Colombia necesita un pacto ético para renovar la política

Colombia necesita un pacto ético para renovar la política

El centro encarna una manera distinta de hacer política, basada en la confianza en el otro.

Elecciones 27 octubre 2019

En Colombia, más de 38 millones de habitantes son considerados potencial electoral nacional.

Foto:

Abel Cádenas

Por: Pilar Gaitán Pavía* y Eduardo Pizarro Leongómez*
17 de diciembre 2020 , 10:29 p. m.

El resultado de la última encuesta de la agencia Cifras y Conceptos sobre la adhesión ciudadana a los partidos políticos es, sin duda, muy preocupante. El 47 % de los colombianos afirman que no pertenecen a ningún partido y el resto se encuentra disperso en numerosos partidos y movimientos sociales: 13 %, Centro Democrático; 12 %, Colombia Humana; 7 %, Alianza Verde; 5 %, Polo Democrático Alternativo; 3 %, Cambio Radical; 3 %, partido de ‘la U’; 2 %, Partido Conservador; 2 %, Mira y otros, 3 %.

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El bipartidismo liberal-conservador que caracterizó a Colombia es ya un dato del pasado. Hoy tenemos un sistema multipartidista difuso que hace muy difícil la gobernabilidad democrática: la conformación de sólidas mayorías en el Congreso es una tarea titánica y, en algunas ocasiones, el resultado de mucha ‘mermelada’, clientelismo y tráfico de influencias.

Por otra parte, que la mayoría de los colombianos no se sientan identificados con ningún partido expresa una inquietante crisis del sistema de representación democrática en nuestro país. Y, un enorme riesgo: simple y llanamente, que la movilización callejera (la ‘democracia directa’) intente sustituir al Congreso (la ‘democracia representativa’).

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La ausencia de partidos sólidos deja, además, el campo abierto para la personalización extrema de la política, es decir, para la emergencia de caudillos populistas de derecha e izquierda. Los primeros, poniendo el acento en el pueblo nativo, como es el caso de Marine Le Pen en Francia, en contra de los emigrantes y la diversidad cultural. Y los segundos, enfrentando al pueblo contra las élites, en la tradición peronista. A propósito, no olvidemos la famosa frase de Hugo Chávez cuando dijo: “Exijo lealtad absoluta, porque yo no soy yo, no soy un individuo, yo soy un pueblo, carajo”.

Tanto la caída de la adhesión a los partidos como la fragmentación partidista son fenómenos globales. Así como la búsqueda de nuevos mecanismos de participación democrática que enriquezcan la democracia representativa, como la elección por sorteo (Bélgica) o la iniciativa popular (Suiza).

Es indispensable que los partidos, los movimientos políticos y los candidatos que aspiran a gobernar a Colombia en el futuro diseñen y se comprometan con un ‘pacto ético’

En esta etapa de crisis y transición democrática, una de las mayores preocupaciones a nivel mundial es cómo revivir la adhesión ciudadana a los partidos políticos, como uno de los instrumentos claves para canalizar las demandas de la sociedad. Y la respuesta es unánime: se requiere una profunda renovación de la ética política, concebida esta como una ética laica de mínimos fundada en los valores de libertad, igualdad, solidaridad, respeto a la diferencia y recurso al diálogo como el camino para resolver los conflictos (Adela Cortina, Ética mínima, 1986).

Desde esta perspectiva, antes de pensar en un programa de gobierno o en los mecanismos de conformación de una coalición política, es indispensable que los partidos, los movimientos políticos y los candidatos que aspiran a gobernar a Colombia en el futuro diseñen y se comprometan con un ‘pacto ético’ ampliamente divulgado y discutido.

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La renovación de las costumbres políticas no puede continuar siendo un discurso vacío, y menos en un “país de desconfiados” (Semana, 3 de julio de 2020). Colombia no es solamente uno de los países con más baja confianza en las instituciones, sino que esta se ha agudizado en los últimos años. Un escaso porcentaje de los ciudadanos confían en los políticos, el Congreso y los partidos. Por ello, recuperar la confianza institucional es una labor prioritaria para el futuro que debe iniciarse desde ahora.

La urgencia del pacto ético

Los ciudadanos sienten en Colombia que los políticos, más que preocuparse por los temas de interés nacional, están interesados en mantener sus propios beneficios y los de su red clientelar. Como reacción a esta percepción negativa, en los últimos meses se ha abierto un amplio debate en el país sobre el significado y el alcance de un movimiento de convergencia democrática de centro –es decir, alejado de toda modalidad de extremismo político–, así como sobre los ejes programáticos, los actores, los procedimientos y los fines que permitirían constituirlo.

Este solo hecho ha obligado a los sectores políticos y sociales que jugaban a la polarización extrema a moderar su lenguaje y a disminuir sus agravios, ante el temor fundado de que las posturas moderadas les ganen la partida.

La recuperación de la confianza
en las instituciones,
en los partidos, el Legislativo y las cortes exige la definición de unos principios éticos mínimos como marco para la acción política

Los discursos de odio y el juego a la polarización están sufriendo un rechazo colectivo. Las ‘bodeguitas’ y los influencers del encono, de la saña, se están quedando aislados. Una democracia tranquila y una gestión pública firme pero serena es la otra cara de la moneda de un país en paz.

El centro representa una manera distinta de hacer política basada en la confianza, el respeto a la diferencia, la tolerancia, la verdad y la empatía. O, dicho en palabras de Hernando Gómez Buendía (‘¿Y qué diablos es el centro?’, La Otra Orilla, 7 de diciembre de 2020), el centro es el partido del juego limpio (fair play) y del respeto de las reglas de juego, de los códigos de conducta que se han acordado en la sociedad de manera transparente.

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El centro, a su vez, aboga, como lo señala Mauricio García (‘Sobre la inexistencia del centro’, El Espectador, 20 de noviembre de 2020), para que no se descalifique al contrario, al que no se ubica en los extremos del espectro político y al que se reserva el derecho a disentir, a no ser dogmático y a tener la capacidad de reinterpretar la realidad cuando los hechos, los datos empíricos, así lo exigen.

De hecho, cuando se sacrifica la verdad y se falsean los hechos como una forma de controvertir las posiciones ideológicas del contrario, se abre también un boquete para pasar por encima de la ley. Es decir, a la cultura del ‘todo vale’, del atajo y a la regla del ‘más vivo’.

Una ética política

La recuperación de la confianza en las instituciones, en particular en los partidos, el Legislativo y las cortes, exige la definición de unos principios éticos mínimos como marco para la acción política. Es decir, rescatar la idea de la virtud del ciudadano y del político que tiene sus raíces en la filosofía griega desde Aristóteles.

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Con tal objeto, quisiéramos proponer algunos ejes para alimentar un debate nacional tan urgente, como necesario.

1) Es fundamental un sólido compromiso con el respeto a la ley, a las normas vigentes y a los mecanismos previstos en la Constitución para su cambio.

2) El apego a la ley, como valor fundamental, conduce a otros dos pilares de ese acuerdo sobre lo esencial que intentamos esbozar: por un lado, el valor de la integridad personal de los servidores públicos, concibiendo los recursos públicos como un ‘patrimonio sagrado’ de toda la sociedad. El corazón del pacto ético tiene como uno de sus ámbitos medulares el compromiso con la lucha contra los ‘círculos de la corrupción’ en todas sus modalidades y niveles (municipal, departamental o nacional) y, por otro, la importancia de la responsabilidad política y de la rendición de cuentas en el ejercicio de dicho servicio y en la implementación de las políticas públicas.

3) Desde esta perspectiva, un pacto ético no puede circunscribirse exclusivamente a los partidos y movimientos políticos. Ese pacto debe incluir a los empresarios –urbanos y rurales– que financian las campañas electorales, no con la idea de fortalecer la democracia sino para aceitar el tráfico de influencias y, por tanto, la ‘captura del Estado’ para obtener rentas de manera ilegal o ‘legal’, gracias a resquicios y vacíos en las normas jurídicas. Como sostiene el psicoanalista mexicano Raúl Páramo, “cuando el ciudadano repare en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse que su sociedad está condenada”.

4) Un pacto ético debe rechazar con vehemencia el uso de las redes sociales como un arma de guerra (netwar), para destruir el prestigio de sus opositores políticos mediante noticias falsas (fake news) e imágenes caricaturescas. Es decir, privilegiar el debate de ideas y proyectos plurales de la sociedad de manera civilista.

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5) Tampoco es aceptable el uso indebido de las denuncias judiciales con el objeto de utilizar la justicia como un recurso político, ya sea para acallar la prensa, a periodistas críticos, o a opositores en el terreno partidista.

6) En consecuencia, otro de sus principios rectores debe ser el respeto a la división y la independencia de los poderes públicos.

7) Un compromiso tajante a no cambiar las reglas de juego previstas en la Constitución para intentar perpetuarse en el poder. La alternancia y la competencia son consustanciales a la democracia.

8) Por último, pero quizá lo más significativo para una sociedad que no ha cerrado todavía el ciclo de violencia y observa una dura degradación del conflicto interno, el rechazo a cualquier justificación del uso de la violencia política, la exigencia de una disolución definitiva del vínculo entre armas y política y, por tanto, la invocación del derecho a la paz, el respeto a los derechos humanos y a la convivencia pacífica, como pilares de la civilidad y de la inserción positiva y respetable del país en el mundo.

En síntesis, la idea de que la ética y la política son dos espacios diferenciados solo conduce a un indeseable relativismo moral y a que las sociedades se vuelvan inviables y los estados ‘fallidos’. Este relativismo es el espacio propicio donde florecen, por ejemplo, la laxitud frente al delito y la permisividad frente a la corrupción, en todas sus formas. Por ello es urgente que los partidos y los movimientos políticos se comprometan públicamente en un serio ‘pacto ético’ ampliamente divulgado y discutido. Este puede ser el comienzo de una verdadera renovación de la política en Colombia.

PILAR GAITÁN PAVÍA
Politóloga, exviceministra de Relaciones Exteriores

EDUARDO PIZARRO LEONGÓMEZ
​Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia

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