Las torturas de las Farc contra Íngrid Betancourt que ahora niegan

Las torturas de las Farc contra Íngrid Betancourt que ahora niegan

La secuestrada fue víctima de ‘sadismo personal combinado con fanatismo ideológico’. Análisis.

íngrid Betancourt

Íngrid Betancourt, durante su secuestro.

Foto:

AFP

Por: Armando Neira
02 de marzo 2020 , 01:33 p.m.

Los militantes de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) están dejando pasar una histórica oportunidad de sintonizarse con el resto del país.

Es más, están insultando a las 8.163 víctimas de secuestro —según cifras de la Fiscalía—, así como a sus familiares y seres queridos, al no contar sus infamias cometidas contra estas personas en los años de guerra cuando eran las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Los otrora militantes del grupo armado han pasado ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y, en lugar de reconocer sus delitos, han recurrido a las metáforas para esquivar la gravedad de lo ocurrido. Ni siquiera usan el término 'secuestro', sino el benévolo 'retención'.

En la otra orilla están las desconcertadas víctimas. Miembros del extinto bloque Caribe, por ejemplo, al hablar del violento secuestro del exministro Fernando Araújo en el año 2000 en Cartagena, lo valoran como si él hubiera sido un beneficiario de una buena práctica:

“Al señor Araújo Perdomo siempre se le dio un trato preferencial y excepcionalmente bueno.
De igual manera, las fechas que fueran especiales para él —como lo eran cumpleaños, Navidad y Año Nuevo— se procuraba acceder a las solicitudes del retenido como comidas especiales, buñuelo, natilla, sancocho de gallina criolla”, afirmó Lida María Urrego Lascarro, exintegrante del extinto frente 35, en un testimonio divulgado por Caracol Televisión.

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Además, añadió: “Si bien la selva no era un hotel cinco estrellas, siempre su dormida fue la mejor, su cobija bien limpia, su ropa lavada, su calzado, todos sus útiles de aseo, su radio transistor, su televisor”.

Si bien la selva no era un hotel cinco estrellas, siempre su dormida fue la mejor

Óscar Tulio Lizcano, secuestrado durante 8 años, en la profundidad de la selva, señala: “Yo ya perdoné a mis carceleros y a los carceleros de mi hijo menor. Porque, de no perdonar y seguir con odios, estaría mentalmente secuestrado, entonces ya me liberé”, dice, aunque les exige a la Farc que digan la verdad.

Luis Eladio Pérez, secuestrado durante siete años, dice: “Siempre pensé que cada día era mi último día, estuve en condiciones infrahumanas, a veces amarrado a los árboles”, recuerda. Igual, solo pide la verdad.

Sin embargo, la reacción más dramática ha sido la de Íngrid Betancourt, secuestrada durante seis años y medio, humillada día y noche, por los miembros de este grupo armado.

Su testimonio es demoledor por la crudeza de lo vivido, pero también pone sobre la mesa varios interrogantes: ¿seguirá la Farc en esta línea hasta socavar la credibilidad de la JEP? ¿Seguirán esquivando su responsabilidad en la crueldad durante la guerra? ¿Qué futuro tiene esta organización como partido político si sigue caminando por este sendero?

Íngrid Betancourt le envió una carta a Julieta Lemaitre Ripoll, magistrada de la Sala de Reconocimiento de Verdad, Responsabilidad y de Determinación de los Hechos y Conductas, en la que le dice que debería invitarlos a hacer un acto de reflexión del errado camino elegido.

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Íngrid Betancourt le cuenta a la magistrada que se enteró a través de El Espectador de un recuento de la versión dada ante la JEP por la Farc sobre las condiciones de su secuestro. “Al impacto que me causó este recuento se añade el hecho de haberlo leído en la prensa y no a través de los canales institucionales”.

“Tenía entendido que mi acreditación como víctima en el caso 001 de la cual fui notificada el 18 de febrero de 2020 tenía por objeto crear precisamente esos canales institucionales”, le dice ella en la misiva también divulgada por ese diario.

Íngrid Betancourt

Íngrid Betancourt y los otros secuestrados al quedar en libertad.

Foto:

Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

Y a continuación relaciona en varios puntos, cortos pero contundentes, las infames condiciones de su cautiverio:

1. “Las Farc presentan el secuestro como una actividad regulada por ellos mismos con lo cual invierten la responsabilidad del delito. Así pues, según ellos, mis intentos de fuga los obligaron a encadenarme y a someterme a otros castigos que mencionan parcialmente. Olvidan que yo estaba en derecho de buscar recobrar mi libertad. Resulta entonces acomodada la versión de hacer de las víctimas las responsables del maltrato al que nos sometieron.

2. No les corresponde a las Farc expedir certificados de buena conducta sobre sus víctimas. Ni a nosotras conformarnos con que lo hagan.

3. Ellos hablan de “retención”, término preliminar aceptado por la JEP, que desafortunadamente incide sobre la valoración de la conducta punible al inferir que se trata de un procedimiento administrativo de carácter transitorio. Parece lógico que el término “secuestro” sea el apropiado pues indica un acto violento y delictivo de usurpación de vida. Esto lleva a hacer una pregunta: ¿acaso en una investigación por asesinato, por ejemplo, la justicia le cambiaría la denominación al delito refiriéndose a una investigación por suspensión de actividad física permanente mientras se condena al criminal?

4. Las Farc se apropiaron de mi vida, de mi tiempo familiar y laboral, de mi recorrido político y de mi voz, para usarme como escudo militar, moneda de cambio y plataforma mediática. Ahora siguen haciéndolo, usándome para justificar sus comportamientos delictivos ante la JEP.

5. Dicen ellos que su intención al encadenarme era salvarme la vida. El mayor peligro que yo corría no eran los bichos ni la selva, eran ellos, su violencia, y su decisión de matarme —si era necesario, como me lo repetían—, y como les sucedió a los diputados del Valle.

Por ahora solo quiero añadir que perdón no es olvido. Tampoco es impunidad

6. Pretenden presentarse como una organización que escuchaba y atendía las solicitudes de los secuestrados. La verdad es que estábamos en manos de hombres y mujeres perdidos en la selva, sin Dios ni ley, que hacían con nosotros lo que les parecía. Con excepción de Joaquín Gómez (quien mejoró nuestras condiciones de cautiverio por unos meses), el secretariado llevaba una contabilidad fría y deshumanizada de nuestras vidas, cubriendo sistemáticamente los desmanes de su tropa, así como lo hacen hoy con este relato.

7. Obligarme a hacer las necesidades frente a un guerrillero, como explican ellos, para impedir mi fuga, es una justificación inaceptable. La razón era otra y revela la gravedad del delito y su complejidad síquica: la complacencia en el odio, la sed de dominación, el machismo y la estimulación grupal del sadismo.

8. Hacernos asear en público también daba la oportunidad para conductas insultantes, violencias, y terribles abusos que siempre hubieran podido ser evitados. Hasta el último día del secuestro, con el último baño previo a mi liberación, fui objeto de esos insultos, y de esa violencia. No era una diferencia cultural como quieren presentarlo. Era una venganza contra un ser humano convertido por ellos en el símbolo de su enemigo personal y social.

9. ¿Hacerme marchar encadenada con otro secuestrado para prevenir incidentes? No. El encadenarnos por el cuello en las marchas era muy peligroso porque al cruzar caños pasando en equilibrio sobre troncos resbaladizos, podíamos morir ahorcados si el compañero se caía. Iban armados hasta los dientes, por una selva indómita, nadie hubiera pensado en fugarse (¿hacia dónde?) durante una marcha. El encadenamiento era parte de su obsesión con el castigo para quebrarnos sicológicamente.

10. Dicen que las cadenas las retiraban. A los secuestrados militares y a mí nos mantuvieron encadenados durante años. No era una medida esporádica. Jhon Frank Pinchao duró meses limando sus cadenas: cuando lo rescataron todavía le colgaban al cuello.

11. Dicen que me aislaron para que me cuidaran guerrilleras mujeres y que me reunieron al grupo por solicitud mía. No me solicitaron mi opinión ni aceptaron que la diera. Hicieron conmigo lo que les pareció, sin importarles ni mi sufrimiento ni mis súplicas.

Íngrid Betancourt

Íngrid Betancourt, tras su liberación.

Foto:

Mauricio Moreno. EL TIEMPO

12. Hablan de espacios para hacer yoga, de artículos de belleza, de comida y medicamentos. Con los cambios de comando nos ponían a hacer una lista de implementos de aseo, a sabiendas que nunca llegaría nada. Solo en dos ocasiones se produjo el milagro, en una de esas ocasiones me llegó la Biblia enviada por Jojoy. De resto fuimos testigos que para ellos había todo, mientras nos mantenían encadenados, sin siquiera atendernos con los medicamentos que tenían en reserva.

13. Mencionan los nidos de congas. Efectivamente me hicieron dormir encima de nidos burbujeantes de hormigas mortales. Dicen ellos que ocasionalmente sucedió porque por las noches no las podían detectar. Aun en la oscuridad se ven brillar, se sienten y se oyen los caudales de bichos crujiendo al moverse. La verdad es que las buscaban de día —por orden del comandante— para obligarme a permanecer encima de ellas. Su ensañamiento fue producto de un sadismo personal combinado con fanatismo ideológico, en un espacio humano donde la arbitrariedad de los fusiles hacía oficio de ley. (¿Sabe alguien lo que es dormir sobre una marea de bichos enloquecidos, encaramándosele a uno de noche por todos lados...?)”.

Íngrid Betancourt concluye: “Si bien estas observaciones han implicado una inmersión muy dolorosa en el pasado, corresponden al deber de memoria, responsabilidad de las víctimas. Para que esto no vuelva a suceder”.
Y finaliza: “Por ahora solo quiero añadir que perdón no es olvido. Tampoco es impunidad”.

De eso se trata. La generosidad de buena parte de la sociedad al respaldar el acuerdo de paz debe ser correspondida. Para un amplio sector de colombianos, la nuez de la negociación pasaba porque los miembros de las Farc no fueran a dar a una cárcel, sino que contaran la verdad. La primera piedra en la construcción de un país distinto. Por lo escuchado y sabido hasta ahora, esto no está sucediendo.

Las versiones de los excombatientes de las Farc se han dado en el contexto de las audiencias colectivas con las que la JEP pretendía ampliar el documento que el antiguo secretariado de esa guerrilla entregó el año pasado a esa justicia. Una vez terminadas esas versiones, la JEP comenzó a trasladarlas a las víctimas acreditadas en jornadas reservadas.

Estos trámites se adelantaron en Cartagena, Florencia, Medellín, Villavicencio y Bogotá. No obstante, la versión de Betancourt indica que lo manifestado por los exguerrilleros todavía no es de conocimiento de todas las víctimas, un paso clave para la investigación de la JEP, dado que quienes sufrieron este flagelo tienen derecho a controvertir lo dicho por los responsables de cometer esos crímenes.

Sin embargo, en este momento, los magistrados a cargo avanzan en el llamamiento a versiones de otras personas que puedan contrastar la versión al parecer autojustificativa de las antiguas Farc, de cuyo aporte de verdad y reconocimiento de responsabilidad depende que, efectivamente, logren las penas benévolas que se diseñaron, o al contrario, pierdan estos beneficios.

ARMANDO NEIRA
EDITOR DE POLÍTICA
EL TIEMPO
Twitter: @armandoneira

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