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Colombia, ni con el populismo de derecha ni con el de izquierda
Elecciones en Colombia

¿Tendrán la madurez las fuerzas de centro para tener candidato único para las presidenciales o el canibalismo vencerá?

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Abel Cárdenas. Archivo EL TIEMPO

Colombia, ni con el populismo de derecha ni con el de izquierda

53 % de los colombianos se definan como de centro; 23 % de izquierda y 24 % de derecha. Análisis.

Tal como hemos venido sosteniendo en distintos artículos publicados en este diario, el país está viviendo un proceso de despolarización (luego del plebiscito sobre los acuerdos de paz de 2016 y de la segunda vuelta presidencial de 2018), gracias a un desplazamiento del péndulo político hacia el centro.

Según la encuesta de octubre de este año de la empresa Cifras y Conceptos, que dirige César Caballero, el 53 % de los colombianos se autodefinen hoy en día como de centro, mientras que el 23 % se ubican a la izquierda y el 24 %, a la derecha.

Es una buena noticia, dados los estragos que está causando la polarización en todo el mundo. En una entrevista en El País (‘Trump ha hecho mucho daño en EE. UU. y en el resto del mundo’, 19 de noviembre de 2020), Barack Obama sostuvo, con un malestar evidente, que la polarización instigada por Donald Trump generó en su país una dinámica política obstruccionista, quebrando una institución clave de la democracia estadounidense: los acuerdos bipartidistas sobre temas fundamentales de la política interna o externa, que, más allá de las normales diferencias programáticas entre los partidos, permitía que en asuntos claves hubiese un consenso nacional.

(Lea también: Duque se declara ideológicamente como del 'puro centro')

Un factor que ha influido en el desinfle de la polarización en Colombia ha sido el multipartidismo imperante. Actualmente existen 13 partidos y movimientos políticos en el Senado y 16 en la Cámara de Representantes. El partido mayoritario en el Senado, el Centro Democrático, solo cuenta con 19 de 108 escaños. Y, el mayoritario en la Cámara, el Partido Liberal, 35 de 171. Nada que ver con la polarización liberal-conservadora de Colombia en 1948 en la antesala de la Violencia, ni con la polarización actual en los Estados Unidos entre demócratas y republicanos.

Y además, si observamos los principales partidos y movimientos políticos presentes en ambas cámaras, la mayoría tiende hacia el centro del espectro ideológico, ya sea hacia la centroderecha, el centro o la centroizquierda: Cambio Radical, Partido Conservador, Partido Liberal, partido de ‘la U’, Alianza Verde, Mira, Movimiento Alternativo Indígena y Social, Autoridades Indígenas de Colombia. Solo un número reducido de partidos juega a la polarización y a los discursos fundados en la lógica amigos-enemigos. Una lógica que tiene fatigados a los colombianos, mucho más en este difícil momento que exige la construcción de acuerdos nacionales básicos.

Colombia requiere la construcción de una gran coalición multipartidista para enfrentar la recesión económica y aclimatar la paz. Dada la enorme fragmentación partidista, es impensable un gobierno de partido hoy en día. Incluso, el expresidente Álvaro Uribe está llamando a conformar una coalición, dada su clara conciencia de que el Centro Democrática por sí solo no es capaz de alcanzar el poder en el 2022.

A mi modo de ver, nuestro país debe evitar dos modalidades de acción política que están afectando hoy al mundo: el populismo de derecha que acaba de perder a su líder más visible, Donald Trump, y el populismo de izquierda que hace agua en Venezuela.
¿Cuáles son las principales características del populismo? Según la reciente obra de Pierre Rosanvallon (El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica, 2020), son cinco: una concepción del pueblo idealizado; una visión de la democracia directa, sin ningún tipo de intermediación entre el pueblo y el poder (“democracia real”); una visión de la representación reducida a un hombre, el “hombre-pueblo”, como encarnación del poder; una postura nacionalista extrema; y, finalmente, un retorno de los discursos emocionales y pasionales por encima de la razón y la argumentación.

(Le recomendamos: ‘Los populistas son más fuertes donde los partidos son débiles’)

De las dos vertientes

En Europa, los populismos de derecha están creciendo a ritmo acelerado. No sabemos si la derrota de Trump va a significar el fin de esta ola. Hoy en día, ningún país escapa a estos movimientos nacional-populistas: basta mencionar el Partido por la Independencia (Gran Bretaña), el Partido por la Libertad (Holanda), Vox (España), Agrupación Nacional (Francia), el Partido Popular (Dinamarca), la Liga Norte (Italia) o Amanecer Dorado (Grecia). Una marejada que causa pánico, debido a los rasgos xenófobos, autoritarios e, incluso, en muchos casos, neofascistas de estos movimientos.
Europa tampoco escapa a los movimientos populistas de izquierda, tales como La Francia Insumisa, que lidera Jean-Luc Mélenchon, o Podemos en España, bajo el liderazgo de Pablo Iglesias. E, incluso, aunque de más difícil clasificación, el confuso Movimiento 5 Estrellas en Italia, inspirado por el cómico Beppe Grillo.

Un rasgo en común de uno y otro populismo es su apelación al pueblo sin mediaciones institucionales. De ahí su alta predilección por el uso de los referendos y su deseo de debilitar las instituciones encargadas de regular la vida pública, en especial los tribunales constitucionales.

E, igualmente, el culto al liderazgo carismático y la ausencia total de debates internos en el seno de sus organizaciones. La palabra del líder es sagrada. Es impactante cómo estos líderes terminan ahuyentando a sus más cercanos colaboradores debido a su total ausencia de empatía. El alejamiento de Íñigo Errejón de Pablo Iglesias es un ejemplo. El desangre de funcionarios bajo Trump nunca paraba.

El (mal) ejemplo venezolano

Una de las mayores preocupaciones en relación con los proyectos neopopulistas de izquierda nace del riesgo de la repetición de los errores del pasado. Ante todo, su motivación justa de una redistribución de los ingresos y una mejoría del nivel de vida de los estratos más desfavorecidos, pero sin presentar un proyecto de desarrollo que lo haga sostenible a mediano y largo plazo.

El caso de Venezuela es un ejemplo impactante: en 1999, cuando Hugo Chávez accedió a la presidencia, el 49,4 % de la población estaba bajo la línea de pobreza y la desigualdad de los ingresos era, según el índice de Gini, de 0,498. En el año 2012, la pobreza disminuyó al 27,8 % y el índice de Gini, al 0,394. La Venezuela de Chávez se había convertido, según la Cepal, en un modelo para América Latina. No obstante, pocos años más tarde, todo el edificio se derrumbó por la ausencia de un programa de desarrollo sostenible y hoy Venezuela presenta los peores índices del continente, solo por debajo de Haití.

Colombia requiere la construcción de una gran coalición multipartidista para enfrentar la recesión económica y aclimatar la paz

Una democracia tranquila

Afirmar que el centro político no existe solo refleja una profunda ignorancia. Sus raíces son muy antiguas. Los historiadores sitúan su origen a mediados del siglo XIX. Un acontecimiento clave tuvo lugar en el famoso Congreso del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) celebrado en 1861. El Programa de Erfurt se dividía en un programa máximo (establecer un régimen socialista) y un programa mínimo (alcanzar avances sociales). El ala radical se aferró al programa máximo y el ala reformista, al programa mínimo, lo cual condujo a una honda división en los siguientes años entre el Partido Comunista de Alemania (KDP) y la corriente socialdemócrata.

Esta última se convertiría con los años en una de las corrientes políticas más sólidas del mundo, bajo la idea de una economía social de mercado, la democracia representativa y el impulso de un estado de bienestar. Autores como Norberto Bobbio, Zygmunt Bauman, Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Claus Offe se convirtieron, en los últimos años, en sus principales referentes intelectuales.

Y sin duda son aquellos países en los cuales se dio un proceso reformista de largo aliento –como en las naciones escandinavas, por ejemplo–, las que han logrado construir las sociedades más ejemplares hoy en día en el mundo.

No es improbable que se estén cocinando dos coaliciones políticas con miras al año 2022: un proyecto reformista de centro y centroderecha y uno de centro y centroizquierda. Si estos proyectos quieren disputar el poder en el año 2022 deben, sin entrar en una campaña electoral prematura, comenzar a diseñar con tiempo una hoja de ruta mediante tres líneas de acción.

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Primero, comenzar a elaborar un programa de gobierno que los cohesione y, ante todo, que responda a los requerimientos del país en esta difícil etapa, es decir, que cuenten con un sólido programa de reactivación de la economía, sostenible ambientalmente, con un alto contenido social y enfrentado a la corrupción reinante.

Segundo, construir una coalición pensando no solamente en la presidencia, sino, igualmente, en el Congreso, hoy muy fragmentado. La mayoría en el Senado es de 56 senadores y en la Cámara, de 88 representantes. Ningún partido alcanza hoy esa cifra, lo cual afecta la gobernabilidad democrática.

Tercero, aprovechar los instrumentos institucionales previstos en las leyes electorales para definir un candidato único. Existe, por un lado, la posibilidad de llevar a cabo consultas partidistas (como la que utilizó el Partido Liberal el 19 de noviembre de 2017 para escoger entre Humberto de la Calle y Juan Fernando Cristo) y, por otro, la posibilidad de usar las consultas interpartidistas para escoger un candidato único de distintas fuerzas. Este instrumento fue utilizado el 11 de marzo de 2018 por la Gran Consulta por Colombia, que enfrentó a Iván Duque (Centro Democrático), Alejandro Ordóñez (La Patria de Pie) y Marta Lucía Ramírez (Por una Colombia Honesta y Fuerte) y por la Consulta Interpartidista por el Cambio, en el cual se impuso Gustavo Petro (Colombia Humana y Mais) sobre Carlos Caicedo (Fuerza Ciudadana).

Afirmar que el centro político no existe solo refleja una profunda ignorancia. Sus raíces son muy antiguas

El uso de las consultas interpartidistas debe sustentarse en un compromiso de todos los aspirantes y de sus fuerzas políticas de acoger los resultados y apoyar a quien resulte ganador y pensar, por tanto, cómo pasar de una coalición electoral a la construcción de un sólido gobierno de coalición.

¿Tendrán las fuerzas políticas de centro la madurez para escoger un candidato único o va a predominar el canibalismo?

EDUARDO PIZARRO LEONGÓMEZ
Especial para EL TIEMPO

* Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia

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