El hombre que le dijo adiós a la guerra y quiere llegar a la política

El hombre que le dijo adiós a la guerra y quiere llegar a la política

Jorge Augusto Bernal es el exguerrillero de las Farc que más tiempo estuvo en prisión.

Jorge Augusto Bernal

Jorge Augusto Bernal está haciendo campaña para el Concejo de Pasca. Está convencido de que no se equivocaron con el proceso de paz.

Foto:

Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

Por: Mateo García
25 de octubre 2019 , 12:41 p.m.

Lo primero que hizo Jorge Augusto Bernal Romero, conocido como Robinson 22, cuando llegó a la décima conferencia de las Farc, en los llanos del Yarí, fue tomarse una cerveza.

No ha podido olvidar ese sorbo de libertad. Era septiembre del 2016 y acababa de aterrizar en esa zona selvática del Meta para participar del encuentro en el cual los guerrilleros le dijeron sí a la paz. El recuerdo lo tiene tan claro como si hubiera sucedido hace un par de días. ‘Romaña’ –hoy disidente– salió a recibir al hombre que, en ese entonces, llevaba 22 años recorriendo las cárceles del país y había olvidado el sabor de la cebada. Y eso lo sabía ‘Romaña’, quien le entregó una cerveza de marca venezolana. Dos fueron suficientes para Robinson. Se emborrachó.

Nacido en 1969 en Pasca, Cundinamarca, llegó a la X conferencia de las Farc en representación de los guerrilleros presos. Él, como el más antiguo, no podía faltar, y por eso fue trasladado de la cárcel de Coiba, en Ibagué, a Chiquinquirá con el compromiso de no intentar una fuga, pues esta otra prisión era de mínima seguridad.

(Le puede interesar: ¿Quién era el líder de la reincorporación de Farc asesinado en Meta?)

Y más de tres años después tiene intacto el reencuentro con sus viejos compañeros de lucha, las eternas parrandas del Yarí, todos los sancochos que se comió y cuando en pleno concierto de Alfredo Gutiérrez se subió a la tarima y se robó el show. “Entonces me mandaron a subir a la tarima, que el preso más antiguo, vinieron los saludos. Igual yo estaba en una borrachera. De los 10 días de Yarí yo estuve borracho nueve días. Todos los días le di”, recuerda con una sonrisa burlona.

La guerra no deja nada bueno, a mí me dejó 23 años de cárcel, la guerra deja destrucción, muerte, viudas, huérfanos

Todo fue felicidad. Fue, en sus palabras, libertad. Y era una libertad que no quería perder, porque ¿quién después de comer, cantar y beber nueve días seguido quiere regresar a la cárcel? Por eso, con los otros presos que fueron a la conferencia, ya tenían lista la fuga. “Nos habían dicho que teníamos que volver a la cárcel, pues para uno es muy duro después de tanto tiempo estar preso, irse a meter otra vez voluntario a la cárcel. Y ya el noveno día, uy, marica, que mañana llegan los helicópteros, entonces nos miramos con otros compañeros y dijimos vámonos”, rememora.

El plan se filtró y el secretariado no se los permitió. Era un compromiso con el Gobierno y cuando el Sí ganara el plebiscito, en un par de meses estarían libres. Volvió a Chiquinquirá, una cárcel más de la larga lista donde había estado desde 1995 y librado cientos de batallas.

La revolución

El destino de Jorge Augusto era la revolución. Hijo de una familia comunista de toda la vida, y guerrillera, conoció cuando tenía siete años a Manuel Marulanda, Tirofijo, fundador de la guerrilla de las Farc. Recuerda que ellos tenían un paso por Pasca y sus padres los recibían. Ahí conoció también a Jacobo Arenas, Raúl Reyes y Alfonso Cano. Se fue para el monte “enamorado de una causa revolucionaria”.

(Lea también: ONU condena homicidio de exFarc en Mesetas, Meta)

Sus inicios en la guerrilla fueron prestando vigilancia y seguridad cuando transitaban Marulanda y su gente por la zona, pero un par de años después se fue para el monte. En 1984 ingresó al secretariado, en pleno proceso de paz con el gobierno de Belisario Betancur. También hizo parte del Frente 27, en el Meta, y conformó la columna Juan de la Cruz Valera e incluso alcanzó a operar en Bogotá, en el frente urbano.

En 1990 conoció la cárcel. Llegó a La Modelo y unos meses después se voló vestido de guardia, pero fue recapturado en 1995 y ahí comenzó una historia de intentos de fugas frustradas y guerras a muerte.

Estuvo en La Modelo y con otros guerrilleros presos se organizaron y comenzaron a funcionar como un frente militar en la cárcel con el reglamento de las Farc. Ahí, narra, hicieron un periódico que se llamó Luchador Canero.

Sin embargo, comenzó la violencia en la cárcel porque le declararon la guerra a la delincuencia común. Y cuando esa guerra se acabó, comenzó uno de los capítulos más violentos del conflicto armado, y del cual él es protagonista: la guerra entre paramilitares y guerrilleros en la cárcel.

La guerra con los ‘paras’

“El conflicto que se vivía a fuera entre paramilitares y organizaciones guerrilleras se traslada a las prisiones. Como podrá revisar usted la historia, allá hubieron combates de tres, cuatro días. Hubieron masacres de 15, 20, 30 prisioneros. La que se dio en el año 2000 en Semana Santa, que fueron 43 muertos. Entonces ya se viene ese conflicto mucho más duro. Viene un monopolio prácticamente de los paramilitares en la cárcel, en ese tiempo comandados por un señor que se llamaba Miguel Arroyave y Ángel Custodio Gaitán Maecha”, rememora.

Pero los ‘paras’ no pudieron tomarse los patios donde estaban los guerrilleros, asegura, y tuvieron que mandarlos a otras cárceles. A él lo sacan de La Modelo en el 2000 y termina La Picota, donde también le tocó la guerra, ya que trasladaron a Ángel Gaitán y a ‘Popeye’ y los metieron en el mismo patio. El director de la cárcel pidió que dialogaran, pero esto no prosperó. Gaitán le pegó una cachetada y Robinson se enteró que hubo un plan para secuestrar a sus hijas y a su esposa. Esa situación terminó con la muerte del paramilitar. “Desafortunadamente el 7 de septiembre de ese año yo lo mato, me tocó matarlo, a bala”, afirma Robinson. Se ganó 60 días en el calabozo y casi muere cuando le dieron una sopa con cianuro. Eso lo hizo bajar de 120 kilos a 72.

Jorge Augusto Bernal

Bernal, conocido como Robinson 22, enviando un mensaje a sus camaradas desde prisión.

Foto:

Archivo particular

De ahí comienza su recorrido por las cárceles de alta seguridad: La Tramacúa, Popayán, Cómbita, La Dora y la lista es larga. Los días en prisión, recuerda, se le iban planeando fugas y leyendo. Leyó todo lo que le cayó en las manos, como la Biblia, el Corán, García Márquez, Tolstoi, y se intentó volar tantas veces que podría escribir un libro acerca de fugas frustradas.

En el 97 intentó salir de La Modelo con un cambiazo pero lo cogieron saliendo. En el 99 organizó una fuga en la que se fueron 21, pero él, por gordo, no pudo salir. Se quedó atorado en el tubo de las aguas negras y se estaba ahogando. Cuando lo rescataron, le tocó coger una pistola y apartar a los gordos, para que solo se fueran los flacos. “Esa noche se fueron 21 flacos porque gordos paila, ahí no cabíamos”, comenta y suelta una carcajada.

Luego lo trasladan para Valledupar y como tenía historial, lo metieron al “patio olla”, donde, explica, “vive todo lo más lumpen”. Eso le dejó otro muerto en el historial, porque “nos tocó pelear”. Y tras el muerto, dio a dar al calabozo al lado de Garavito, con quien tuvo una convivencia “bien maluca”.

De hecho, Garavito le frustró una fuga. “Una vez nos sapeó, comenzó a gritar: comandante, se vuelan, se vuelan”. Pensaron que podían, a punta de patadas, tumbar una reja a medianoche. Al otro lado de la reja quedaba el muro y unos amigos les tirarían una cuerda a las 12:40 a. m., pero la reja resultó más firme de lo que pensaron.
“Nos metieron la granada de humo, nos amarraron y nos cogieron a pata y a puño, como pudieron. En ese tiempo había algo que se llama el escorpión, que es amarrarlo a usted de pies y manos pero de atrás, y lo dejan a uno tirado dos o tres días y usted tiene que hacer sus necesidades ahí amarrado, cagarse en la ropa, mearse en la ropa hasta que al guardián se le dé la gana de ir a soltarlo”.

Mientras el ‘Mono Jojoy’ vivió, cuenta Robinson, fue el comandante que más se preocupaba por los presos. De vez en cuando llegaba una carta de moral o cualquier dinero para aseo y una gaseosa, pero tras la muerte de este, la comunicación con el Secretariado se perdió. Así como el ‘Mono’ también fueron ‘Romaña’, ‘Santrich’ y el ‘Paisa’. “Fueron gente que siempre durante la guerra no dejaron abandonados a sus presos. Y no me da pena decirlo, no estoy con ellos tampoco, no estoy en la disidencia, pero las cosas cuando hay que decirlas hay que decirlas”, asegura.

A propósito de ‘Romaña’, ya para el 2012 les mandó a decir a los presos de las Farc que no intentaran fugarse, que estuvieran quietos y no se metieran en problemas. Argumentó que iban a iniciar unas negociaciones de paz y tratarían de sacar a los prisioneros. “Bueno, yo ya dejé como de joder un poco”, comenta.

La libertad

Llegó el día del “famoso plebiscito que se perdió”. “Nosotros bueno, y qué. Nos cabía la inquietud de que si no nos volábamos de Chiquinquirá perdiéndose ya el plebiscito y eso, cuando nos volvieran a trasladar para alta, de allá no se vuela uno si no tiene plata”. Comenzaron a hacer los planes y pasaron los meses y no pasaba nada con ellos. Así que se decidieron.

Tras la firma del acuerdo en el Colón pidió la libertad, pero no se la dieron porque había cometido delitos en la cárcel que, para el juez, no eran de la guerra. Ante esa negativa, pidió una audiencia al juez. “Yo dije, pues si no es así, me vuelo. De todas maneras yo le pido una audiencia al juez, una audiencia personal, y que me escuche. Claro, le digo vea son tantos años, me pasó esto, me pasó lo otro, estos fueron hechos de guerra, yo tuve un problema ahí con el violo también, entonces me la había negado por un problema con Garavito, que esos no eran temas del conflicto, que yo no sé qué”.

Jorge Augusto Bernal

Bernal durante la conferencia de las Farc en los llanos del Yarí.

Foto:

Carlos Ortega. EL TIEMPO

No sabe cómo, pero se le hizo el milagro y el 24 de mayo del 2017 un guardián le dijo que se pusiera los zapatos que se iba. “Le dije hermano, con eso no se juega, y casi que lo trato mal. Claro, yo ya estaba con rabia, me la habían negado y todo. Y dijo, no güevón, yo con eso no juego, póngase los zapatos y camine”, recuerda con felicidad.
Llegó a Bogotá, se tomó unos whiskies y al otro día, enguayabado, se fue para San José del Guaviare para el espacio de reincorporación de colinas. Sin embargo, los demás exguerrilleros no los querían y los trataban “como si tuviéramos lepra". Esa situación no le gustó para nada y se devolvió para Bogotá, donde se reunió por primera vez con su hermana, su hija y nieta. De ahí, se fue para su pueblo.

“Dos tres días en la casa y uno bueno, qué hacer, qué nos ponemos a hacer. Vamos a trabajar, qué vamos a hacer, después me voy, no encontraba ninguna alternativa”. En esas recibió el llamado de ‘Romaña’ para que fuera a Tumaco, Nariño, a sembrar que maíz, limón y piña, pero la situación se puso peligrosa y regresó a la capital. De ahí regresa con ‘Romaña’ a la Uribe, Meta, y adelantan un proyecto de ganadería. Pero otra vez “la cosa se puso como peligrosa” y decidió regresar a Bogotá. Ya con el subsidio que le da el Gobierno comenzó a negociar ganado, papa y así se ha venido ganando la vida.

Hay rechazo por los hechos que sucedieron en la guerra, por cosas muy mal hechas que se hicieron durante la guerra

No niega que ha sentido rechazo de mucha gente, y que el mundo de ahora es totalmente diferente al que dejó en 1995, pero también hay personas que no les da pena saludarlo y andar con él. “Hay rechazo por los hechos que sucedieron en la guerra, por cosas muy mal hechas que se hicieron durante la guerra. Eso no se puede tapar con un dedo, se hicieron cosas mal hechas, y uno aunque no estuvo por ahí operando mucho, le tocó llegar a recoger el estiércol que ganaron otros y a ganarse de pronto el rechazo, la estigmatización de mucha gente, pero ahí nos hemos sostenido”.

Las cosas de la vida hicieron que un grupo de amigos lo motivaran a lanzarse a la política. Le dijeron que él podía ser alcalde de Pasca, pero le pareció que era muy apresurado, por lo que dijo: “hagamos una campañita pal concejo a ver si subimos, y en eso estamos”. Va de puerta en puerta del municipio haciendo campaña, todavía pensando en la revolución, porque está convencido que el país puede cambiar, pero descubrió que no es a través de las armas ni la guerra, porque la guerra, dice conocimiento de causa, no deja nada bueno. Por eso, está convencido de que valió la pena el proceso de paz. “Valió tanto la pena que mire, yo estoy en libertad (…) la guerra no deja nada bueno, a mí me dejó 23 años de cárcel, la guerra deja destrucción, muerte, viudas, huérfanos. Eso es lo que deja la guerra, y el acuerdo era necesario hacerlo y es necesario hacerlo aún, con los que hoy están todavía en armas. Toca hacerlo, ninguna guerra es buena”.

MATEO GARCÍA
Redacción Política
En Twitter: @teomagar
matgar@eltiempo.com

Descarga la app El Tiempo

Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias.

Conócela acá
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.