‘La apelación a la violencia es siempre una derrota’: Juan M. Santos

‘La apelación a la violencia es siempre una derrota’: Juan M. Santos

Palabras del expresidente al recibir el Premio de Paz Tipperary 2017, este viernes en Irlanda.

Juan Manuel Santos 2018

Santos recordó a Eamon Gilmore, exprimer ministro adjunto de Irlanda, quien coadyuvó al proceso de paz en Colombia como enviado especial de la Unión Europea. 

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EFE / Daniel Muñoz

Por: Juan Manuel Santos
16 de noviembre 2018 , 08:42 p.m.

¡Ha sido un largo camino hasta Tipperary! Ustedes lo saben mejor que nadie.
Ustedes, en Irlanda, que sufrieron por demasiado tiempo los rigores del conflicto y que han recorrido, con perseverancia y valor, la senda que lleva de la guerra a la paz.
Tipperary ya no es el recuerdo de los regimientos irlandeses marchando hacia el frente de batalla en la Primera Guerra Mundial, sino todo lo contrario. Hoy es una fuente de inspiración para el mundo que estimula y promueve la búsqueda de la paz en todos los rincones del planeta.

Por eso me siento agradecido al estar con ustedes, en esta tierra hermosa e histórica, recibiendo –en mi nombre y en nombre del pueblo colombiano– el Premio Internacional de Paz Tipperary.

Para mí es un gran honor recibir este reconocimiento que ha sido entregado a otros hombres y mujeres comprometidos con la paz, como Gorbachov, Mandela, Clinton, Benazir Bhutto, Malala, Ban Ki-moon y el ex secretario de Estado de los Estados Unidos John Kerry, varios de los cuales han sido entusiastas amigos del proceso de paz en Colombia.

Y debo decir que el ejemplo de Irlanda –el proceso de paz de Irlanda del Norte en particular– tuvo un papel fundamental como inspiración en nuestros esfuerzos por alcanzar la paz.

Sufrí de primera mano la campaña terrorista del IRA en Londres, cuando estalló una bomba a la salida del In and Out Club on Piccadilly, en 1975, y nos lanzó al piso al gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia y a mí. Por segundos no caímos entre las víctimas.

Cuando asumí la presidencia de mi país, en el año 2010, y decidí buscar la paz con las Farc, tomé como ejemplo el proceso de paz de Irlanda del Norte, y consulté a personas que estuvieron involucradas en él desde todos sus lados.

Tengo una particular gratitud con Jonathan Powell, quien fue jefe de gabinete del primer ministro Tony Blair, y con Dudley Ankerson, doctor en Historia de la Universidad de Cambridge: ellos fueron algunos de mis más cercanos y lúcidos consejeros durante el proceso de paz.

También debo hacer una mención muy especial a Eamon Gilmore, quien fue primer ministro adjunto y ministro de Asuntos Exteriores y de Comercio de Irlanda, y se ha desempeñado, desde el año 2015, como enviado especial de la Unión Europea para el proceso de paz colombiano. Gilmore nos ayudó a alcanzar el acuerdo de paz y ahora mismo nos sigue ayudando en la desafiante fase de la implementación del acuerdo.

Así que –como pueden ver– Irlanda ha estado presente, en muchas formas, en nuestros esfuerzos de paz. Y de la misma manera como ustedes aprendieron de las lecciones de Sudáfrica, yo quise aprender de su experiencia. Tal como ocurrió en Irlanda, la lucha había perdido sentido en Colombia luego de más de 50 años de conflicto. El Ejército colombiano tenía arrinconadas a las Farc, pero estaba lejos de derrotarlas totalmente. Yo sabía –como ustedes supieron en su momento– que la única solución duradera era la solución política.

Como ustedes, nosotros comenzamos con un acuerdo básico: en su caso, el Acuerdo de Viernes Santo, suscrito a comienzos de 1998 y, en nuestro caso, el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto.

Por supuesto, hay muchas diferencias entre su conflicto y el nuestro, y entre las soluciones que en cada país encontramos. Pero lo cierto es que Colombia se ha unido a la corta lista de procesos de paz exitosos, que incluye a Sudáfrica, El Salvador e Irlanda del Norte.

Quienes hemos hecho la paz –así la paz sea siempre imperfecta– tenemos la obligación con el resto del mundo de compartir nuestras experiencias, nuestros logros y nuestras equivocaciones en el camino que transitamos.

Por eso saludo y felicito lo que ustedes lograron en Irlanda y en Irlanda del Norte, y estoy muy orgulloso de que Colombia se una a ustedes como un faro de esperanza para aquellos que aún están sufriendo conflictos, desde Siria hasta Sudán del Sur.

Hoy quiero llamar la atención sobre unos temas que creíamos ya superados en la historia pero que, tristemente, están otra vez en la agenda: la necesidad de recuperar el diálogo como un instrumento para la resolución de conflictos, de revalorar la dignidad del ser humano, y de recobrar la sensatez del centro político en medio del radicalismo y el fanatismo de los extremos.

Lo dije en Oslo, cuando recibí el premio Nobel de Paz, y quisiera repetirlo hoy: “Es insensato pensar que el fin de los conflictos sea el exterminio de la contraparte. La victoria final por las armas –cuando existen alternativas no violentas– no es otra cosa que la derrota del espíritu humano. Vencer por las armas, aniquilar al enemigo, llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias es renunciar a ver en el contrario a otro ser humano, a alguien con quien se puede hablar”.

Un antiguo comandante del Ejército colombiano, historiador y humanista, el general Álvaro Valencia Tovar, me enseñó algo que nunca he olvidado: teníamos que dejar de ver a los guerrilleros como a nuestros enemigos, para considerarlos simplemente como nuestros adversarios. Este fue un paso fundamental para llegar a una solución negociada.

Teníamos que dejar de ver a los guerrilleros como a nuestros enemigos, para considerarlos simplemente como nuestros adversarios

Humanizar la guerra no es solo limitar su crueldad, sino también reconocer en el contrincante a un semejante, a un ser humano. Infortunadamente, la humanidad ha fracasado muchas veces en este propósito.

La institución de la esclavitud se basó en la terrible y extendida creencia de que había personas menos humanas que otras. Esta consideración sigue vigente detrás de cada guerra y de cada acto de violencia en el mundo.

Un ser humano no asesinaría o heriría a otro ser humano si no creyera, de alguna manera, que la vida del otro vale menos que la suya propia.

Leí hace poco un artículo muy interesante en el que se resumían algunas de las conclusiones que ha alcanzado un grupo de investigadores del Laboratorio de Neurociencia para la Paz y los Conflictos, de la Universidad de Pensilvania, quienes han venido estudiando el caso de Colombia y los obstáculos psicológicos para la construcción de la paz en nuestro país.

Los investigadores encontraron que muchos colombianos han llegado al punto de considerar a los antiguos guerrilleros de las Farc como “menos humanos” y, por consiguiente, menos sujetos de derechos.

Esta deshumanización genera una enorme dificultad –si no una imposibilidad– para confiar en el otro y buscar una construcción colectiva del país. Y explica en buena parte la polarización de nuestra política, que llevó al infortunado resultado del plebiscito que convoqué en octubre de 2016, cuando el acuerdo de paz fue rechazado por una escasa mayoría.

Lo que pasa en Colombia es lo mismo que ha pasado muchas veces en la historia de la humanidad, y sigue pasando.

Recordamos con horror el holocausto nazi, los pogromos rusos, el apartheid… Son procesos e ideologías de odio y exclusión que considerábamos superadas, pero que ahora se expanden, como metástasis, en muchas partes del planeta, bajo nuevos y peligrosos ropajes.

En Brasil acaban de elegir presidente a un exmilitar que afirma que “no podemos tratar a criminales como seres humanos normales”, y que propone armar a los civiles y darles carta blanca para que disparen contra quien consideren fuera de la ley.

En Filipinas, en Venezuela, en Nicaragua se arma a la población civil y se la incita a la violencia contra delincuentes u opositores. En Hungría se adelanta una feroz política contra los inmigrantes. En Estados Unidos, la ‘tierra de la libertad’, se estigmatiza al migrante y la marcha de miles de centroamericanos que buscan asilo en ese país se trata como una amenaza criminal y no como lo que es: una crisis humanitaria.

Similares brotes de pensamiento y políticas xenófobas y antiinmigración se ven florecer por toda Europa. Incluso en América Latina hay sentimientos xenófobos frente a la migración de millones de venezolanos expulsados de su país por la pobreza y la falta de garantías. En Colombia, a pesar de las muchas dificultades, hemos tratado de dar apoyo y refugio a estas personas, víctimas de un régimen dictatorial y autista.

Los crímenes de odio están a la orden del día. En Estados Unidos, los más prominentes líderes demócratas recibieron cartas bomba y un hombre masacró a once personas en una sinagoga mientras gritaba “¡lo único que quiero es matar judíos!”.

Un periodista de oposición fue asesinado y descuartizado en un consulado árabe. Para no mencionar las noticias funestas que nos llegan cada día de Siria, de Yemen, del Medio Oriente, de África, o los cientos de ahogados en el mar Mediterráneo por buscar un futuro mejor...

Si no vemos al otro como a un ser humano, si lo convertimos en “menos que humano”, se pierden los límites, se legitiman los excesos y se rompe la posibilidad del diálogo y –por consiguiente– de la paz.

Si no vemos al otro como a un ser humano, si lo convertimos en menos que humano, se pierden los límites

Por eso, el primer paso para lograr la paz –en Colombia y en cualquier conflicto en el mundo– es reconocer la humanidad en el otro. Aceptar que hay diferencias, a veces irreconciliables, pero que el oponente es un ser humano con el que se puede y se debe intentar el diálogo, una solución no violenta.

La apelación a la violencia –como ya dije– es siempre una derrota, un enorme fracaso, para la humanidad.

Por fortuna, hay ejemplos que nos animan a defender y preservar, en cualquier situación, la dignidad del ser humano.

Un punto de inflexión en mi vida fue la conversación que tuve con Nelson Mandela, entonces presidente de su país, en 1996, cuando viajé a Sudáfrica a entregarle la presidencia de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la Unctad.

La apelación...

Nuestra cita, que estaba programada para solo quince minutos, se extendió por varias horas, y allí pude entender la grandeza, sencillez y sabiduría de este hombre que, luego de 27 años en prisión, había entendido que el odio no construye nada y que solo el diálogo y la verdad tenían la capacidad de unir a su nación.

Recuerdo que en ese viaje tuve oportunidad de ver por televisión, desde el cuarto de mi hotel, la transmisión en vivo de las sesiones de la Comisión de la Verdad, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, y quedé asombrado al contemplar cómo víctimas y victimarios se decían unos a otros, cara a cara, las más duras verdades, comenzando así un largo y necesario proceso de sanación.

Hay otro ejemplo, muy interesante, aquí mismo en Irlanda, del que me acordé el año pasado cuando vi la película El viaje, del director irlandés Nick Hamm, que recrea el encuentro, en 2006, de dos formidables adversarios: Ian Paisley, líder unionista, y Martin McGuinness, antiguo miembro del IRA y líder el partido Sinn Fein.

Como ustedes saben bien, después de haber sido los más enconados adversarios, estos dos hombres terminaron compartiendo el gobierno porque descubrieron al ser humano que había en el otro, decidieron superar la desconfianza y dar un salto de fe.
Una frase que McGuinness le dice a Paisley mientras viajan juntos en un carro se me quedó grabada: “...estamos a punto de hacer algo que el mundo entero aplaudirá, pero que nuestra gente va a odiar”.

Muchas veces –y lo digo por experiencia propia– hacer lo correcto no es lo más popular
, pero ahí es precisamente donde se muestra el carácter de un verdadero líder.
Y permítanme ilustrar ahora el tema con mi propio ejemplo.

Cuando fui ministro de Defensa en mi país, combatí a las guerrillas y les propiné los más duros golpes en su historia. No por ello dejé de comprender que, aun en la guerra, debemos siempre privilegiar el concepto de humanidad.

Cuando asumí el ministerio, encontré que los militares eran recompensados por cada guerrillero que caía muerto, lo que generó un incentivo perverso que derivó en que algunos uniformados, faltando al honor militar, mataran civiles para hacerlos pasar como guerrilleros abatidos y así ganarse las bonificaciones. Fue una situación absolutamente deplorable que me correspondió sacar a la luz y llevar ante la justicia.
Como ministro, decidí invertir el paradigma. En adelante, lo que daría más puntos a los soldados ya no sería la muerte del adversario, sino su desmovilización o captura. Adicionalmente, promoví la primera política integral de derechos humanos y de Derecho Internacional Humanitario para nuestras Fuerzas Armadas.

En mi vida he sido halcón o paloma, dependiendo de las circunstancias. Como halcón, combatí con determinación los grupos armados ilegales, siempre desde el reconocimiento de su condición humana. Como paloma, entendí que solo a través del diálogo es posible llegar a una paz cierta y duradera.

*****

¿Qué debemos hacer entonces, apreciados amigos, para combatir este fenómeno de deshumanización que hace carrera en diversas partes del planeta? Tenemos que trabajar desde la educación, para enseñar a las nuevas generaciones valores esenciales como la tolerancia, la compasión y el respeto por las diferencias y los derechos de las minorías. Tenemos que promover lo que el papa Francisco llama “la cultura del encuentro”, porque solo encontrándonos el uno con el otro podemos conocernos realmente, y solo a través de este conocimiento podemos alcanzar la paz.
Debemos recuperar el diálogo, que se ha devaluado como una herramienta para la resolución de los conflictos en el mundo. Debemos construir puentes, no dinamitarlos.

Finalmente, debemos entender y expandir el concepto de UNIDAD de la humanidad. Y fortalecer EL CENTRO en un mundo en el que –triste y preocupantemente– están triunfando cada vez más los populismos de derecha y de izquierda; los discursos extremos y divisores; los eslóganes miopes, egoístas y peligrosos que proclaman: ‘Mi país primero’, ‘Mi religión primero’ o ‘Mi raza primero’.

Estos discursos nacionalistas llegan al extremo de negar o minimizar el cambio climático, justamente porque no entienden que el planeta es la casa de todos y que su preservación es responsabilidad de todos.

Ese es nuestro mayor reto como líderes, como personas con visibilidad en el escenario mundial: levantar una voz serena pero firme que recuerde LA HUMANIDAD COMPARTIDA que a todos nos atañe y que no puede ser negada.

Apreciados amigos:

Por encima de las diferencias y de los matices, debemos entender –hoy más que nunca– que, al final, somos un solo pueblo y una sola raza, de todos los colores, de todas las creencias, de todas las preferencias.

Nuestro pueblo se llama el mundo. Y nuestra raza se llama humanidad.
Si entendemos esto, si lo hacemos parte de nuestra conciencia individual y colectiva, cortaremos la raíz misma de los conflictos y de las guerras.

No podemos reducir nuestro mundo maravillosamente complejo y diverso a esquemas simplistas y maniqueos de blanco o negro en los que solo hay dos clases de personas: amigos o enemigos, conmigo o contra mí. Esto no es siempre popular, no es escandaloso, no genera titulares, pero es la más urgente tarea de los tiempos actuales.

Nuestro deber y nuestra responsabilidad es unirnos para reivindicar el derecho de ser diferentes sin agredirnos, defender las libertades individuales y promover la institución del diálogo como la única herramienta viable para la solución de los conflictos.

Es un largo camino hasta Tipperary... ¡y es un largo camino el de la paz!
Avanzamos en la dirección correcta si reconocemos que todas las vidas son tan valiosas como la nuestra, que todos somos humanos, y que la vida –¡cualquier vida!– es sagrada.

Muchas gracias.

JUAN MANUEL SANTOS

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