La deseable paz futura: un análisis sobre el posconflicto

La deseable paz futura: un análisis sobre el posconflicto

Tras la firma con las Farc, Santiago Gamboa se pregunta si el país logrará vivir un futuro de paz. 

Grafiti por la paz en Tibú

Según el autor, los pactos de La Habana no dejan una paz químicamente pura, pero esta no existe en ninguna nación.

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Schneyder Mendoza / AFP

29 de septiembre 2018 , 09:44 p.m.

‘¡Ha estallado la paz!’. Esta expresión, título de una novela del español José María Gironella –escritor franquista hoy prácticamente olvidado y autor de un ‘bestseller’ en los años cincuenta, ‘Los cipreses creen en Dios’–, siempre me produjo enorme inquietud: ¿puede estallar la paz al igual que la guerra? Es solo una expresión, claro, pero sugiere algo muy revelador y es que tanto la paz como la guerra reposan sobre el mismo eje, y, por lo tanto, la una viene a ser el negativo o la ausencia de la otra. Si una de las dos disminuye es porque la otra aumentó, y viceversa, como el calor y el frío, lo que pone de manifiesto una oposición de términos irreconciliables. Como la vida y la muerte.

Por eso siempre he creído que el célebre aforismo de Carl von Clausewitz es incompleto, pues le falta la palabra ‘paz’. Me refiero, cómo no, a ese que dice: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Atendiendo a la historia y observando su realidad desde los inicios es tal vez más acertado y comprobable decir: “La política es la continuación de la guerra por otros medios en tiempos de paz”. Y esto por algo elemental: la guerra es anterior a la política. De hecho, la política tal como la conocemos hoy es una actividad bastante tardía que comienza en la Grecia de las ciudades-Estado (las ‘polis’), cuando ya mucha sangre había bajado por las cañadas. El hombre creó la política para no tener que seguir matándose hasta que cayera el último, para darse una tregua y permitir un reacomodo; para dejar que el progreso ligado al trabajo en tiempos de paz llevara a la sociedad tan lejos como le fuera posible. Seguramente hasta la siguiente guerra.

La política es una especie de dique o terraplén, pero cuando el alto nivel de desacuerdo la desborda, pasa como con los ríos que se salen de cauce. Entonces el hombre abdica de la civilidad y regresa a su estado más primitivo. Y para que esto suceda es necesario muy poco: basta que algunos griten o gesticulen durante un tiempo prolongado. Si están en un lugar visible y su voz es elocuente, la paz caerá como un castillo de naipes, porque es un castillo de naipes. Nada más fácil para el ser humano que prescindir de lo que no es natural en él.

La función de la política, adicionalmente, se parece a la de las vigas que sostienen ese castillo, algo que debe regirse por un orden y que debe aspirar a la simetría y a la justicia. Los ‘duros’ de la política no sacan sus armas ni las disparan porque pueden hablar y ser escuchados por otros en un hemiciclo diseñado para ello y que tiene la forma del antiguo teatro griego. Es decir, están allí porque se les permite representar sus ideas y enfrentarlas a otras, ante un público, sin tener que empuñar su garrote o su máuser. Por eso el teatro, que es la quintaesencia del artificio, era fundamental en la democracia ateniense. Y lo sigue siendo en la nuestra. Mientras ese esquema artificial se mantenga, habrá paz. Una paz tensa y llena de turbias corrientes, como suele ser la paz humana, pero que es la única a la que podemos aspirar. Una paz por cuyas tuberías corre la sangre y en cuyo trastero, casi siempre, hay cadáveres y se oyen lamentos. Así es la paz real de los hombres, diferente de la cándida paz de los dioses o de los poetas.

Por eso es lícito afirmar que la política es el arte de la guerra en tiempos de paz. Y por eso la paz, como escribió Condorcet, es el objetivo máximo de la civilización, su construcción más elaborada y difícil (...).

La paz caerá como un castillo de naipes, porque es un castillo de naipes. Nada más fácil para el ser humano que prescindir de lo que no es natural en él

En este sentido, cabe pensar también que la paz debe ser sostenible en el tiempo, o al menos en una franja de tiempo lo suficientemente larga como para que un colectivo humano pueda recargarla o regenerarla sin necesidad de acudir (o caer) de nuevo en una guerra sangrienta. Por eso la armazón conceptual –el castillo de naipes– que una civilización erige para alcanzarla debe poder asegurar también su permanencia. De lo contrario, la conflagración que la propició no habrá servido de absolutamente nada.

El más vistoso ejemplo de una paz frágil y no sostenible en el siglo XX fue la paz de Versalles con la que culminó la Primera Guerra Mundial, que con todo y sus diez millones de muertos solo alcanzó para un lánguido periodo de poco más de veinte años de paz. Pero es que sus términos fueron tan crueles y humillantes para Alemania en lo económico, en lo psicológico y especialmente en lo territorial –dejando minorías alemanas en Polonia y Lituania con gobiernos nada amigables– que el periodo pacífico al que dio paso fue un tormentoso espacio de tiempo sin disparos de cañón, sí, pero dominado por el odio, el resentimiento y el deseo de venganza –puede incluso que con más pasión y violencia contenida que durante el tiempo de la propia guerra–, a tal punto que muchos alemanes sintieron nostalgia de la guerra, y por eso cuando Hitler encontró el discurso para canalizar ese resentimiento todos lo siguieron (...).

¿Un futuro de paz?

Tras la firma de los acuerdos de paz en Colombia y su lento proceso de implantación, la pregunta no es nada retórica. Es evidente que una gran parte de la clase política no tiene el más mínimo interés en apoyar la paz de La Habana, aunque arguyan que eso no significa que quieran la guerra. Pero ahí empiezan las discordancias, pues al ser guerra y paz contrarios absolutos no es lógicamente posible imaginar una opción intermedia, o tercera que pudiera enunciarse como “ni guerra ni paz”, del mismo modo que tampoco es posible en nuestra realidad elegir al tiempo “ni luz ni oscuridad”. Los contrarios absolutos no pueden afirmarse o negarse simultáneamente, ya que la ausencia de uno implica la obstinada presencia del otro.

Por eso, sean o no conscientes, quienes están contra la paz promueven de forma inequívoca la guerra.

Ahora bien, muchos de los opositores usan un matiz que aparentemente podría ser válido, y que consiste en decir: “Queremos la paz, pero no así”. Su negativa, dicen, se refiere al método. Pero aquí surge un dilema, y es que paz en realidad solo hay una (la ausencia de guerra), y si de verdad una sociedad quiere obtenerla, el camino usado para llegar a ella es menos importante que el fin. Mucho más cuando esa paz es el resultado de una negociación entre adversarios, sin que haya habido vencedores ni vencidos, lo que incorpora al proceso la idea del sacrificio.

Hay que sacrificar para obtener, pues el método y los sacrificios previos aparecen como costos razonables en cuanto se logra el objetivo. Es como un gol en fútbol. Si se hizo de cabeza, de tiro libre o con la mano (Maradona ‘style’), su valor es idéntico. El camino recorrido pasa a segundo plano y, por eso, si ya se logró la meta, regresar a la fase previa objetando el método es necio y sin sentido. Obstinarse en juzgar el modo en que se logró la paz con la guerrilla deslegitima la sinceridad de su deseo de acabar con la guerra. Imaginemos, de nuevo en el fútbol, que el recién nombrado director de una federación pide que se repita el partido definitivo que su equipo ya ganó, pues lo que él quiere es ganarlo de otro modo, con otros jugadores, otro tipo de goles y otra estrategia. ¿Alguien lo escucharía? ¿Tendría sentido?

Paz en realidad solo hay una (la ausencia de guerra), y si de verdad una sociedad quiere obtenerla, el camino usado para llegar a ella es menos importante que el fin

No podemos olvidar que la sociedad colombiana, con su voto (Santos en 2014 fue elegido para eso), confirió un mandato y logró la primera parte de ese gran objetivo que es la paz. Por supuesto que el plebiscito de 2016 expresó el rechazo de una mínima y polémica mayoría a ciertos puntos del acuerdo y, a pesar de ser una ducha de agua helada para el proceso, esto permitió ajustar el tiro. No obstante, los partidarios del no afirman no estar satisfechos con el resultado y transforman esa dudosa victoria en la columna vertebral de su política futura.

Pero la realidad lentamente se impone. Las Farc entregaron las armas y cesaron definitivamente los ataques, y gracias a eso el año 2017, según un informe de la Fiscalía General, tuvo el índice de homicidios más bajo de los últimos 42 años. La paz en el fondo era esto. Vivir así, como se vive en Colombia desde el cese del fuego de 2016: sin tomas de pueblos, sin emboscadas, sin secuestros, sin bombardeos a campamentos. No es una paz químicamente pura, pero esta no existe en ninguna nación del mundo. ¿Cuántas muertes violentas registra al año la ciudad de Nueva York, donde no hay guerra? Y ese es solamente un ejemplo. Las controversias sociales no cesan y la violencia cotidiana seguirá presente en las calles y caminos del país, pero eso es otra cosa.

Todo lo posterior a esta nueva situación, el llamado posconflicto, será la lenta construcción del nuevo “dique de la paz” por el cual deberán discurrir a partir de ahora las formas de diálogo de la nación (...).

Pero es innegable que la paz finalmente llegó. Porque siempre, a lo largo de la historia, tras una larga y prolongada explosión de violencia la paz se instala en una sociedad y le revela su verdadera cara. Es un espejo que no tiene piedad, pues le dice: “Esto eres tú, estas son tus crueldades, estos tus crímenes, pero ya basta”. Entonces la nación se repliega sobre sí misma, algo avergonzada. Algo triste.

Como un individuo que abolió sus límites, se entregó a una vehemente e iracunda ebriedad y, de pronto, se despierta, recupera la razón y es consciente de lo que hizo. Ve cosas rotas a su alrededor, escombros, manchas de sangre en sus manos. “¿Qué hice?”, se pregunta. Luego se recuesta en la oscuridad e implora alivio. Busca algo que lo proteja, tal vez de sí mismo. Añora la libertad que ofrece la sumisión o la obediencia. Tal vez a un padre o a un sentido de pertenencia que, en términos colectivos, puede ser algo tan simple y a la vez complejo como una nacionalidad (...).

¿Qué necesita una sociedad para mantener la paz? En nuestro caso, más allá de la parte técnica que sostiene el dique pacificador del diálogo, lo más urgente es consolidar una idea específica y propia de nacionalidad. Un rostro amplio, que contenga multitudes (como el de Whitman). Una identidad que no sea un estigma o una vergüenza, como lo ha sido durante décadas; que se pueda revelar con orgullo, pero sin incurrir en patrioterismos vacuos (...).

Una nacionalidad se construye con el paso del tiempo, y por eso el sendero del diálogo, incluso en el posconflicto, parece seguir siendo el más propicio. Los periodos de paz les sirven a las sociedades para desarrollar ‘in extenso’ muchas de las buenas ideas que, en medio del acoso por la rapidez y la urgencia de los tiempos de guerra, se postergaron. Incluso se hace nación y se construye nacionalidad a través de las metáforas de la guerra: escribiendo libros, pensando la realidad desde diferentes disciplinas y llegando a conclusiones que, cual mosaico, configuran una imagen y nos la hacen visible. La cultura, la educación, la ciencia y el pensamiento. Todo lo que no se puede destruir con bombas (...).

Pero para que la paz sea sostenible se necesita también que el nivel de los desacuerdos en los que ese conglomerado humano incurrirá nunca rebase ni se salga del dique contenedor de sus instituciones. Que todo agravio, injusticia, rompimiento, disputa, incompatibilidad o antagonismo pueda ser escuchado y debatido en el hemiciclo, que es la arena del combate de las ideas, para que su resolución sea pacífica.

Y he ahí el problema, pues esto último es imposible de prever.

Infortunadamente, nada sabemos del futuro: ¿qué nuevas dificultades y pugnas surgirán en Colombia en los próximos años?, ¿qué escisiones y querellas? Toda paz, como toda guerra, es temporal y pasajera.

SANTIAGO GAMBOA*
Especial PARA EL TIEMPO
* Nació en Bogotá en 1965. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y cursó un doctorado sobre Literatura Cubana en la Universidad de La Sorbona, París. Es autor, entre otros, de los libros ‘Perder es cuestión de método’ (1997) y ‘El síndrome de Ulises’ (2005). Este escrito hace parte del libro ‘Cómo mejorar a Colombia’.

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