás se repita lo ocurrido”.

Eso es lo que quiere esta familia que desde hace 26 años no volvió a ser la misma. La vida se les partió en dos, pero a veces parece que el tiempo se hubiera detenido en la noche del 19 de agosto de 1994. Ellos cargan una tristeza y un dolor imborrables: “las personas que sufren esto es como si perdieran el rumbo de la vida, queda una incapacidad para hacer las cosas que antes se podían hacer con normalidad, uno ya no es el mismo”, dice Yadira con nostalgia.

ANDREA CAROLINA TAPIA GODOY.
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO.
​Twitter @andcarogodoy

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