‘La paz se hace en el territorio, no en el escritorio…’

‘La paz se hace en el territorio, no en el escritorio…’

Emilio Archila dejó de lado la vida holgada para acostumbrarse a escasas 4 horas diarias de sueño.

ETCR

Momento en el que el consejero presidencial Emilio Archila abraza a uno de los excombatientes de Carrizal.

Foto:

Cortesía Consejería para la Estabilización y la Consolidación

Por: Juan Gossaín
05 de noviembre 2019 , 08:00 p.m.

¿Una sola persona hizo ciento diez viajes en un solo año? ¿Ciento diez? Eso significa, en promedio, un viaje cada tres días. Y no son propiamente excursiones de turismo ni paseos de vacaciones por los lujosos hoteles de Londres o los deliciosos restaurantes de París. Ni mucho menos.

Una mañana navega en canoa por los ríos caudalosos del Chocó, después recorre en mula los corregimientos más lejanos del Tolima, a la semana siguiente se reúne con la gente bajo un árbol frondoso en las selvas tupidas del Amazonas, y de allí salta en un bus a Montería o a las llanuras interminables de Arauca, montado en el anca de un mototaxi.

A mí no me cabe la menor duda: Archila es el único colombiano que, en el último año, ha hecho ciento diez viajes por los territorios más lejanos, más complejos y más escondidos del país.

Semejante ajetreo comenzó el mismo día en que Iván Duque, recién posesionado, nombró a Emilio Archila Peñalosa nuevo consejero presidencial para la Estabilización y la Consolidación de los acuerdos firmados entre el Gobierno y las Farc.

Ese título tan largo significa, sencillamente, que a él le corresponde la espinosa tarea de vigilar que haya paz y progreso en los rincones de Colombia agobiados por tantos años de violencia. Nada menos.

Durmiendo 4 horas

Me lo quedo viendo con genuina curiosidad. Me cuesta mucho trabajo imaginarme a este hombre rubio y silencioso, que proviene de los estratos más altos de la sociedad bogotana, educado en el exterior, acostumbrado a la comodidad hogareña, sin sobresaltos ni correndillas, metido ahora en el barro con un par de botas cutrosas, remando en una canoa o sosteniendo las riendas de un burro o un mulo, entre maniguas y espesuras.

(Cuando salió del colegio, Archila dijo que quería estudiar oceanografía en Mónaco. En su casa no lo tomaron en serio porque pensaron que aquello no era una profesión sino un juego. Por eso se quedó a estudiar Derecho en Bogotá, hizo una especialización en asuntos financieros y luego una maestría en la Universidad de Nueva York. Llegó a ser incluido entre los diez abogados más exitosos del país. Y fue campeón nacional de natación).

Pero ahora, como consejero presidencial, para él no hay domingos ni feriados, ni fiestas de cumpleaños, ni banquetes de bodas en los clubes sociales.

Su vida es tan agitada que tuvo que acostumbrarse a dormir un promedio de solo cuatro horas diarias para tener tiempo de atender todas sus obligaciones, de día o de noche. (¿Será por eso que este hombre tiene esa mirada soñolienta?).

‘En lo que te vas a meter’

Ahora no hay manera de que pueda sacar un viernes, como hacía antes, para irse a almorzar con los amigos frente a una copita de vino. Hasta hace poco más de un año, Archila trabajaba en su oficina de abogados y era, simultáneamente, director de estudios en el Departamento de Derecho Económico de una de las universidades más respetadas del país, el Externado de Colombia.

Tenía sus diversiones semanales, jugaba golf, corría maratones y hacía competencias de motocicleta en las montañas que rodean a Bogotá, pero como deportista, no como ahora, que anda de pasajero de motos por el Catatumbo.

El día que el presidente Duque le ofreció el cargo le advirtió con sinceridad:

Piénselo bien antes de tomar una decisión. Es un trabajo absorbente que lo va a alejar de su familia.

Archila confiesa que se fue al gimnasio, donde pudiera pensar con calma, y que terminó sintiendo pánico de abandonar la vida cómoda que llevaba.

La verdad sea dicha, es que no he tenido tiempo ni para arrepentirme

Votó sí en el plebiscito

Entonces habló con su familia y les contó con absoluta franqueza –con crudeza, más bien– qué era lo que le habían ofrecido. Les pintó la realidad que lo esperaba: tendría que viajar todos los días, dormir a la intemperie, correr grandes peligros.

Su esposa le dijo que estaba en rotundo desacuerdo con la posibilidad de que aceptara, pero agregó que lo apoyaría en cualquier decisión que tomara. Su hijo, al que cariñosamente llaman Archilita y también estudia abogacía, le sugirió que aceptara, pero que pidiera escoltas.

–Resolví aceptar por varias razones –me dice ahora el consejero–. Yo había votado sí en el plebiscito del 2016 sobre los acuerdos con las Farc. Tenía que ser consecuente con mis propios sentimientos. Estaba en la obligación moral de ayudar.

Fue entonces cuando algunos amigos y allegados le sugirieron que, si aceptaba semejante encargo, lo ejerciera desde su propio despacho en Bogotá, sin tener que exponerse a tantos peligros ni andar dando tumbos por todos los recovecos del país.
–Yo no soy capaz de hacer eso –les dijo a todos, con voz tajante, y agregó una frase que se volvería célebre:–La paz se hace en el territorio, no en el escritorio.

La gorra y la ensalada

Para empezar, tuvo que comprarse una gorra de lona rústica para protegerse del sol, la lluvia y los mosquitos. La verdad es que tuvo que replantear su vida por completo y acostumbrarse no solo a las escasas cuatro horas diarias de sueño.

Por ejemplo: la comida. La única solución ante tanto alimento desconocido, y ante el riesgo de comer carnes de animales que jamás había visto, y revoltillos hechos con huevos de águila, fue volverse vegetariano. Resolvió que tres veces al día solo comería ensaladas, maticas y hojas, lo que produce la tierra, dondequiera que se encontrara.
Le pregunto si, ante esa nueva realidad de su vida, hubo algún momento en que se sintiera arrepentido de haber aceptado el cargo.

La verdad sea dicha –responde, con una leve sonrisa–, es que no he tenido tiempo ni para arrepentirme.

Pero la primera vez que se encontró con la guerrilla, reunidos a campo abierto, sí tuvo tiempo de hacerse una pregunta.

–Me dije: ¿y yo qué diablos estoy haciendo aquí?

Aquella reunión fue muy cordial, pero, de todas maneras, alguien comentó que la presencia de Archila asustaba a la gente.

–Porque yo soy un hombre serio –respondió él, y entonces sí entraron en confianza.

Las regiones y el choricito

Así, reuniéndose con la gente, mientras su familia lo espera en Bogotá para pasar unas cuantas horas juntos, Archila ha ido preparando unos planes de trabajo llamados Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial, que hoy operan en los cuatro puntos cardinales del territorio colombiano.

–Con esos programas estamos haciendo el diálogo social más grande del mundo –me comenta Archila–. Hoy operamos en 170 municipios con 11.000 veredas. Allí viven actualmente 3.500 antiguos combatientes de la guerrilla. Algunos han trasladado a sus propias familias a esos lugares, que se llaman “espacios de capacitación y reincorporación”.

Las historias de calidez humana abundan ahora en esos parajes. En Arauca cuentan el caso de un líder campesino de 28 años que en la universidad se enamoró de una muchacha y se la llevó a vivir en la zona especial de Arauquita. En este momento ella está embarazada y, entre los dos, mientras esperan al niño, están organizando una pequeña empresa familiar para producir miel de abejas.

Cerca de allí, en la vereda Filipinas, un antiguo guerrillero llamado Fidel levantó casa con su novia, y están preparándose para fabricar unos chorizos famosos en esa región, llamados ‘sacha inchi’, que son oriundos de la selva peruana y se hacen con una semilla parecida al maní.

Aseguran los vecinos que el sacha inchi es milagroso porque está cargado de omega y elimina las grasas del organismo, ayuda a la circulación de la sangre y evita los infartos. Dios quiera que también cure la violencia.

Resolví aceptar por varias razones. Yo había votado sí en el plebiscito del 2016 sobre los acuerdos con las Farc. Tenía que ser consecuente con mis propios sentimientos

El puente de las flores

La iglesia de El Tambo es una hermosa construcción rodeada de palmeras y del viento que sopla por la tarde. En las afueras del pueblo hay bosques tupidos, arroyos, matorrales, y allí mismo queda uno de los territorios de adaptación de los antiguos guerrilleros. Eso es en el corazón del Cauca. Había un puentecito en tan malas condiciones que ya la gente no se atrevía a cruzarlo ni siquiera a pie por miedo a que se desplomara.

De largo mide apenas veinte metros. Pues Archila y su gente pusieron manos a la obra, construyeron el puente nuevo y lo inauguraron con un grupo de vecinos que llegaron vestidos de gala y llevando manojos de flores en las manos. La plataforma para atravesarlo es roja. Los barandales que la sostienen son amarillos, azules y rojos, adornados con globos de colores como si se tratara de una fiesta.

Y, en realidad, lo es: el puentecito de El Tambo les ha cambiado la vida a los campesinos de la región, que no tenían manera de llevar sus productos al mercado.
En otro costado de la geografía colombiana, entre las aguas bravas del río Putumayo y la imponencia de las llanuras calientes, Emilio Archila promovió y encabezó una asociación de los guerrilleros desmovilizados con la Universidad de los Llanos, que tiene su sede en el Meta. En este momento están poniendo en marcha una pequeña industria para producir aceites.

Epílogo

Han abierto vías y caminos en numerosas regiones. Están reconstruyendo escuelas y puestos de salud. Por dondequiera que Archila va, la gente le regala una artesanía o cositas de comer: chocolates, panelitas, frutas, pan, un dulce. Debe ser que se conduelen al verle esa cara flaca que ha ido cogiendo en estos meses. No es para menos: a punta de maticas y hojas...

Emilio Archila y yo nos reunimos en Cartagena, donde él se detiene de paso hacia los Montes de María, que se levantan en medio de la sabana que cubre el corazón de Bolívar y Sucre. Allí fue donde ocurrieron las masacres al son de la cumbia y las gaitas que los criminales obligaban a tocar para que la gente no oyera los gritos de las víctimas.

–Ahora que estamos aquí, tranquilos, y conversando –le digo–, cuénteme una cosa: ¿se arrepiente de haberse metido en esto?

–Ahora que sí tengo tiempo de pensarlo –me contesta al fin–, no me arrepiento. Mi compromiso con la gente es un acto sagrado.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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