De la Calle recuerda el 2 de octubre del 2016, el día que ganó el No

De la Calle recuerda el 2 de octubre del 2016, el día que ganó el No

Fragmento de Revelaciones al final de una guerra, del jefe negociador del Gobierno con las Farc.

A favor y en contra del acuerdo de paz

Aspectos del intenso debate que se vivía en las calles entre el ‘Sí’ y el ‘No’ a finales de 2016, sobre el plebiscito por la paz.

Foto:

Carlos Ortega y Diego Santacruz. EL TIEMPO

Por: Política
02 de octubre 2019 , 07:55 a.m.

"El 2 de octubre. Todas las encuestas indicaban que el voto favorable al plebiscito ganaría por un amplio margen. Los últimos días de campaña habían sido durísimos. En efecto, la arremetida de los voceros del No había sido superlativa. Inundaron las redes sociales con mentiras alucinantes, la mayoría provenientes de fuentes anónimas que replicaban hasta el cansancio gracias al uso de tecnologías automáticas".

Así empieza el crucial capítulo de Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del gobierno colombiano en La Habana, en su libro Revelaciones al final de una guerra, y que EL TIEMPO reproduce a propósito del tercer aniversario de esa fecha que definió en buena parte la historia del país.

En su testimonio recuerda que "por su lado, en la confrontación pública, se habían afincado en estos tres elementos principales: el odio a las farc, que se acaballaba en la generalizada exigencia de cárcel ordinaria al menos para los dirigentes; la afirmación de que las farc se tomarían el poder, instaurando en Colombia una dictadura de corte chavista, y, finalmente, un mensaje dirigido a las clases populares para promover la envidia: ¿Por qué dinero y planes de reincorporación para las farc, cuando los proletarios pacíficos sufren por falta de oportunidades?".

(Lea también: Así se frustró acuerdo secreto entre Santos y Uribe para firmar la paz)

Y anañade: "A esto se agregó un diletantismo seudojurídico enfocado a sectores cultos, mediante la utilización de complejos artificios de aparente rigor constitucional, que simplemente encubrían el terror al cambio bajo el ropaje de defensa de la Constitución", afirma en su libro de 316 páginas y publicado por Debate Actualidad, en una primera edición a febrero de este año y que hoy cobra natural vigencia.
Esta arremetida me hizo pensar que la ventaja no era tan abultada como se presagiaba, pero jamás pensamos que venía una derrota.

Humberto De la Calle

Humberto De la Calle, jefe negociador del gobierno de Juan Manuel Santos.

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AFP

En las horas de la tarde del 2 de octubre del 2016, día de la votación, los invitados fuimos llegando a la Casa Privada presidencial para observar los resultados en la televisión y celebrar el triunfo. Seríamos unas cincuenta personas. Todo era euforia. Al cierre de las votaciones comenzó el flujo de información. Las cifras iniciales mostraban un empate, lo cual no era propiamente un buen síntoma. Con el avance
de los datos, la situación seguía sin mostrar un claro ganador.

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Cuando ya iba contabilizado el 80 % de los votos, el Presidente me pidió que lo acompañara a su biblioteca. Allí recibimos a solas el desconcertante resultado final. Perdimos por unos 60 000 votos, algo menos del 1 % del total de sufragios.
El Presidente mostraba el ceño adusto, pero no perdió su frialdad. Al lado, algunos miembros de su círculo familiar expresaron su angustia. El Presidente se paró y les dijo:

—¡Calma! Hay que contener las emociones.
Regresó. Se sentó a mi lado frente a la pantalla.
—Para esto no tenía plan B —me dijo—. Hay que salvar el proceso. No descarto que deba renunciar a la Presidencia".

Lea el capítulo completo

El 2 de octubre. Todas las encuestas indicaban que el voto favorable al plebiscito ganaría por un amplio margen. Los últimos días de campaña habían sido durísimos. En efecto, la arremetida de los voceros del No había sido superlativa. Inundaron las redes sociales con mentiras alucinantes, la mayoría provenientes de fuentes anónimas que replicaban hasta el cansancio gracias al uso de tecnologías automáticas.

Por su lado, en la confrontación pública, se habían afincado en estos tres elementos principales: el odio a las Farc, que se acaballaba en la generalizada exigencia de cárcel ordinaria al menos para los dirigentes; la afirmación de que las Farc se tomarían el poder, instaurando en Colombia una dictadura de corte chavista, y, finalmente, un mensaje dirigido a las clases populares para promover la envidia: ¿Por qué dinero y planes de reincorporación para las Farc, cuando los proletarios pacíficos sufren por falta de oportunidades?

A esto se agregó un diletantismo seudojurídico enfocado a sectores cultos, mediante la utilización de complejos artificios de aparente rigor constitucional, que simplemente encubrían el terror al cambio bajo el ropaje de defensa de la Constitución.

Revelaciones al final de la guerra, de Humberto de la Calle

Revelaciones al final de la guerra, de Humberto de la Calle.

Foto:

Archivo particular

Esta arremetida me hizo pensar que la ventaja no era tan abultada como se presagiaba, pero jamás pensamos que venía una derrota. En las horas de la tarde del 2 de octubre del 2016, día de la votación, los invitados fuimos llegando a la Casa Privada presidencial para observar los resultados en la televisión y celebrar el triunfo. Seríamos unas cincuenta personas. Todo era euforia. Al cierre de las votaciones comenzó el flujo de información.

Las cifras iniciales mostraban un empate, lo cual no era propiamente un buen síntoma. Con el avance de los datos, la situación seguía sin mostrar un claro ganador. Cuando ya iba contabilizado el 80 % de los votos, el Presidente me pidió que lo acompañara a su biblioteca. Allí recibimos a solas el desconcertante resultado final. Perdimos por unos 60 000 votos, algo menos del 1 % del total de sufragios. El Presidente mostraba el ceño adusto, pero no perdió su frialdad. Al lado, algunos miembros de su círculo familiar expresaron su angustia. El Presidente se paró y les dijo:

— ¡Calma! Hay que contener las emociones. Regresó. Se sentó a mi lado frente a la pantalla.
—Para esto no tenía plan B —me dijo—. Hay que salvar el proceso. No descarto que deba renunciar a la Presidencia.

Colombianos y el plebiscito por la paz

Colombianos y el plebiscito por la paz.

Foto:

Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

Yo guardé silencio. Sentía una inexplicable tranquilidad. Yo mismo me sorprendí por eso. Pero lo que se abría era un abismo no solo político sino ético. Habíamos apelado siempre al argumento de que el examen final de lo acordado lo llevaría a cabo el cuerpo ciudadano.

Que esa era la mayor garantía en democracia. Yo mismo había dicho en repetidas ocasiones: “Si no gana el Sí, no hay acuerdo”. Pero por otro lado, desechar el Acuerdo, después del logro monumental que significaba la sola firma, retrotraer la situación después de tantas décadas de violencia despiadada, era un panorama oscuro. Tenía que haber alguna salida, pensé. La renuncia del Presidente, que hubiera tenido cierta lógica en la sustanciación ordinaria de las crisis democráticas, en ese momento no solo podía arruinar todo el proceso de paz, sino que depositaría el diálogo en manos del vicepresidente Vargas, cuyo desafecto al proceso era notable.

Después de unos minutos de silencio, el Presidente invitó al equipo negociador a la salita en que nos encontrábamos. Planteó de nuevo su renuncia. Todos desechamos ese camino. Comenzó a abrirse paso esta idea: el triunfo del No, aunque por margen estrecho, debía ser reconocido. Eso significaba que el Acuerdo firmado había sido negado. Pero debíamos convocar a los voceros destacados de la posición adversa, y a las Farc, para reabrir la mesa en búsqueda de un Nuevo Acuerdo, mediante un fresco ejercicio de discusión que permitiera limar las diferencias.

Hay que salvar el proceso. No descarto que deba renunciar a la Presidencia

Esto exigía dos pasos: una inmediata alocución del Presidente en la que reconociera la derrota y convocara a una nueva fase de diálogo que incorporara las principales preocupaciones de la oposición. Y en segundo lugar, auscultar la posición de las Farc antes de la intervención. Con tal fin, algunos miembros del equipo comenzaron a redactar un borrador de declaración presidencial, mientras yo tomaba contacto con las Farc.

Por teléfono le describí a Iván Márquez la situación. Una vía era cancelar la Mesa de Diálogo, para lo cual existían protocolos en poder de los países garantes, mediante los cuales las Farc deberían regresar a su condición clandestina y se garantizaba en detalle la forma de hacerlo para evitar que fueran objeto de algún ataque durante el regreso. La otra vía era la de reiniciar el diálogo sobre los temas conflictivos. Márquez me contestó que la vía adecuada era la segunda, que consultaría con su equipo. Le dije que no había tiempo que perder, que el Presidente no podía guardar silencio, que en pocos minutos iba a dirigirse a los colombianos. Me dijo: “Entendido. Espero que no haya objeciones serias”. Le reiteré:
—¿Es usted consciente de que el Presidente va a decir que el
resultado es legítimo?
—Lo soy. Siga adelante.

Así se abrió una luz de esperanza. Aún no lográbamos sopesar el cúmulo de dificultades que teníamos al frente.

¿Por qué triunfó el No? Los factores son varios: la impopularidad del Presidente, la reforma tributaria en ciernes, la apatía que agravó la tradicional abstención electoral y hasta el huracán Matthew que, sin duda, impidió el voto de la costa Caribe donde, de acuerdo con las encuestas, la tendencia hacia la aprobación del Acuerdo era mayor que en el resto del país.

Con la victoria del No, el sistema quedó entrampado. El uso frenético de las redes sociales permitió una proliferación de falsedades sin antecedentes en la época moderna de Colombia. De igual modo, algunos medios ingresaron al terreno minado de la polarización y tomaron partido de manera protuberante. Que lo hubieran hecho, correspondía a su libertad de expresión, pero acudieron no solo a las secciones de opinión y editoriales, sino que infectaron la información desnuda con informaciones falsas. Entre las muchas campañas negativas, hubo una que me dolió en particular. El enfoque de género se utilizó en contra nuestra, movilizando sectores religiosos de amplia cobertura.

El 21 de julio del 2016 ambas delegaciones anunciamos que, luego de un trabajo minucioso, la llamada subcomisión de género había llevado a cabo la revisión de lo acordado desde una perspectiva de género y que continuaría en adelante aplicando ese criterio a los nuevos textos. Esa subcomisión estuvo coordinada por María Paulina Riveros, de parte del Gobierno, y Victoria Sandino, de parte de las Farc.

El acontecimiento fue celebrado con más ahínco en el seno de la comunidad internacional que en la propia Colombia. Días después, el 24, se hizo un acto formal en el que se ratificó ese apoyo. Asistieron Phumzile Mlambo-Ngcuha, directora de la Unidad de Género de la ONU; Zainab Bangura, representante del secretario general de esa organización; Luiza Carvalho, directora regional; Belén Sáenz, representante de ONU Mujeres en Colombia, y María Emma Mejía, embajadora de Colombia ante la ONU. Hubo un reconocimiento unánime y una clara manifestación de que nunca antes en un acuerdo de fin del conflicto se había adoptado el enfoque de género.

En este caso, y en muchos otros, siempre me sorprendió el prestigio generalizado de lo logrado en la Mesa, frente a la indiferencia en Colombia, cuando no la franca y alucinante pugnacidad. Los ejes temáticos que acotan ese enfoque, destinados a resaltar el papel de la mujer y las personas con identidad sexual diversa, y la necesidad de garantizar sus derechos en una perspectiva igualitaria pasan por el acceso y formalización de la propiedad rural en igualdad de condiciones; la garantía de los derechos de las mencionadas comunidades; la promoción de la participación; las medidas de protección frente a riesgos específicos; el acceso a la verdad, a la justicia, a la reparación y a las garantías de no repetición; el reconocimiento público, la no estigmatización y la difusión de la labor realizada por mujeres en cuanto ciudadanas, y el fortalecimiento institucional y de sistemas de información.

En la intervención que hice para anunciar el acuerdo en esta materia, hice un análisis oficial de su significado, con énfasis en una primera evidencia: durante el conflicto, la mujer colombiana ha sido victimizada de manera superlativa. Lo ha sido como madre, como esposa, como hija y, de modo repugnante, como objeto de agresión y hasta esclavitud sexual.

En el campo de los victimarios nadie escapa. Las Farc, la fuerza pública, los paramilitares por igual han convertido a la mujer en objeto de graves crímenes y, en muchos casos, en botín de guerra. Agregué que el enfoque de género atendía, en el marco del Acuerdo, a buscar soluciones especiales que pusieran en marcha mecanismos de reparación y garantía de los derechos de la mujer, así como visibilizar y apoyar su papel en la sociedad. También la población LGBTI merecía mención especial por razones similares.

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