Cuando el problema no es de fe, sino de falta de moral

Cuando el problema no es de fe, sino de falta de moral

Análisis realizados en el ensayo ‘¿Cómo mejorar a Colombia? 25 ideas para reparar el futuro’.

Cuando el problema no es de fe, sino de falta de moral

Los autores aseguran que los cambios sociales de los últimos años no estuvieron acompañados de transformaciones morales.

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S. Saldarriaga

Por: Andrea Ramírez y Mauricio García Villegas
18 de agosto 2018 , 09:44 p.m.

En Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, se puede ver cómo una ciudad es mucho más que sus avenidas o sus edificios. Es también algo imaginario; algo invisible.

Lo mismo pasa con un país. (…) Ese algo invisible es la cultura: la manera como las personas ven la realidad social, y como se ven entre ellas, a través de creencias que las unen, como la ciudadanía, los derechos o la patria.

(…) La cultura puede ser un capital inmaterial de gran valor para una sociedad, que valga más que sus edificios o sus carreteras. O por el contrario, puede ser un lastre que obstruya la colaboración, la convivencia pacífica o el desarrollo. Alexis de Toc-queville se refería a estos intangibles como “el talante moral de la población” y sostenía que eran algo fundamental para la cohesión social, incluso más importante que las leyes o la riqueza material. En este ensayo mostramos algunos rasgos de ese talante moral de los colombianos e intentamos vislumbrar el tipo de transformaciones culturales que se requieren para lograr un país mejor.

I

El talante moral de la gente en Colombia ha estado moldeado durante siglos por la religión católica, y desde hace algunas décadas también por sectas protestantes que llegaron a Latinoamérica desde el sur de los Estados Unidos. Según una encuesta de Cifras y Conceptos sobre la religiosidad de los colombianos, el 74 % de los encuestados se dice católico; el 16 %, protestante, y tan solo el 3 % se considera incrédulo (agnóstico o ateo). El porcentaje de personas que se ha sumado a las filas del protestantismo pertenece a las versiones más conservadoras y oscurantistas de esa religión. Mientras un porcentaje importante de los católicos se ha vuelto pluralista y tolerante en asuntos morales, los protestantes colombianos han recorrido el camino inverso.

(…) En los países con una fuerte ascendencia religiosa, como Colombia, las nociones de lo bueno y lo malo han sido estampadas a partir de los textos religiosos y la interpretación de las jerarquías eclesiásticas. En estas sociedades la moral depende de la fe y por eso se tiene una gran desconfianza en los ateos y en la gente poco creyente. Se piensa que sin esa fe las convicciones morales se debilitan o incluso desaparecen. Como decía Dostoyevski, “si Dios no existe, todo está permitido”.

Esto explica, por ejemplo, el hecho de que haya tan pocos actores políticos que se declaran ateos. (…) Durante la compaña de 2010 en Colombia el candidato Antanas Mockus se declaró escéptico en materia religiosa. Esto suscitó la reacción inmediata de su contrincante, Juan Manuel Santos, quien sostuvo entonces que la diferencia entre él y Mockus era justamente que él sí creía en Dios.

Es cierto que Colombia ha tenido una gran transformación en materia religiosa. (…) No obstante, los cambios en estas prácticas sociales no siempre implican un cambio en la manera religiosa de ver la realidad social y el mundo. Una cosa es dejar de creer en Dios y otra dejar de ver las cosas a través del prisma de la religiosidad. (...) Nada permite concluir que tener fe en un dios es una garantía de mejor comportamiento moral. Más pareciera lo contrario. Al menos esto es lo que se observa en los datos de la Encuesta Mundial de Valores (EMV): mientras más secular es un país, menos signos de violencia, corrupción e ilegalidad existen, y viceversa.

La encuesta mide, por un lado, el grado de secularización y, por el otro, el grado de democratización. De la combinación de estas dos cosas se origina la célebre gráfica de la EMV (ver gráfico). En el extremo superior derecho de la tabla están los países más seculares y más democráticos (Suecia, Dinamarca, Noruega). En el extremo inferior izquierdo están los menos seculares y menos democráticos (Zimbabue, Egipto, Irán). En el extremo superior izquierdo están los más seculares y menos democráticos y en el extremo inferior derecho están los democráticos y poco seculares. Allí están México, Irlanda y, no muy lejos (por encima), Estados Unidos y (por debajo) Colombia.

En estas sociedades la moral depende de la fe y por eso se tiene una gran desconfianza en los ateos y en la gente poco creyente. Se piensa que sin esa fe las convicciones morales se debilitan

II

Hay otras investigaciones que van en el mismo sentido. En Current Biology (2015), Jean Decety reveló a partir de una muestra de casi 1.200 niños de distintas nacionalidades que los hijos de padres ateos son más altruistas que los hijos de familias creyentes. Lo que hizo Decety fue medir el altruismo a partir del ‘experimento del dictador’, que consiste en repartir algo entre los niños (en este caso calcomanías) y luego solicitarles que regalen parte de lo que recibieron para un fondo común. (…) Según Decety, esto ocurre por un sesgo que denomina “licencia moral” y que consiste en que quienes cumplen con ciertas obligaciones religiosas, como rezar o ir a misa, relajan su comportamiento moral con la convicción de que en su contabilidad del bien ya tienen un saldo a favor que les permite darse ciertas licencias.

(…) Cuando se pregunta a la gente sobre sus valores morales, las personas religiosas siempre resultan más altruistas, más generosas, más honestas y más cívicas que las personas no religiosas. Pero este es un resultado que aparece solamente en las encuestas. En la vida real estas diferencias desaparecen. Si los creyentes no son mejores que los no creyentes (pero se creen mejores), esto significa que la diferencia entre lo que se dice y lo que se hace es mayor en la gente con creencias religiosas (…).

En un libro reciente titulado The Bonobo and the Atheist, Frans de Waal sostiene que la moralidad está inscrita en nuestros genes: no viene de un dios o de otra fuente externa, sino de nuestras emociones y de nuestras interacciones cotidianas. La razón por la cual la religión ha sido tan importante en la historia se debe a su capacidad para capitalizar estas intuiciones morales. Finalmente, en una investigación reciente del centro de pensamiento Dejusticia sobre profesores tramposos en universidades, observamos que mientras más confianza tienen estos en instituciones civiles –Policía, Alcaldías o Ejército– tanto más tienden a cumplir con normas de cultura ciudadana e integridad académica. Por el contrario, el porcentaje de profesores que comete fraudes académicos aumenta a medida que aumenta su confianza en la Iglesia.

III

(…) Un país que quiera elevar el talante moral de su pueblo, como decía Tocqueville, debería pensar menos en inculcar la religiosidad de su gente y más en promover un sistema de educación pública que enseñe el respeto por los demás y la cultura del cumplimiento de reglas. La paz depende menos del contenido de normas morales y de la reiteración de esas normas que de la reciprocidad y de la imitación a través del ejemplo. La gente se comporta de manera respetuosa y tolerante cuando ve que los demás, sobre todo los de su familia, colegas, amigos, etc. se comportan de esa manera. Nada destruye tanto la convivencia pacífica y la armonía dentro de un grupo social como el aumento del porcentaje de violentos, abusivos y conchudos.

Siendo así, el desafío para un proyecto de construcción de una paz sólida y estable está en fortalecer los valores del respeto, tolerancia y resolución pacífica de conflictos, que no son otros que los consagrados en la Constitución de 1991.

¿Cómo lograr semejante tarea? (…) Hay tres objetivos claves: primero, ampliar y mejorar el sistema público de enseñanza; mientras subsista la situación actual de apartheid educativo, en donde los ricos y los pobres estudian por aparte y con estándares de calidad diferentes, será muy difícil inculcar esos valores; segundo, mejorar la capacidad del Estado para sancionar a los que incumplen las normas básicas de respeto social y se benefician del cumplimiento de los demás, y tercero, construir confianza entre los cumplidores mostrándoles que son la mayoría y que su comportamiento beneficia a la sociedad y, por ende, a ellos.

Quienes cumplen con rezar o ir a misa relajan su comportamiento moral con la convicción de que en su contabilidad del bien ya tienen un saldo a favor que les permite darse ciertas licencias

Hace cincuenta años, Colombia era un país relativamente cohesionado por la religión católica y sus enseñanzas morales. En ese entonces las cosas funcionaban relativamente bien. Con la urbanización masiva, una cierta movilidad social, el narcotráfico, la emigración de colombianos al exterior y la globalización, fue surgiendo una sociedad menos homogénea en creencias y valores, con lo cual la Iglesia perdió el monopolio de esa conducción moral.

El problema es que estos cambios no trajeron consigo un proyecto de difusión e inculcación de un sentido moral sustituto o alternativo, adaptado a esta nueva sociedad. Es cierto que la Constitución de 1991 contiene el catálogo de esos nuevos valores, pero eso no basta para que permee la realidad social y llegue a la mente de los ciudadanos (…).

No sobra agregar que la difusión de una moral civil, pluralista y tolerante no es incompatible con las creencias religiosas. No se necesita ser ateo para compartir esa moral cívica. El problema no es de fe, sino de moral. (…) Por eso el problema fundamental no es que Colombia haya perdido los viejos valores, sino que no ha construido una nueva moral de respeto, dignidad y tolerancia que sustituya aquellos viejos valores.

ANDREA RAMÍREZ 
Directora del Observatorio de Cultura Ciudadana de Corpovisionarios.
MAURICIO GARCÍA VILLEGAS
Doctor en Ciencia Política de la Universidad Católica de Lovaina.

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