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Padura habla de política, literatura, Cuba y Colombia
Leonardo de la Caridad Padura Fuentes

El escritor cubano Leonardo de la Caridad Padura Fuentes ha sido galardonado, entre otros reconocimientos, con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

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Emilio Naranjo. EFE

Padura habla de política, literatura, Cuba y Colombia

El laureado escritor que vive en La Habana, en entrevista exclusiva con EL TIEMPO. 

Leonardo Padura (La Habana, 1955) quería ser periodista. En realidad su sueño era ser beisbolista. Consciente de las carencias para convertirse en profesional, creyó que si aprendía a contar los hechos deportivos, sería feliz estando cerca de los jugadores. En Cuba, sin embargo, pocos pueden hacer lo que quieren. El Estado cerró la facultad porque diagnosticó que en la época había demasiados periodistas y le “aconsejaron” otra carrera. Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de La Habana.

Con el título volvió a iniciar con el periodismo. Trabajó en la revista literaria El Caimán Barbudo; luego en el periódico Juventud Rebelde. Sus jefes valoraban su talento estético, pero les inquietaba que cuestionara más allá de lo debido. Llegó a ser jefe de redacción de la Gaceta de Cuba, revista de la Unión de Escritores, y sintió que era hora de irse para contar historias desde la ficción. Una alternativa para narrar la realidad que veía. Alcanzó tanta fama que hoy puede desde su casa del barrio de Mantilla, el mismo en el que nació, escribir lo que quiera.

¿Ha valido la pena correr tantos riesgos a nombre de la literatura?

No tiene sentido correr riesgos para escribir literatura. Eso debería ser un principio. Pero si hay que correrlos, pues uno decide, y yo decidí correrlos. Lo más importante para mí ha sido ver mi realidad desde la literatura, dejar testimonio de mi tiempo. Y si además existían riesgos, pues no quedaba otra que asumirlos.

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¿Cree que el arte es político?

Creo en el arte y creo en la política. En esencia, la literatura cumple una misión civil, participa de una realidad en una sociedad determinada y esa visión siempre será política, porque la política está en todo lo que hacemos.

En estos tiempos se ha instalado la tesis de que la verdad no importa, sino lo que la gente crea. ¿Usted, que ha sido un buscador de la verdad, qué piensa?

Que es muy lamentable y, sobre todo, peligroso. La verdad, ya se sabe, es una construcción relativa, pero que necesita de ciertas certezas, comprobaciones, experiencias, para poder sostenerse. Las creencias, en cambio, son cuestiones de fe y la fe no necesita de verificaciones, incluso puede prescindir de la razón. Por eso estamos viviendo el auge de los fundamentalismos religiosos, económicos, políticos, tecnológicos.

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En el documental, se analiza el trabajo de Leonardo Padura Padura sobre el fracaso del socialismo en Cuba.

En el documental, se analiza el trabajo de Leonardo Padura Padura sobre el fracaso del socialismo en Cuba.

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Efe

¿Por qué la gente quiere creer?

No es que la gente quiera creer porque es más fácil que buscar la verdad. Es que se les obliga a creer. Nunca, como hoy, ha habido tal cantidad de información en movimiento y nunca, como hoy, al menos desde la era industrial, tan poco contrastada, tan superficial o maliciosamente difundida. La democratización de la información, ese logro tremendo de la humanidad, ha sido manipulada y, con eso, se ha manipulado la mente de las personas. Y ya se sabe que, desde que el hombre es hombre, necesita creer. Hoy la consigna parece ser creer, nosotros te decimos en qué, y así no tienes que pensar ni dudar. Es patético.

¿Cree que el ser humano debe buscar la verdad así sea en condiciones de extrema dificultad como ha sido su caso?

Sería lo ideal, lo perfecto, lo ético. Pero no siempre se puede jugar con esas pelotas. La vida es muy complicada y la supervivencia, una necesidad biológica, supramoral. Conozco mucha gente que ha tenido que vivir sistemáticamente con dos rostros, para poder alcanzar un mínimo de estabilidad. Otros que lo han hecho por obligación. Y muchos que lo hacen por su baja catadura moral. Todos tendrán su verdad, aunque sea la de esconder la verdad. Y no quiero juzgar ni a unos ni a otros. Solo recordar que funciona así.

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En su obra está presente el miedo como sistema de represión. ¿Es un arma muy eficaz del poder para ejercer el control?


Por supuesto, y todos los poderes lo han aplicado. El miedo no solo nos hace ocultar la verdad, sino que envilece a las personas, pero creo que más a los que provocan el miedo.

Con sus libros ha logrado contar más verdades con la ficción que lo que ha hecho el periodismo de su país. ¿Tiene alguna reflexión de esto?

Claro. Yo he luchado por muchos años por tener una posición social, económica, moral independiente. Y la independencia implica libertad. No quiero decir que soy completamente libre, sería mentira. Tampoco que no tengo o haya tenido miedo, pues lo he sufrido. Pero mi opción ha sido alcanzar esa independencia posible y luchar contra mis miedos. Por otro lado, la prensa cubana da una verdad que no es, por supuesto, toda la verdad, sino la verdad que interesa a quienes sostienen esos medios. Y debemos recordar que eso no es exclusivo de la prensa cubana, es universal. Como bien se dice, el que paga, manda. Por eso creo que no es justo comparar las posibilidades de ser independiente de un escritor que las de un periodista.

¿Qué diferencias ve entre los dos oficios?

La relación con la verdad. Y volvemos a ella. En el periodismo yo pude utilizar estructuras, lenguajes, estrategias narrativas muy similares a las que he utilizado en algunas de mis novelas. Así que no es cuestión de estilo. Pero cuando escribes una novela practicas un código muy liberador: en la novela yo voy a contarte una mentira como si fuera verdad, y tú vas a leer como si fuera verdad lo que sabes que es una mentira. Esa es la ficción. Eso es juego limpio. La novela es el reino de la libertad. En el periodismo ese espacio no debe existir. Debe haber un respeto por la verdad, porque de lo contrario estás negando su función esencial.

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Cuando empezó a ser escritor de ficción, ¿dejó para siempre el periodismo?

De vez en cuando, reincido. Es que por la vía del periodismo puedo evacuar preocupaciones que sería imposible tratar en una novela, por muchas cuestiones, entre ellas la inmediatez y la posibilidad de difusión. Un artículo lo pueden leer cien mil personas. Ojalá que siempre pudiera vender cien mil libros…

Leonardo Padura. Foto: AFP.

Leonardo Padura. Foto: AFP.

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Para muchos de sus lectores es difícil concebir que una voz tan crítica y aguda como la suya siga viviendo en La Habana. ¿Cómo es eso?

Como un acto de pertenencia, de identidad, de resistencia. Yo necesito a Cuba para escribir. Y pago un precio por esa necesidad y por mi profesión: el precio de la invisibilidad. Para los medios oficiales cubanos prácticamente no existo, no me promueven, no me recuerdan. Sin embargo, casi todas mis novelas han sido publicadas en Cuba, con poca o ninguna promoción, pero publicadas… y, lo mejor, muy leídas. Ahora mismo, Como polvo en el viento ha sido leída en una edición digital pirata, por cierto, salida de Colombia, y la gente la ha leído hasta en los teléfonos móviles.

En esa, su última novela Como polvo en el viento, usted toca el tema del exilio. ¿Nunca pensó en buscar este camino?

Sí, pero más como sueño que como posibilidad real. Como escritor y persona siempre he sentido, hasta ahora al menos, que en Cuba está mi lugar.

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Por distintas razones, buena parte de cubanos han tomado este camino. ¿Cómo son los lazos para que estas personas sigan manteniendo su identidad?

Son muy diversos. Pueden ser lazos familiares, culturales, geográficos, de memoria. Es muy difícil definir unos comportamientos tan complejos que pueden actuar de distintas maneras en muchas personas. Creo que sería reduccionista.

En sus novelas, los recuerdos son trascendentales. ¿El ser humano se alimenta de la nostalgia?

Depende del ser humano. Hay gente que no tiene idea de qué cosa es la nostalgia. Pero sí, creo que los humanos somos los únicos que alimentamos ese sentimiento que tiene que ver con lo bueno que hemos perdido en el tiempo. La juventud, por ejemplo.

Una de las virtudes de los novelistas es la de meterse en las mentes de sus personajes. En el caso de El hombre que amaba a los perros, ¿cómo hizo para estar en la cabeza de los dos antagonistas, León Trotski y Ramón Mercader, y, sobre todo, salir bien librado?

Estudiando todo lo que pude, preguntando, confrontando lo escrito con lectores agudos, volviendo a escribir una y otra vez. La línea de Trotski, por ejemplo, estaba escrita en primera persona, pero me di cuenta de que no había sido capaz de meterme en el alma del personaje y tuve que reescribirla completa, en una tercera persona más objetiva. Trotski tenía una personalidad muy fuerte y peculiar, y yo podía hacerle un retrato, ¡pero no un escáner!

Por su trayectoria y las vivencias de su personaje Mario Conde, ¿se podría pensar que es usted un escritor de novela negra, o lo deja en novela policiaca?

Ni negra ni policiaca. Novelas sociales, diría yo. Utilizo los recursos del género policial o negro, las diferencias dependen del crítico que utilice la denominación, para hacer recorridos, retratos, reflexiones sobre la sociedad cubana actual. Lo mismo que hago con la historia en mis novelas ‘históricas’, pues me voy al pasado para escribir una crónica más reveladora del presente.

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Finalmente, Colombia logró firmar un acuerdo de paz con las Farc con Cuba como anfitrión. Después, Cuba volvió a la lista de los países patrocinadores del terrorismo de EE. UU. ¿Qué piensa de eso?

No conozco detalles, no tengo acceso a toda la información, y por tanto mi respuesta no tiene mayor validez. Pero creo que ha sido algo esencialmente injusto y que fue resultado de una deuda política del expresidente de Estados Unidos, que, entre otras cosas, se propuso dejar a su sucesor lo más sucias posible las relaciones con Cuba.

A propósito, algunos sectores políticos de Colombia quieren que el país “revalúe”, para decirlo en términos diplomáticos, las relaciones con Cuba por la presencia de miembros del Eln en La Habana. Para usted, ¿cómo deben ser las relaciones entre Cuba y Colombia?

¿Para mí? Estas deberían ser armónicas, cercanas, afectivas. Pero recuerda que yo soy un escritor y no un político. Yo adoro a Colombia, me encantan los colombianos, debo advertir que mucho más las colombianas, tengo grandes amigos allá y muchísimos lectores. Soy incluso fanático de esa bomba antipersonal que se conoce como bandeja paisa… ¿Cómo crees que voy a querer que sean las relaciones de Cuba con Colombia?

ARMANDO NEIRA
Editor de política de EL TIEMPO

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