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‘¡La paz! Única pasión de Horacio que supera la que tiene por Rosita’
Ernesto Samper y Horacio Serpa

El expresidente de la República Ernesto Samper y el exministro Horacio Serpa Uribe.

Foto:

Felipe Caicedo. Archivo EL TIEMPO

‘¡La paz! Única pasión de Horacio que supera la que tiene por Rosita’

EL TIEMPO reproduce el discurso del expresidente Ernesto Samper en homenaje a Horacio Serpa Uribe.

Palabras pronunciadas por el expresidente Ernesto Samper en noviembre de 2018 en homenaje al exministro Horacio Serpa Uribe, quien murió el sábado. Serpa Uribe recibía el premio Alfonso López Michelsen por méritos humanitarios.

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Nos reunimos esta mañana para rendirle un homenaje a una de esas personas que aborrecen los homenajes. Venimos a honrar a Horacio Serpa Uribe, que es una forma de exaltar los valores por los cuales él ha luchado toda su vida: la verdad, la lealtad, el compromiso con la gente. Si pudiera escoger algún medio audiovisual para sintetizar mi productiva relación de tantos años de victorias y cicatrices con el ‘comandante Serpa’ –como le digo coloquialmente–, haría una colección de fotografías memorables.

Una primera foto mostraría la noche de mi atentado, el 3 de marzo de 1989. El expresidente Alfonso López Michelsen, mientras yo yacía como un colador en una cama de cuidados intensivos, atendido por quien hasta hoy sigue siendo mi médico personal, Alonso Gómez, me mandó con Jacquin tres razones para que estuviera tranquilo, para que no temiera que pudiera llegar alguien, como en las peores películas de vaqueros, a rematarme. La primera decía que la clínica de la Caja Nacional de Previsión, donde yo estaba, a pesar de ser pública, había sido modernizada durante su gobierno. La segunda, que la Policía se había hecho cargo del primer anillo periférico de seguridad, y la tercera, que Horacio se retiraría de la Procuraduría, que entonces ocupaba, para hacerse cargo de la jefatura del debate de mi entonces incipiente campaña a la presidencia.

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Horacio Serpa,

Horacio Serpa falleció el sábado 31 de octubre.

Foto:

César Melgarejo. EL TIEMPO

Esa noche dormí más tranquilo que la noche en la que él me explicó, en medio de una de esas tantas inolvidables crisis que vivimos durante mi gobierno, por qué había soltado el ‘Me suenan me suena’ que vinculaba la DEA con el intento de secuestro de mi abogado defensor Antonio José Cancino. “Presidente –me dijo–, no quiero causarle ningún problema al gobierno y mucho menos a usted. Si lo mejor para el país es que yo me vaya, cuente con mi renuncia”, lo hizo con ese tonito que utilizan los santandereanos para ponerles énfasis a ciertas frases de esas en que uno, al final, no sabe si lo están regañando o tratándolo como a un inválido auditivo. Respondí: “A mí no me va a dejar encartado aquí”, le dije, “con esos dos o tres gringos pendejos que quieren tumbarme. Aquí nos quedamos los dos como siameses para lo que venga, le agregué”, y asunto concluido. Salió sonriente de mi despacho y yo quedé tranquilo: seguía mi guardián en la heredad.

Colecciono también la fotografía del día en que Serpa, con un sonoro ‘Mamola’ ante el Senado, le explicó al mundo, en santandereano, el significado de mi frase “aquí estoy y aquí me quedo”. De la presidencia no me iba.

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De España guardo también, Horacio, la fotografía memorable de su lanzamiento internacional en la Feria de Sevilla, cuando, siendo yo embajador de Colombia en España, miles de personas le pidieron su autógrafo sin que nadie se atreviera a aclararles que usted no era Juan Valdez.

Serpa es de esas personas en vía de extinción que piensan lo que dicen, y dicen lo que piensan. Que creen más en los valores éticos que en los valores bursátiles. Que vienen a este mundo con un GPS incluido de principios morales incrustado en el alma que les permite tomar decisiones justas en momentos justos. Como el día que él tomó la decisión de hacerse cargo, en el peor momento del narcoterrorismo, del combate contra Pablo Escobar, a quien calificó, desde el momento de su posesión, como el enemigo número uno de Colombia. Y eso que para entonces el nombre de Escobar aún no figuraba en las carteleras de las insoportables series internacionales de películas de hoy sobre bandidos ejemplares, creativos, heroicos y hasta buenos amantes.

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En otro de esos momentos, Serpa enfrentó también, como ministro del Interior, el terrorismo de derecha que estaba liquidando a los líderes de la Unión Patriótica como hoy vuelve a hacerlo con los líderes sociales por atreverse a defender la paz y los desmovilizados por acatarla.

¡Sí!, ¡la paz! La única pasión de Horacio que supera la que tiene por Rosita. La brújula de su vida ha sido su apuesta permanente y persistente por esa otra mujer a la cual le ha dedicado viajes, horas de insomnio, conversaciones fatigosas y muchas lágrimas, así digan que los santandereanos no lloran, sí lloran, pero a escondidas. Esa mujer –rival de Rosita– es la paz de Colombia. La misma paz a la cual hoy nos estamos asomando, esa paz, compleja y esquiva, la hemos venido buscando con Serpa desde que nos conocimos en Barrancabermeja, su ciudad preferida, que, según él, es muy parecida a Nueva York.

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Entonces, yo coordinaba la campaña de nuestro jefe ideológico Alfonso López Michelsen y él me llevaba unos cuantos años de experiencia, los mismos que me lleva ahora si no me fallan las matemáticas. Desde entonces, y hasta hoy, hemos venido hablando, como loras mojadas, de las banderas del Poder Popular, nuestro proyecto político que, con el del Nuevo Liberalismo, fueron las únicas propuestas renovadoras dentro de la política tradicional a finales del pasado siglo. Alternativas de cambio que buscaron sobrevivir en medio del cuarto cerrado del Frente Nacional y la horca caudina del modelo neoliberal de los noventa que nos costó, con la apertura económica, sangre, sudor y lágrimas.

Como anacoretas del pasado, Serpa y yo todavía vibramos cuando nos hablan de justicia social, de soberanía, de integración regional, descriminalización de la cadena de las drogas para no seguir golpeando sus eslabones débiles, del derecho de los migrantes venezolanos a tener derechos, del Sur.

Juntos hemos recorrido la geografía nacional, palmo a palmo. Muchas campañas en las que su resonante vibrato se acostumbró a convivir con mi aburrido acento nasal. Gracias a estas correrías, nuestro sistema digestivo esta hoy aún preparado para comer desde un cuy en Nariño hasta un friche en Riohacha.

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La brújula de su vida ha sido su apuesta permanente y persistente por esa otra mujer (la paz) a la cual le ha dedicado viajes, horas de insomnio, conversaciones fatigosas y muchas lágrimas

En el Poder Popular hicimos del gaminismo, o sea, de la calle, una forma de lucha política. Lo nuestro siempre fue la calle y por la calle llegamos a Palacio. Pero no llegamos solos. Llegamos con esa ‘chusma’ que tanto despreciaron los medios de comunicación que nunca nos quisieron por “peligrosos”: llegaron los vendedores ambulantes, los de los de los sanandresitos, los paneleros de Vélez, los pequeños propietarios de vivienda, los pensionados, los maestros reivindicados y los estudiantes alborotados; a Palacio llegaron también los afro sonrientes del Pacífico, los astutos indígenas, los creyentes de todos los credos y los representantes de todos los géneros. Nuestras grandes batallas fueron gestas de románticos contra pragmáticos materialistas. Idealistas contra calculadores. Populistas descarados contra neoliberales vergonzantes.

Aunque –devolviendo la película– tal vez cometimos el sacrilegio de pensar en algún momento que podíamos pintar nuestros sueños de rojo y convertirlos en propuestas del Partido Liberal. Pensamos que las grandes figuras históricas que convirtieron al liberalismo en un equipo de héroes pioneros podían ser emuladas para enfrentar nuevas tempestades sociales. Tal vez nos equivocamos o lo hicimos muy tarde, hasta llegar a hoy, cuando uno ya no está en edad ni ánimo de cambiar de señora, de equipo de fútbol ni de partido político.

Aunque, pensándolo bien, tal vez sí exista una salida para evitar que quien se ha convertido en el jefe eterno del liberalismo acabe con lo poco que queda del glorioso Partido Liberal. Podemos intentar una transfusión a los jóvenes liberales de nuestros sueños socialistas, que seguirán siendo los mismos mientras haya pobreza sin libertad en el mundo.

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No importa, comandante Serpa: aunque estemos en la sala de embarque –hacia lo que Nietzsche llamaba el puerto de arribo definitivo–, todavía queda tiempo y siempre lo habrá para soñar y luchar. Para enseñarles a los jóvenes que lo que importa, como decía el Quijote, no es solo luchar, sino luchar por un ideal. Para ser solidarios con las causas actuales que son las mismas que defendimos antes con otra cara: solidarios con los estudiantes que piden más educación pública, con las víctimas del conflicto a las que les están negando sus espacios, con los enemigos del nuevo modelo Hood-Robin que busca que los de abajo paguen las rebajas de impuestos a los de arriba, con los cocaleros en vísperas de volver a ser fumigados, con los guardianes de los páramos, los ríos y los animales, con los que están sentados enfrente de sillas vacías de La Habana y quienes defienden nuestro Sisbén en las largas colas de los hospitales. Espacios para soñar y luchar por unos nuevos referentes que eviten que el mercado, fuente de corrupción, acabe con la idea del servicio público que lo convirtió a usted, Horacio, en uno de esos grandes ciudadanos como lo fueron Miguel Samper Agudelo, mi antepasado, y su coterráneo, Aquileo Parra.

¡El referente de la lealtad por encima de todo! ¡El referente de la coherencia en el pensamiento! ¡El referente del compromiso con los de abajo! ¡El referente de la defensa de la gente inocente en medio del conflicto armado! ¡Por el acto histórico de haber sido coherente con esos referentes es por lo que hoy le estamos haciendo este homenaje, más que merecido, a nombre del Derecho Internacional Humanitario de Colombia! Comandante Serpa: ¡por la paz, la igualdad y la vida, hasta siempre! ¡Hasta siempre!

*ERNESTO SAMPER
Para EL TIEMPO*

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