Así se vivía en las zonas de Colombia bajo dominio de grupos armados

Así se vivía en las zonas de Colombia bajo dominio de grupos armados

Libro de investigación sobre la convivencia con la población civil ganó premio en Inglaterra.

rEBELOCRACY

En su libro, Arjona cuenta cómo sobrevivieron las comunidades en zonas de conflicto y bajo las reglas de grupos armados.

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AFP

Por: Myriam Bautista
26 de noviembre 2018 , 06:53 p.m.

Ni su nombre ni su rostro son muy conocidos. Ha vivido por fuera muchos años, aunque, por sus investigaciones, viene con frecuencia al país, casi siempre a poblaciones tan lejanas y extrañas que no son fáciles ni de localizar ni de nombrar. 

Su libro Rebelocracy: Social Order in the Colombian Civil War saldrá en español el próximo año. Lo publicó la editorial de la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Para ella es un gran honor. “Tiene la mejor facultad de Ciencia Política del mundo. Más que un premio, es un reconocimiento. Me invitaron a dictar una conferencia de hora y media en la Universidad de Birmingham (Reino Unido) sobre los hallazgos de esa investigación”.

Libro

‘Rebelocracy: Social Order in the Colombian Civil War’, el libro de Arjona, lo publicó en inglés Cambridge Studies in Comparative Politics.

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El jurado destacó la originalidad del método y la indagación misma, que respondía a la pregunta: ¿qué procesos y mecanismos se dieron en la construcción del orden social en las zonas de guerra?

Arjona es delgada, de apariencia leve, como si flotara. Parece débil, pero expone sus argumentos con firmeza. Es contundente en su discurso, y frente a los auditorios o a sus interlocutores es propositiva y enfática. Y, por lo que dicen sus alumnos y colegas, es excelente maestra, investigadora incisiva y juiciosa analista.

Economista de la Universidad de los Andes, hizo su maestría en Sociología en la Complutense de Madrid, donde también fue profesora de Análisis Económico del Derecho, por tres años. Luego, en Yale, se doctoró en Ciencia Política y su posdoctorado lo realizó en Columbia. Es profesora en la Universidad de Northwestern, en Chicago, donde reside. Esa lejanía no le ha impedido que buena parte de su estudio y trabajo de investigación la haya dedicado a investigar aspectos del conflicto, de los cultivos ilícitos, de la inequidad, de la violencia en general, que algunos de sus pares dejan de lado.

“Vine por dos meses, pero decidí prolongar mi estadía a un año. Dirijo el Centro de Estudios de Seguridad y Drogas (Cesed) de los Andes. Quiero crear y fortalecer una red de actores latinoamericanos académicos que estén pensando el tema de la droga, plaga que se está extendiendo por Suramérica y Centroamérica. La idea es impulsar más investigación comparada y comunicación entre los países de la región”.

El libro lo empecé cuando estaba en mi doctorado en Ciencia Política. La primera tanda de trabajo de campo fue en el 2005. Lo terminé en el 2013 y se publicó en el 2016.

Ana María Arjona

Ana María Arjona es economista, magíster en sociología y Ph. D. en ciencia política.

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Claudia Rubio / El Tiempo

“Mi interés surgió en 1999, cuando el personaje del año para El Espectador fue la situación de los desplazados. Esa noticia transformó el propósito de mi investigación. Me preguntaba: ‘¿cómo nos está marcando la guerra y cómo vamos a curarnos de esas heridas profundas?’ Pensé que si no entendía qué había pasado durante la guerra, no podía explicarme lo que seguía. Me fui a Yale, a trabajar con un profesor griego, director del Centro de Estudios de Orden, Violencia y Conflicto”.

Ahí aterrizó el tema de las microdinámicas de la guerra, que se volverían el eje de su búsqueda. La academia internacional ponía sus ojos en esa problemática que llevaba algunos años estudiándose en el país.

“El libro relata esa exploración sobre la sensación de normalidad que se vivió en algunas regiones del país, pese a estar dominados por agentes armados. No había nada escrito al respecto. Desde fuera siempre pensamos que las zonas de guerra son caóticas, pero si se escarba, si lees informes, si entrevistas, te das cuenta de que en una primera etapa puede haber anarquía, pero de ahí se pasa al establecimiento de nuevos órdenes, con reglas de juego acatadas por todos los sectores”.

En una primera etapa, los pobladores no sabían qué hacer cuando llegaban guerrilla o paramilitares. Reinaba la incertidumbre: se quedaban o se iban, usaban sus ahorros, mandaban los niños a la escuela, podían ir a la tienda a tomar una cerveza. Luego, de esa primera etapa se establecían normas de estricto acatamiento. Los dos órdenes: el antiguo y el nuevo, se compaginaban, se amoldaban o se acomodaban dando lugar a lo que Arjona llamó “rebelocracia”: el gobierno de los rebeldes, aunque también se extiende al que lideraron los paramilitares.

De ahí se pasa al establecimiento de nuevos órdenes, con reglas de juego acatadas por todos los sectores

Cuando esos “nuevos agentes” llegaban a comunidades donde no había Estado y establecían un orden que dirimía asuntos públicos, pero también privados como la violencia doméstica, la homosexualidad, el consumo de drogas; eran más acogidos por una población que los veía como un mal necesario.

A pesar de entrar arrasando, en algunos sitios esos actores armados tuvieron oposición. A las resistencias individuales se sumaron las que protagonizaron colectivos: cooperativas campesinas, organizaciones de base y de mujeres y, sobre todo, cabildos indígenas, porque son núcleos más organizados y cohesionados, tienen reglas más fuertes y antiguas para la resolución de conflictos, y su historia de resistencia y lucha es larga. La relación de poder con estos actores se dio con algún tipo de autonomía, de independencia, de esas personas que habitaban el sitio “conquistado”, dando lugar a una forma de poder que Ana María bautizó como aliocracia o poder compartido.

Una comunidad en el Chocó, por ejemplo, donde no quisieron que se metieran con las hijas, se los hizo saber a los armados: “No queremos que vayan a sus fiestas, que sean sus amigas. Somos vulnerables, pero también podemos pedir que no exigir”. Y lograron que respetaran a las jóvenes.

Afinidades y diferencias

Los paramilitares nunca repartieron tierras, sino que las robaron. Mientras la guerrilla repartió tierras y entregó casas, hasta barrios enteros. La guerrilla daba más charlas ideológicas. Los dos bandos intentaron aumentar su influencia. Hicieron trabajo de inteligencia para identificar quién era quién, quiénes eran los líderes, para insertarse en las comunidades y debilitar esa acción colectiva. En algunas oportunidades ubicaban al líder, y en primera instancia trataban de cooptarlo, lo convertían en comandante de rango medio. Cuando no pudieron, los mataron; así atemorizaban más al resto. Lo que nunca perdonaron ni unos ni otros fue la delación, la traición. Nadie podía hablar con su “enemigo”.

“Fue una muestra representativa que se hizo en ochenta comunidades, de unos 17 departamentos, con diferencias económicas, sociales, geográficas… Un grupo de investigación me acompañó. Los pobladores nos relataron su realidad. Eran los grises del conflicto. Lugares donde no hubo masacres ni violencia extrema; se vivió una convivencia ‘relativamente pacífica’, bajo el mando de un gobernante armado, durante un período”.

Ana María y su equipo trabajaron, por ejemplo, en tres comunidades de Viotá, en Cundinamarca, con resultados inesperados, por lo que le dedica a esa zona un capítulo del libro, donde se lee: “Moscucito, como Viotá era llamado con frecuencia, se convirtió en los años 30 a 60 en uno de los focos del comunismo y la movilización agraria. En 1925, Ignacio Torres Giraldo y María Cano, líderes del Partido Socialista Revolucionario, lo visitaron por primera vez. En 1926, bajo el liderazgo de María Cano, se llevaron a cabo reuniones para discutir el problema de los campesinos e incluso se organizó una demostración pública en el centro de la ciudad. Según la historia oral de los pobladores, la policía rodeó el pueblo para impedir la participación de María Cano; los campesinos lograron que entrara escondida en un ataúd. Cuando la policía se percató, ahí estaba ella hablando en la mitad de la plaza… El 17 de junio de 1930 fue creado en Viotá el Partido Comunista por Gilberto Vieira…”

Contó Ana María con varios apoyos económicos para adelantar la investigación, entre otros del Instituto de Paz de Estados Unidos, de una organización pública británica y otra sueca, y una beca Guggenheim.

Acababa de hacer una encuesta grande a los primeros desmovilizados, paramilitares, por lo que tenía buen conocimiento de esas zonas en las que estos grupos se convirtieron en estado paralelo. Se hicieron talleres, pero antes se entrevistaba a cada una de las personas que intervendría. No solo fueron líderes sino maestros, comerciantes, alguna persona mayor que conociera la historia antigua de la comunidad. Casi no se habló con jóvenes porque sabían muy poco de lo que había ocurrido. A cada asistente le pagaban el equivalente a un jornal. En muchas comunidades no querían recibir el dinero porque expresaban que ese trabajo les serviría: era su historia.

“La gente tuvo ideas muy bonitas. Era una historia de dolor, pero, también, de resistencia, de dignidad. ‘No nos dejamos del todo’, decían. Una mujer muy orgullosa nos relató que ella había sido resistente porque cuando los ‘paras’ venían nos les vendía nada. Cerraba su tienda”.

En zonas de cultivos ilícitos hubo más ‘rebelocracia’ que ‘aliocracia’, pues son grandes extensiones, zonas de colonización muy nuevas en donde no había Estado o era muy débil, y allí imperaba el desorden, lo cual sigue sucediendo, anota.

La relación de los grupos armados con las iglesias: católica y evangélica fue muy similar. El cura sigue contando con mucho poder. Era una autoridad que organizaba.

Curas y pastores evangélicos sirvieron de escudo para la acción colectiva. La gente busca las iglesias como protección. Especie de peto por la autoridad que representa, con muchos negociaron y a otros los amenazaron, y, al no lograr que se sometieran, los asesinaron.

Vengo con ganas de continuar con otros proyectos. Paralelamente a mi trabajo de guerras civiles, me he ido obsesionando con las drogas. Drogas y Política es una clase que dicto en Northwestern. Estoy convencida de que la guerra contra las drogas es, después de la que se libra contra la desigualdad, la más grave en América Latina.
“Indagar qué paso durante la guerra me advirtió que se venían años muy duros.

Nunca pensé que fuera a ser fácil el proceso de posconflicto. Sin embargo, partiendo de que las Farc era un grupo muy disciplinado, metido en drogas, nadie lo niega, mi nivel de incertidumbre sobre cómo respondería era más bien bajo. Ellos cumplieron. Pero del otro lado, del Estado, no hubo preparación adecuada.

Las zonas donde hubo ‘rebelocracia’ se coparon rápidamente por otros grupos de narcotraficantes o disidentes. No ha pasado en todos, pero por lo menos en todas las fronteras terrestres y acuáticas. Y, paralelamente, estamos frente a un negocio que es muy rentable y por eso ya está permeando todos los países del área. Es urgente hacer algo ya”.

Ana María no para. Sus planteamientos están muy resumidos, pero habrá más oportunidades de seguirla en esas búsquedas que llevan su marca.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

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