Yo logré que mi hijo se volara de las Farc

Yo logré que mi hijo se volara de las Farc

Primero, lo di por desaparecido. Años después me di cuenta de que fue reclutado.

Familiar de persona desaparecida

La pintura y el tejido fueron una de las terapias que me recomendaron para afrontar mi duelo.

Foto:

Julián Espinosa / EL TIEMPO.

Por: Edith Rodríguez*
08 de marzo 2019 , 10:33 a.m.

Yo nací en el Eje Cafetero, pero llegué desde que era niña al Llano, a Granada (Meta), y luego a Villavicencio. Aquí nacieron mis tres hijos. Esta historia es sobre el menor de ellos y sobre el dolor más grande que he sentido en mi vida.

La desaparición

Eso fue el 29 de noviembre del 2012. Hacía como unos 20 días, mi hijo menor, Carlos Andrés*, se había ido para donde unos familiares en Puerto Concordia (Meta). Le gustaba mucho ir por allá. Eso es en límites con el Guaviare, al lado de San José del Guaviare. Yo vivía en la casa de mi mamá, en Villavicencio.

Mi hijo mayor manejaba una mula. Ese día llegó de viajar del lado de Puerto Gaitán. Le serví el almuerzo y le pregunté si había hablado con alguien de la casa donde estaba Carlos Andrés. "Por ahí debe estar", me contestó. Siguió almorzando. En ese momento entró una llamada. Contestó. Corrió el plato del almuerzo. Nunca lo había visto así. Yo le pregunté, "¿mi mamá?", porque mi mamita se mantiene muy enferma, pero no me contestaba. "¿Carlos Andrés?" Me respondió que sí.

Yo llamé y nadie me decía nada. Me desesperé como loca y me fui. Empaqué una ropa y salí esa misma tarde. Carlos Andrés estaba desaparecido. Él tenía dieciséis añitos y como cuatro meses. Ahora tiene 23 años.

Me dijeron que esa noche habían ido a cazar a, no sé, una laguna, y quedaron de encontrarse en un punto. Cuando mi familia llegó hasta ahí, no había nadie. Buscaron y buscaron hasta que casi a la medianoche encontraron las cosas de él tiradas.

De aquí a allá uno se gasta cinco horas en bus y dos horas más o menos hasta la casa, en moto. Llegué hasta Granada (Meta) y de allá me fui en un bus que salía como a las 6 de la tarde. Ustedes entenderán cómo va uno: yo solo lloraba y gritaba, la gente solo me miraba.

Cuando llegué a Puerto Concordia, había un 'pasero' ahí, tomando con un muchacho. Eran como las 12 de la noche. Le dije que si me hacía el favor y me pasaba al otro lado del río. Me dijo que sí, me cobró los 2 mil pesos que valía la pasada al otro lado del río Ariari.

En ese momento uno piensa tantas cosas. Yo vi las cosas que él llevaba, la escopeta, el buzo, los papeles… A las 6 de la mañana, eché a caminar de ahí pa’ arriba. Lo busqué entre los rastrojos, me fui por todas esas fincas buscando, lo busqué entre unos guayacanales que había, inmensos. Se me vinieron tantas cosas a la mente. Yo me dije: si lo cogieron para algo, alguien me dará alguna razón. Pero no, nadie nos dio razón. Yo llevaba una foto de él, pero por allá nadie dice, nadie ve y nadie escucha nada. Yo también decía: ‘si lo mataron, debe estar tirado por acá’.

No lo encontré.

Él me decía que me calmara, pero yo no podía

Entonces yo me fui a buscar a esa gente, a la guerrilla, pregunté dónde los podía encontrar y fui. Me arrimé a una muchacha y le dije que necesitaba hablar con el patrón de ellos. Ella me dijo que estaba muy ocupado. Le dije que no importaba, que yo esperaba. Inclusive yo les pregunté si ellos lo tenían, pero me dijeron que no, que no sabían nada.

Como a la 1 o 2 de la tarde de ese día me dejaron hablar con el comandante. Me le tiré encima, le rogué que si lo tenía, me lo entregara, que para qué quería a mi hijo, que era de la ciudad y no le iba a servir. Yo le abrazaba las piernas, le decía que si él tenía hijos, que por favor me entendiera por lo que estaba pasando y que me entregara a mi hijo, que no se lo llevara. Que él no entendía mi dolor de madre.

Uno sabe más o menos qué es lo que sucede en esos sitios.
Anteriormente ellos ya habían estado por ahí. De hecho, yo ya me les había robado a mi hijo una vez que fuimos de vacaciones. En ese momento él tenía 12 años. En fin.

El comandante miró al cielo y se le vinieron las lágrimas. Me dijo, "qué tan equivocada está, madre, porque yo sí tengo dos hijos y sufro por ellos". Le dije que entonces me entregara al mío, pero me respondió que no sabía nada de él y que así lo tuviera, no podría hacer nada.

Pasó un buen rato. Él me decía que me calmara, pero yo no podía. Al rato, me fui. Cogí una ‘voladora’ (lancha rápida) que me llevó hasta un sitio donde podía coger camino. ¿Ya qué más podía hacer?

Estuve unos días ahí en la casa, buscándolo. Fue como una semana, a ver si podía saber algo de él, pero nada, nadie me daba razón. Yo averiguaba y nadie lo había visto.

Sanar

Ahí empezó un año terrible, el más difícil. Yo me quería morir. Me les quería tirar a los carros, no quería vivir. Es muy duro pasar por donde uno ha vivido con sus hijos y luego sentir ese vacío.

Algo que me mataba en vida era caminar del centro comercial Unicentro al de Villacentro. No sé por qué, pero en ese pedazo yo siempre buscaba a mi hijo. A veces, otras personas se me parecían a él y yo tenía que acercarme a mirarles la cara. Lloraba. Ellos se quedaban mirándome y yo les pedía disculpas. “Es que usted se parece tanto a mi hijo”, les decía.

Yo pensaba que pasando el tiempo, yo me iba a calmar ese dolor un poco, que lo iba a mitigar, que me iba a acostumbrar, pero no, es terrible. No saber de esa persona se siente más duro día a día. Es más suave al inicio, porque uno como que se hace a la idea de que esa persona está en otro lado, que está paseando o algo así, pero a medida que va pasando el tiempo, un año, dos años... ¡Dios!

Como al año, empecé a ir a las reuniones de ayuda psicosocial del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Al principio no quería, porque decía ‘¿a qué quiero ir?, ¿a que me vean llorar y a mirarle el dolor a otra persona?’ Me decían que fuera, que esas reuniones eran bonitas, que había psicólogo, personas que lo ayudan a uno.

Cuando inicié con el CICR el dolor de las otras familias se me hizo como un bastón, por pensar que si tantas personas habían podido salir adelante, por qué yo no, que yo tenía que sobrevivir. Uno aprende a escucharle el dolor a las otras y las otras a escuchar mi dolor. Si alguien en esa reunión me dice que entiende mi dolor, yo sé que sí lo está viviendo, que sabe que ese dolor se lo carcome a uno. Se siente uno como en familia.

¿Será que solo a mí me duele? Dios mío

Porque es que ni siquiera en la casa… Me acordaba mucho de las palabras que me decía mi hija: “Usted parece que tuviera un hijo solamente, parece que no tuviera más hijos”. Yo le decía que no, que no era tan fácil porque ellos estaban conmigo y estaban bien. “A ustedes yo los veo, a él no. No sé nada de él, no sé si está bien o mal, si está comiendo o tiene frío”. Yo pensaba mil cosas, y le decía, pero ella no me entendía.

Entonces, empecé a ver que las otras familias con familiares desaparecidos lograban seguir con su vida y me dije que yo también debía hacerlo, que tenía que sacar berraquera de donde fuera y salir adelante. Y lo hice, pero no fue fácil. Recuerdo que entre tantas actividades, me enseñaron a hacer tejido guatemalteco. Pero yo llegué a un punto en el que me refugiaba tanto en eso que no dormía por estar tejiendo, me daban las dos de la mañana tejiendo. Por eso no lo recuerdo con mucho cariño, me empezó a pesar.

Familiar de persona desaparecida

No dormía por estar tejiendo. Por eso ya no me gusta.

Foto:

Julián Espinosa / EL TIEMPO.

En ese momento me mantenía muy mal, lloraba mucho y me tocó ir al psicólogo y hasta al psiquiatra. No comía, no dormía… pero entendí que yo no era la única que pasaba por ese dolor, que éramos miles de personas y que uno es egoísta y cobarde. Aunque el dolor de perder un hijo no lo calma nada, yo escuchaba las historias de madres a las que se les habían llevado todos los hijos, la señora a la que le se llevaron tres hijos, otra que nunca supo nada de su hijo y su hija, a la que le habían matado al papá, a las que les habían matado a sus esposos… Me sorprendía mucho.

Como en mi familia todo el mundo se comía su dolor, yo me preguntaba, ‘¿Será que solo a mí me duele?’ Dios mío. Yo le pedí a Dios que me ayudara a ser fuerte como ellos, las otras familias. También le pedía que protegiera a todos los familiares de desaparecidos. “Donde quieran que estén, guárdalos, cuídalos, señor. No permitas que nada les pase. Ayuda a esas madres como yo, con este dolor tan grande”. En ese momento sentí que empecé a salir un poco de la depresión.

Una llamada esperada

Pasaron más de tres años hasta que tuve alguna información. Yo siempre cargaba mi celular, era lo primero que cogía siempre. Tenía la certeza de que algún día él me iba a llamar. En mi confusión, o no sé si las voces de ellos se parecen mucho, cuando mi hijo mayor me llamaba yo pensaba que era él. "¿Carlos Andrés?" "Nooo", me respondía y yo como que me aplastaba.

Un día, hace como dos años, en enero o febrero del 2016, como a las 8 de la mañana, mi celular empezó a timbrar y yo no lo encontraba. Los busqué y lo busqué. Cuando lo encontré, alcancé a contestar. "¿Carlos Andrés?" Me dijo "¡Sí!", y yo me desmayé. Dicen que me puse morada y no era capaz de respirar. Mi hija me quitó el celular y fue la que habló con él.

Me echaron aire y agua en la cabeza, me decían cómo respirar... Yo volví a tener conciencia y le quité el celular a mi hija.

-¿Dónde está?
-No, estoy muy lejos, mamá.
-Papito, ¿dónde está? Yo quiero ir a verlo.
-No, mamá…
-Yo voy a donde sea, mi amor, yo voy a donde usted me diga que está. Con que Dios me ayude yo voy.

Y así hice.

Él tenía que pedir permiso para yo poderlo visitar. Solamente había llamado a saludarme, pero yo le insistí.

yo no dormía, de planear cómo hacía para robarme a mi hijo

Me dijo dónde estaba ese día. Era del Puerto Cachicamo para abajo, no me acuerdo del sitio. Eso es del Guaviare. Yo de una vez empaqué ropa. De los nervios, yo corría y no era capaz de empacar ropa. Una vecina y una hermana me preguntaban en qué me podían ayudar, pero yo solamente lloraba y lloraba, parecía una boba llorando. Entré como en un ‘shock’, lloraba y lloraba, me parecía mentira.

El hecho es que a las 10 de la mañana ya había empacado ropa. Me fui y a eso de las 6 o 6:30 de la tarde llegamos al sitio donde él estaba, con mi mamá, mis hijos y un hermano.

Yo a él nunca lo pude llamar. Era él el que me iba llamando y me iba diciendo por dónde me iba hasta llegar al sitio donde estaba.

Cuando llegamos al sitio había unos muchachos ahí. Yo miraba para todos lados y me preguntaba, ‘¿y ahora?’ Entonces, alguien se me acercó y me dijo: “A la orden, ¿qué se le ofrece?”. Yo me quedé muda. Los miraba. Como andaban de civil… Entonces me preguntó que quién era, y yo me identifiqué. “Yo ando buscando un muchacho así y asá, -le dije-. Yo vengo de Villavicencio”. Entonces se quedó un rato pensando, hasta que me dijo que le hiciera el favor de acompañarlo. Mi familia se quedó ahí. Uno piensa, ‘Dios mío, qué tal se lleven al resto de mi familia’.

Farc en Guaviare

El Guaviare no solo fue un departamento con fuerte presencia de las Farc, sino también uno de los que tuvo zonas veredales de transición para su desmovilización.

Foto:

Raúl Arboleda / AFP. (Archivo)

Yo buscaba entre todos ellos, pero no veía a mi hijo. Me preguntaba: ‘¿Quién sabe cómo estará?’ Vi que pasó alguien con un sombrero, por el lado del camino, y saludó con una voz gruesa. Yo saludé también. Cuando voy sintiendo que alguien me abraza. ¡Uy, Dios mío! Yo tiré todo lo que tenía en las manos al piso y vi quién era. Ya no era el niño que yo había visto la última vez. Ya era un hombre grande, con bigote, con un cuerpo todo grande, tenía botas. Yo lo abrazaba y lo abrazaba y lo abrazaba. Ahí lloramos como 20 minutos. Mi familia también llegó hasta ahí. Todos nos le tiramos encima, no queríamos sino abrazarlo.

Nos fuimos para donde unos familiares del señor con el que él andaba. Nos hicieron pasar, nos dieron gaseosa. Ahí nos quedamos tres días, pero claro, el señor primero me advirtió que me iba a dejar estar, pero que tenía que estar juiciosa. “Usted no va a llorar, usted nos va a dar el valor que nosotros necesitamos. Aunque no me crea, nosotros también sentimos. Si usted llora nos va a transmitir eso y nosotros no queremos”. Le dije que no iba a llorar. Me dijo que solamente tres días porque no podían estar quietos en un solo sitio, que el Ejército venía bajando por La Macarena y por eso no se podían quedar ahí.

Así fue. Estuvimos con él, fuimos de pesca, hasta de cacería a cazar lapas.
Pasamos muy rico esos tres días, pero yo no dormía, de planear cómo hacía para robarme a mi hijo. Vea, nosotros hasta llevamos ropa de mujer para vestirlo, pero la situación no se dio. Vimos que tratar de huir era como cometer suicidio. Por donde andaba, veía gente de civil, pero resulta que son gente de ellos mismos. Yo pensaba: si es por el río, por el río nos alcanzan, por el raudal también nos cogen y por la carretera es la misma historia. Yo maquinaba mil cosas en mi cabeza.

Mi hijo nos decía que nos quería, que le hacíamos falta, que no podía irse porque nos podían matar a todos, que era mejor pensar en otra manera y que estuviéramos pendientes.

Él se tuvo que ir. Nos despedimos. Nosotros bajamos y ellos se fueron más para arriba, más para adentro de la montaña. Ahí perdimos cualquier esperanza de poder hacer algo con él. Él nos dijo que si se daba la oportunidad, nos volvía a llamar y que estuviéramos listos para cualquier cosa, pero nunca se dio la oportunidad de hacer nada.

En ese momento, las Farc estaban todavía en negociaciones. Ese año fue que se perdió el plebiscito. Uy, cuando eso pasó sentimos mucha derrota, sentimos que la tierra nos había tragado, porque como se decía que si se firmaba eso los dejaban ir, pero mentiras que no fue así. Además, no iba a ser tan fácil como que firmaban el acuerdo y ellos salían. A ellos los engañaron, los envolvieron diciéndoles cosas que no fueron ciertas.

Luego, cuando se volvió a firmar, vimos que había opciones de encontrarlo. Sin embargo, yo ya había dicho que si me daban papaya de poder sacar a mi hijo, yo lo iba a hacer a ojo cerrado, como fuera, pero no iba a permitir que se lo volvieran a llevar. Fue entonces cuando comenzó el agrupamiento de las Farc y ahí sí yo podía ir a verlo otra vez.

A principios del 2017, cuando hicieron las zonas veredales, a él se lo llevaron para La Colina (El Retorno, Guaviare). Allá podíamos entrar. Íbamos cada quince días o cada mes. En esa época hubo muchos rumores de que el acuerdo de paz se iba a acabar. Entonces, yo me fui un día que había una reunión allá, en la zona veredal, y me senté medio día a convencerlo de que se viniera. Él me decía que eso se iba a terminar, que iba a salir bien, que le iban a pagar un sueldo. Yo le decía: “Papito, ¿qué tal que no lo dejen salir?” A mí me daba como angustia. Entonces yo era dele y dele y dele, hasta que lo convencí.

En mayo del 2017, fui y le dije que nos fuéramos. Ya habíamos hecho el intento antes, pero no habíamos podido. Esa vez yo me fui y empaqué tres mudas de ropa para él. Él tenía una novia y la convidó también. Entonces, ¿qué hice? Saqué la ropa hasta un pueblo y me regresé hasta cerca de la zona veredal. Lo esperé en un potrero, cerca, y como a las 8 u 8:30 de la noche él salió al sitio donde me había dicho que lo esperara y yo me lo robé.

Nunca más volvimos por allá.

Él ahora se siente tranquilo, aunque para él también ha sido difícil, porque él es de un temperamento... ¿cómo les digo…? no es fácil. Se llena de mucha rabia de momento, es muy explosivo. A veces, cuando se enoja, le da golpes a la pared para desahogarse. Y nos dice que lo dejemos quieto, que lo dejemos solo. Toca tenerle mucha paciencia. Por eso él también pasó por ayuda psicológica. También tocó llevarlo a la Séptima Brigada para que siguiera su proceso de reincorporación.

De eso ha pasado más de un año y todo el mundo dice que yo cambié cien por ciento. Dios santo.

En diciembre, mi hijo Carlos Andrés casi se vuela la mano con una pulidora, porque él trabaja en construcción. Le tuvieron que poner 28 puntos y reconstruir dos dedos de la mano izquierda, pero todavía no le hemos podido pagar la terapia. De resto, estamos bien. Seguimos en la lucha.

EDITH RODRÍGUEZ*
(Este texto contó con la investigación y redacción de JUAN DAVID LÓPEZ MORALES, periodista de ELTIEMPO.COM, @LopezJuanDa en Twitter)

*Nombres cambiados a petición de las personas para proteger sus identidades.

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