Las memorias de Daniel Samper Pizano sobre Luis Carlos Galán

Las memorias de Daniel Samper Pizano sobre Luis Carlos Galán

Fueron amigos durante más de 25 años. Primero, en la universidad, y luego en EL TIEMPO.

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Muy jóvenes, llenos de sueños, Luis Carlos Galán (izquierda) y Daniel Samper Pizano compartieron las aulas universitarias y luego la redacción de EL TIEMPO.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Daniel Samper Pizano
15 de agosto 2019 , 10:09 p.m.

Me desperté pasadas las seis de la mañana en una pequeña casa que alquilaba durante el verano español. Era una vieja vivienda campesina situada en tierras castellanas. Carecía de luz, agua caliente y teléfono.

En la oscuridad impuesta por los postigos encendí un pequeño radio de pilas, como todas las mañanas, para saber qué había ocurrido en el mundo durante la noche. Nunca olvidaré que la primera noticia mencionaba algo de Polonia y la segunda refería que había sido asesinado en Colombia el senador Luis Carlos Galán, caracterizado luchador contra el narcotráfico.

De este modo me enteré de la muerte de quien había sido mi amigo durante más de un cuarto de siglo, mi condiscípulo en las aulas universitarias, mi compañero de trabajo y uno de los hombres más inteligentes y probos que he conocido.

La noticia me produjo una frustración de la que no me repongo ni se repone el país y un dolor que ha ido renovando la muerte de otros amigos. Pero no me causó sorpresa. Por el propio Luis Carlos sabía que los sicarios andaban tras su huella como perros, y temía que las ilusiones que depositamos en él millones de compatriotas iban a terminar de una manera horrible. Así ocurrió aquella noche en la plaza de Soacha.

Desde los tiempos universitarios Luis Carlos pintaba para cosas grandes, y al llegar 1989 estaba claro que solo un atentado podía impedirle ser Presidente de Colombia en 1990. Resulta difícil imaginar si habría sido una administración memorable, pues la Presidencia de la República es más lo que parece que lo que en realidad puede.

Seguramente, como hombre de izquierda, habría descartado un programa neoliberal y nos habría ahorrado muchas penurias sociales. Lo demás son especulaciones. Pero no me cabe duda de que su presencia continua en la política colombiana a lo largo de veinte o treinta años habría trazado rumbos sólidos hacia un país más solidario y democrático.

En Colombia los progresos históricos no han sido consecuencia de timonazos súbitos, sino de la influencia prolongada de determinados líderes. Si a Galán le hubieran dado esa ocasión, habría podido ejercer un ascendiente positivo y permanente sobre el país. La igualdad de oportunidades, la limpieza de las instituciones y la lucha contra la pobreza, eternas obsesiones suyas, habrían apuntado a una Colombia mejor.

Luis Carlos pintaba para cosas grandes, y al llegar 1989 estaba claro que solo un atentado podía impedirle ser Presidente de Colombia en 1990

Para eso se estaba preparando Luis Carlos. Lamentablemente, como muchos otros compatriotas, terminó sacrificado en la lucha contra el narcotráfico, que, en el fondo, ha sido y es un caso de Policía.

Son evidentes los estragos del negocio de la droga en Colombia: ha corrompido personas e instituciones, sostenido y fomentado la violencia, destrozado nuestra imagen, alterado nuestra economía y deteriorado los valores y la moral social.

Pero, aún así, no constituye el problema esencial del país, sino el agravante de todos los demás. La raíz última de nuestros males sigue siendo de índole social y educativa. Si desapareciera la droga, aquella raíz subsistiría.

El político y el ser humano tienen que dar la batalla donde esta se presenta y no donde ellos quisieran. Por eso Luis Carlos, que era el colombiano mejor dispuesto para encabezar una honda y duradera transformación social, acabó convertido en adalid contra la droga. Perdimos el estadista más importante de la segunda mitad del siglo XX en una guerra que a menudo libramos ante la indiferencia internacional y bajo infames presiones políticas.

Lo peor es que su ejemplo ni siquiera sirvió para ganarla. Quince años después de su inmolación, la presencia de la droga en nuestra sociedad continúa, y ella sostiene a guerrilleros, paramilitares y narcos clásicos. El balance de Gloria Pachón, viuda de Galán, es desolador: En 1989 el narcotráfico estaba concentrado en ciertos sectores, pero ahora está generalizado, incluso en las actividades privadas.

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El joven y revolucionario Luis Carlos Galán se vislumbraba, en su época, como el próximo presidente de Colombia.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Se rinde en estos días diversos homenajes a la memoria de Luis Carlos Galán. Son justos, y muchos de ellos hasta sinceros. Pero el único homenaje verdadero será iniciar el largo y difícil viaje hacia la legalización de la droga.

Colombia no puede tomar medidas por su cuenta; sería absurdo y suicida. Pero sí puede empezar a hablar del tema en público y en privado. Está demostrado que los consumidores no ceden en su vicio, mientras que los países productores se hunden cada vez más. El problema no tiene solución por la vía represiva. Estados Unidos derrocó al tenebroso régimen talibán en el 2001, y ahora Afganistán bate récords de cultivo y exportación de heroína. La lindísima amapola financia las actividades de Al Qaeda y la de decenas de grupos terroristas más. Nada de esto ocurriría si el consumo de droga estuviera despenalizado y su distribución en manos del sistema sanitario.

Da tristeza pensar que dentro de algunos años, cuando la droga cumpla el ciclo hacia la tolerancia que atravesaron el alcohol, el café y la morfina, el valiente sacrificio de Galán no se verá como un episodio heroico, sino rocambolesco. *Este texto de Daniel Samper Pizano fue publicado, originalmente, en abril del año 2005 en EL TIEMPO. 

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