La reflexión de Jon Lee Anderson, después de cubrir conflicto con Farc

La reflexión de Jon Lee Anderson, después de cubrir conflicto con Farc

El periodista estadounidense habla de la paz, dos años después de la firma del acuerdo.

Jon Lee Anderson

El periodista estadounidense Jon Lee Anderson lleva 30 años cubriendo conflictos bélicos.

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Archivo / EL TIEMPO

25 de septiembre 2018 , 06:50 p.m.

La imagen es cálida. Dos hombres se saludan con un abrazo afectuoso, vestidos de blanco, con rostros radiantes. Otros aplauden detrás. La imagen es triunfal. Parece la publicidad de un acuerdo de negocios. Es, en realidad, el resultado de la negociación para terminar con uno de los conflictos bélicos más largos de la historia. Es el acuerdo de paz entre las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el Estado colombiano. Es septiembre del 2016.

Dicen en la selva que el clima es asesino. Es un escenario adverso, pero para Jon Lee Anderson, periodista de guerra, ávido conquistador de perfiles de figuras fuertes de la política mundial como el Che Guevara, que ha perseguido la historia de las Farc durante veinte años, es ideal. Nacido en California en 1957, especializado en temas latinoamericanos y en las guerras de Estados Unidos después del 11 de septiembre, dice que para su trabajo de campo suele tener suerte. Para escribir la biografía de Guevara se radicó en Cuba durante tres años y a fuerza de trabajo obtuvo acceso a los archivos del Gobierno cubano; los archivos de Fidel Castro.

Entrevistarse con comandantes de la guerrilla le llevó más tiempo. En 1998 comenzó a escribir para The New Yorker, y lograr ese contacto era imposible porque no aceptaban entrevistas. Además, otra periodista cubría para la revista los hechos de ese país. Pero desde entonces hasta mediados de 2000, Anderson intentó conseguir entrevistas con miembros de las Farc. Sin suerte. Su interlocutor, el que podría haberle facilitado el contacto, cayó en la lista negra de los ejércitos paramilitares. Y tuvo que huir. Luego Anderson fue enviado a Afganistán para escribir sobre las guerras en Medio Oriente. Tardaría catorce años para lograr adentrarse en un conflicto tan complejo como el colombiano.

“Había enviado varias cartas a la dirigencia de las Farc. Recién en 2016 supe que las recibieron y las estudiaron, y que querían recibirme; estaban conscientes de mi rol como biógrafo del Che. Pero meditaron el peligro y tuvieron que tomar otra decisión. No obstante, igualmente, ya en 2014, con la apertura de Cuba entre Raúl Castro y Obama, empecé a visitar con mucha frecuencia la isla. Estaba al tanto de las negociaciones de paz de las Farc y pude conocer a sus líderes históricos, entre ellos Carlos Antonio Lozada, Iván Márquez, Pablo Catatumbo y ‘Timochenko’. Tuvimos una reunión memorable con ‘Timochenko’, porque él andaba con una copia de mi biografía del Che en la mochila, y estaba todo sudado y enlodado, con moscas muertas adentro, y quería que se la firmara. Después nos emborrachamos”, detalla, desde Londres.

¿Cómo fue estar en la selva con las Farc?

Para mí fue una especie de vuelta a casa, porque yo solía ir de un frente guerrillero a otro, muchos años atrás. Pero las Farc siempre me habían quedado más allá del horizonte, no era un grupo que invitaba a los periodistas a estar con ellos.

No lograba adentrarse en el corazón de las Farc...

Así es. No fue hasta 2016, que fui junto con María Jimena Duzán, de Colombia, y Patricio Fernández, de Chile, y con mi hijo Máximo, un joven que recién está empezando en el periodismo. Fuimos para estar con las Farc en el campamento de Mauricio, el médico, uno de los siete del secretariado.

En aquel tiempo había cese del fuego, pero todavía estaba la guerra, todavía había patrullas del Ejército. Cuando te ibas de los pueblos más cercanos, entrabas en tierra de nadie, había emboscadas del Ejército que uno veía y cierto mosqueo por parte de los militares de que nosotros íbamos más allá. Nos pararon y tuvimos que llamar a la presidencia de Colombia para que nos dejaran ir. Progresaban las negociaciones, muy alentadas por un encuentro entre Santos y ‘Timochenko’ en la primavera del 2015, en la isla de Cuba. Después de cuatro años, había empezado a acelerarse el proceso.

***

En el artículo que escribió Jon Lee para The New Yorker, publicado en mayo del 2017, se ve la foto de un hombre con uniforme militar, apoyado en un banco de madera, con una media sonrisa amable. El hombre es Carlos Antonio Lozada, quien entró en la selva para sumarse a las filas guerrilleras en tiempos en que la música disco estaba de moda. Ahora, con los acuerdos, las vidas de altos mandos como él y de adolescentes guerrilleros cambiarán de una forma difícil de imaginar.

Todos tenían sueños de qué harían después. Muchos querían volver con sus madres, volver a sus pueblos

¿Cómo ve esa transición de una vida en el monte a una vida política?

Ellos hacían patrullas y de vez en cuando tenían tiroteo con las patrullas del Ejército. Lo que yo veía eran chicos guerrilleros: me viene a la mente Juliana, 22 años, que había sido guerrillera desde los 11 años.

Otros habían ingresado hacía 30 años, incorporados a los 14, a los 15. Todos habían pasado la adolescencia y su temprana juventud como guerrilleros. Eran su nueva familia. Había un aspecto casi como de secta, la hermandad creada alrededor de una mística y esa agrupación, el bloque Oriental, comandado por Mauricio, un señor mayor que yo, exmédico, que era como un padre.

Intentaban vivir una vida normal de parejas, había parejas enamoradas, había quienes habían perdido a sus compañeros. Muchos hablaron de que no veían a sus madres hacía 15 años y las habían dejado en una choza. Se notaba cierta inocencia, sobre todo en las chicas. Ellas se maquillaban, bordaban sus carpas y decoraban sus armas. Eran muy coquetas. Recuerdo que había un aspecto de inocencia muy evidente, no tenían las defensas o el cinismo de las chicas de ciudad. Todos tenían sueños de qué harían después. Muchos querían volver con sus madres, volver a sus pueblos.

Me acuerdo de una chica, parte de la escolta de Lozada, que decía que quería ir a la ciudad, y cuando le preguntamos a qué tipo de ciudad le gustaría ir, ella nombró un pueblo de allá, ¡un pueblo de 2.000 habitantes! Nunca había visto una ciudad. Uno empezaba a darse cuenta de la percepción, el imaginario de ellos. Vivían a base de la radio, como en los 70. Uno decía que quería aprender a usar la computadora. Otros decían simplemente “lo que la organización nos diga”.

‘Timochenko’ habló de seguir viviendo juntos en un mismo edificio

Exacto. Algunos hablaban de vivir juntos, algunos de origen campesino querían capacitarse más en lo agropecuario, tener vacas lecheras y vivir en una comuna en el campo y sin guerra.

Había nociones entre el dogma que ellos habían aprendido y la inocencia, eran precarios y frágiles, estaban con un pie adentro y uno afuera de lo que habían sido sus vidas y de un mundo nada hospitalario afuera. Eso fue en junio del 2016.
En septiembre volví y ya estaba prácticamente el preacuerdo de paz. Estaban organizando su famoso concierto que algunos llamaban Farcstock y habían traído un grupo que organizaba luces e internet. Ya estaban viviendo juntas algunas parejas, habían ablandado las reglas, todavía entraban con armas. Habían forjado relaciones entre los estratos superiores de las Farc y los militares de confianza del presidente Santos, inclusive Lozada iba volando con un general que antiguamente era su enemigo. Volaban juntos en helicóptero de un campamento a otro organizando las cosas para la fiesta y la firma de la paz.

Así fueron las cosas, llenas de expectativas y emoción. Ya estaban reuniéndose con sus padres y madres, que empezaban a entrar en la zona porque sabían que sus hijos estaban ahí. Hubo casos de reuniones después de una década, entre lágrimas. Al final de ese mes fui a Cartagena y estuve presente para la firma de la paz; estaba el rey de España, el secretario general de la ONU, el secretario Kerry, de EE. UU.; ‘Timochenko’ y todos los guerrilleros, menos algunos que quedaban en los campamentos.

Firmaron el acuerdo con plumas hechas de balas. Había cubanos de mediadores.

Cuatro días después se votó el referendo que Santos creyó necesario para dejar cuajar la paz que habían firmado. Y falló. La firma del referendo pareció un brexit colombiano. Mientras en Cartagena se manifestaba en las calles por el No a la paz, en Bogotá se marchaba por el Sí. Por una ínfima diferencia ganó la negativa, pero aun así las intenciones de Santos ganaron: consiguió que la mayoría parlamentaria aprobara el acuerdo.

El presidente Santos me dijo que hay una gran parte del Estado colombiano que nunca ha estado conforme con esta paz

¿Qué significa este cambio para alguien como Lozada, que estuvo desde los 70 en la guerrilla?

Es un tipo muy inteligente, muy adaptable. Como había sido jefe de la red urbana, tenía cancha de la ciudad, feeling. Un tipo con gran sentido del humor. Me acuerdo de una vez, en septiembre del 2016, que él se empezó a reír porque intentaba anotarse en la red social LinkedIn y cuando llegaba a la página donde tienes que poner dónde trabajaste antes, decía: “¿Qué coño pongo? ¿Jefe guerrillero?” Intentaba saltar esa parte y la página no lo dejaba avanzar, entonces desistió y dijo, lapidario: “Todavía no estamos listos para LinkedIn, estamos listos para salir del monte, pero no estamos capacitados, necesitamos aprendizaje”.

Entre enero y febrero del año pasado, 7.000 guerrilleros salieron del monte y se asentaron en lugares designados para ir, campamentos de transición, donde supuestamente el Estado iba a tener una estructura básica, iban a estar vigilados por la ONU, iban a sanearse allí, con servicios médicos y educativos. Eso ha sido muy parcial, en muchos casos llegaron a esos lugares y no había nada, había monte o lodo, y ellos tenían que hacer otra vez sus campamentos a la guerrillera. En muchos casos, rodeados de gente paramilitar; yo he visto cómo es. El presidente Santos me dijo que hay una gran parte del Estado colombiano que nunca ha estado conforme con esta paz; son los que votaron el No, que querían castigarlos y no reabsorberlos.

Desde hace 30 años cubre conflictos bélicos, ¿cuáles son las cicatrices no visibles de un periodista de guerra?

Uno pasa por diferentes etapas. Yo puedo aislar e identificar etapas anteriores donde podía decirte que en ese momento padecía de tal cosa. Sobre todo, aspectos del síndrome postraumático. Pero eso es pasajero.

Creo que mis razones para ir a la guerra una y otra vez han sido no tan patológicas como conscientes y he logrado mantener cierto equilibrio teniendo familia. Mi motivo principal fue la curiosidad; quizás sea una extraña curiosidad, pero es una curiosidad intelectual.

Yo quería aprender algo, no era tanto por estar cerca de los tiros. Pero sí hay recuerdos de momentos muy desgarradores y tristes que, de pronto, causan un desenlace emotivo, tristeza profunda. Tengo dos docenas de cosas así en la mente, algunas más sumergidas que otras, algunas más a flor de piel.

Es como si estás en una batalla y te cae un mortero y pierdes el pie; tienes que reconocerlo, aceptarlo. De la misma forma tengo que aceptar que una madre muere delante de mis ojos, eso es la vida real. Es un reconocimiento de la injusticia que forma parte de ti como tus manos, tus dedos, tu piel.

¿Cómo es el panorama de los periodistas de guerra, en tiempos del Estado Islámico?

Son pocos ya. He visto un cambio grande que empezó en los 2000, en las invasiones en Irak. Después, los que cubrían la Primavera Árabe eran muy jóvenes e incautos y empezaron a apilar sus cadáveres secuestrados, degollados.

Desde EI, todo ha cambiado. Ahora te estás jugando la vida en Medio Oriente. Hay periodistas veteranos que lo hacen, pero nunca fueron muchos. Siempre fuimos las mismas personas, algunos han muerto, otros se han retirado. Nunca han sido más de 50 de todas las nacionalidades, excluyendo la televisión.

El periodismo de guerra sigue existiendo, pero en este mundo donde todo es virtual e instantáneo ha cambiado. El último acontecimiento fue la caída de Mosul en Irak. Era peligroso porque había hombres bomba y ataques, pero no fui porque supe que no iba a aprender nada nuevo y que me iba a oscurecer más. Sabía que entraría en el infierno.

CANDELARIA RODRÍGUEZ
LA NACIÓN (ARGENTINA)
GDA

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