Testimonio de un uribista sobre el caso del 'Neñe' y la campaña Duque

Testimonio de un uribista sobre el caso del 'Neñe' y la campaña Duque

Según Sergio Araújo Castro, así fueron los encuentros del presidente y José Guillermo Hernández.

Araujo Valledupar

Duque estuvo en la celebración de los 469 años de Valledupar, en 2019. Durante su visita, muchas personas se acercaron a saludarlo, entre ellas ‘Ñeñe’ Hernández y su esposa.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Sergio Araújo Castro
10 de julio 2020 , 08:43 a.m.
El comienzo de todo

El ‘Comité Político’ de lo que más tarde sería el Centro Democrático se reunía semanalmente en el elegante apartamento del exministro Fernando Londoño Hoyos, para evitarle salir tras sobrevivir el atentado con bomba de las Farc. Allí se confeccionó la lista cerrada al Senado que encabezaría el expresidente Álvaro Uribe.

Contrario a la creencia, Uribe no escogió a dedo sus integrantes, que más bien fueron escogidos por consenso; pero el orden del repertorio electoral sí era muy importante pues sabíamos que los primeros 15 puestos serían senadores seguros gracias al caudal propio del expresidente.

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Yo era novato en la alta liga del uribismo, curiosamente el propio Uribe no asistía a las citas del grupo, y en las primeras reuniones –a las que fui en representación suya– me dediqué más a escuchar que a opinar.

Conocía o tenía referencia de todos los nombres que se barajaban, excepto uno que jamás había escuchado, así que la única vez que Álvaro Uribe habló, por videollamada, con el comité en pleno reunido donde Londoño, me atreví a objetarle que en el puesto 7 de la lista en borrador se ubicara a una persona que ni siquiera estaba en Colombia y no parecía interesado en apurarse a venir, pues sabíamos que aún no renunciaba a un cargo en el exterior.

Sin ambages planteé que no parecía muy justo guardarle lugar privilegiado a quien ni siquiera estaba, mientras los demás se hacían moler haciendo campaña en las más adversas condiciones políticas y de seguridad.

El expresidente me escuchó impasible, cuando terminé de argumentar, contestó firme y suavemente: “Hombre, doctor Sergio, déjeme al doctor Iván Duque quieto en ese puesto, lo necesito ahí, y Colombia lo necesita más. Usted lo va a conocer…

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María del Rosario Guerra quien coordinaba la lista, y era el enlace permanente entre Uribe y el comité de 17 miembros, me miró compasivamente con cara de “metiste la pata”. Entendí ese día, y para siempre, que Iván Duque Márquez sería un hombre esencial en las batallas políticas del porvenir.

Tras el éxito de la elección del Senado pasamos a la más audaz empresa que fue la campaña presidencial. Del Comité Político salió un grupo que trabajaba, primero desde el salón comunal del edificio donde vivía nuestro candidato, y después desde un hotel a donde se mudó la división de estrategia de Zuluaga.

En esa brega fui descifrando al joven senador Duque, de quien antes solo sabía que era hijo de un amigo de mi padre y de mi tía Consuelo Araújo; amigo de ellos con quien departí en varios Festivales.

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Así que, a través de las reminiscencias sobre el vallenatólogo consumado que fue su padre Iván Duque Escobar, de su visión política de Centro –en mucho parecida a la mía– y de su humor fino lleno de anécdotas, desarrollamos una sincera empatía; me identificaba con sus posiciones y aprendí a admirar el calado de su conocimiento versátil y la singular inteligencia del hombre de memoria impresionante a quien Uribe trajo de su cómoda vida washingtoniana para hundirlo en el fango y el fuego de la realidad nacional.

Apenas elegimos Congreso, el Centro Democrático tuvo personería jurídica, los miembros del Comité Político nos volvimos oficialmente la Dirección Nacional del CD, y junto a la bancada legislativa, desplegamos una oposición sostenida y argumental, que confrontó sin cuartel al gobierno Santos durante los siguientes años.

Llegaron las elecciones para cargos regionales, y el expresidente Uribe me pidió asumir la candidatura a la alcaldía de Valledupar. Lo entendí como un deber, renuncié a la alta jerarquía del partido y me dispuse a hacer una campaña de opinión sin capital distinto a la combatividad en las ideas y el activismo con la gente.

Iván Villazón, amigo entrañable de la adolescencia y de los tiempos en el Externado de Colombia, al ver que mi campaña flaqueaba por recursos, muy comprometido con mi alcaldía, organizó un evento para recaudar fondos. En su casa de campo instaló una tenida espectacular con la expectativa de la presencia de Uribe.

El evento empezó a las seis de la tarde y fue un gran éxito; a las siete y media, vi emocionado como se acercaban mi buena amiga Paloma Valencia y el senador Iván Duque, habían venido desde temprano a apoyarme.

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Subieron a la tarima con los logotipos de mi campaña, los abracé agradecido y, uno de cada lado, levanté sus manos antes de soltar un discurso adivinatorio que cerré diciendo: “Miren bien a estos jóvenes senadores, aunque hoy no los conozcan, tienen frente a sus ojos a quienes pronto dirigirán los destinos de Colombia. ¡Apréndanse sus caras y sus nombres!”. Ambos hablaron después. Los dos impresionaron.

Ya con el micrófono en la mano, viendo la gente entusiasmada, Duque miró de lado y con voz emocionada me dijo: “Gracias Sergio... Desde los 19 años, en 1995 cuando vine con mi padre por primera vez a Valledupar, había querido volver. Esa vez nos alojamos en la casa del Capi Aristídes Hernández, que era su buen amigo. Guardo un grato recuerdo de ese viaje, quería volver y me tomó 20 años, ¡Pero no vuelve a pasar!”.

El discurso del desconocido senador caló: varias personas se acercaron a saludarlo después de escuchar su intervención didáctica y luminosa. Esa noche proselitista y folclórica con discursos y acordeones de fondo, fue el reencuentro de Iván Duque con los pasos y las anécdotas de su padre, en las brisas del Guatapurí…

Perdí las elecciones. Pero el gesto de mis amigos senadores marcó mi memoria afectiva. De aquella ocasión en adelante siempre estuve cuando Duque visitó Valledupar, y me volví sin proponérmelo una especie de notario de la relación del Presidente con mi terruño familiar.

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Duque y los Hernández

Iván Duque es el mejor ejemplo de un idealista seguro y culto capaz de ser pragmático; quizá por ser hijo de un político posee un particular capacidad de resistir, afincada en una formación universal sólida.

La polarización que heredó, rápidamente le hizo blanco sistemático de ataques del sector que desde hace casi 20 años antagoniza ferozmente con el uribismo, y lo rasga, pero no lo derrota.

El presidente es un hombre con fijeza en sus metas que no se distrae en calumnias pues sabe que su vida es transparente.


No obstante, de todos los infundios, ninguno ha llegado más bajo que el embuste mediático fabricado solo para enlodarlo, con retorcidas versiones que no constituyen pruebas, pero si buscan parecer indicios de un esquema de corrupción electoral que jamás ocurrió.

Me refiero a la urdimbre tejida alrededor de una relación ficticiamente cercana con José Guillermo Hernández, a quien desde niño conocimos los vallenatos como el Ñeñe, y quien para servir de elemento contaminante, una vez muerto durante un aparente hurto en Brasil, y parapetados desde dos instituciones, un tinglado de conspiradores criminalizó mediáticamente, en un intento por preconstituir una supuesta prueba contra el presidente de la República, con quien el Ñeñe Hernández jamás tuvo cercanía distinta de la referencia amable de cuatro encuentros ocasionales, siempre con decenas de testigos y ninguno con propósitos electorales ni meta diferente a la evocación nostálgica de sus padres, que sí fueron buenos amigos.

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Todas las veces que ambos se saludaron estuve presente, y aparte de frases de cajón, el tema recurrente fue solo la amistad de sus viejos.

Ni el día que Duque llegó a Bosconia por tierra desde el Magdalena como candidato, ni después cuando volvió de pre-candidato, tampoco luego como candidato oficial cuando fue a respaldar la segunda campaña de Senado, ninguna de esas veces, ni jamás en Bogotá, Duque departió a solas con Jose Guillermo Hernández en cualquier parte, ni éste tuvo papel alguno en la campaña presidencial que Luigi Echeverri cuidó tan celosamente. Y aquel 27 de septiembre de 2015 donde Iván Villazón, el Ñene simplemente no estuvo.

Los hijos de Aristides Hernández y la Cacha Aponte siempre fueron conocidos por sus apodos familiares, Ñeñe, Junior, Goyo y Chalía, crecieron en condiciones holgadas en un Valledupar elemental y austero que empezaba a perfilarse como meca del folclor vallenato.

El Capi, su padre, fue un hombre simpático que se preciaba con humor de sus buenas relaciones nacionales, era amigo de todos los “cachacos” ilustres que engalanaban cada año los festivales, y uno de sus invitados recurrentes era Iván Duque Escobar.

Esa amistad se renovaba anualmente, pero se alimentaba siempre. En 1995 Duque llevó a Valledupar a su hijo Iván, para entonces de 19 años, quien departió brevemente con Goyo, el único de su edad.

A José Guillermo, el popular Ñeñe, no lo vio ni por las curvas; era lógico, a los 29 años se había mudado de la casa paterna y en tiempos de festival, distraído en las parrandas de su generación, no se tropezó con los huéspedes de su padre.

Más de dos décadas después Iván Duque es el candidato oficial del Centro Democrático en la carrera presidencial de 2018 y llega de visita al Festival Vallenato. Goyo Hernández, su madre y su hermano Ñeñe, con su señora, la ex señorita Colombia María Mónica Urbina, están invitados al desayuno que ofrece Fenalco en casa de la familia Castro López, Adriana la anfitriona ha dicho a sus invitados que Duque pasará por allí.

El desayuno se va de largo y llegamos pasadas las 12 del día. Entre más de 100 personas, Iván Duque reconoce a la Cacha Aponte, viuda del amigo de su padre, quien lo recibió en su hogar 23 años antes; la abraza afectuosamente, sus hijos se acercan, y ese día, cuando ya es candidato y en la recta final de la campaña, Iván Duque Márquez saluda por primera vez en su vida a José Guillermo Hernández. Ese es el día de las famosas fotos de los hermanos y la reina, con el Presidente.

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Araújo y Duque

Sergio Araújo Castro (primero de la izquierda), cuando hizo campaña por la alcaldía de Valledupar. A su lado, Paloma Valencia y su amigo, el hoy presidente Iván Duque.

Foto:

Archivo Sergio Araújo

Los Hernández Aponte estuvieron, como todos los invitados, alrededor de Duque, durante una hora larga bajo las ramas de un mango, escuchando acordeones, en el sopor de los 40 grados de Valledupar en abril, y nada trascendente se trató en aquel patio concurrido, donde todos se fotografiaron con el después presidente. Antes de las dos, la comitiva se movió a saludar a Carlos Vives, homenajeado de ese año en el Festival.

La campaña fue austera y rigurosa en gastos, para garantizarlo, en la costa Caribe, el gerente nacional se apoyó en la rectitud de David Maestre Castro, a quien reportaba el rector de la universidad UDES, a cargo del departamento del Cesar.

Carlos Morón, un hombre adusto, autoritario y ajeno a la política, de rectitud incuestionable, jamás alternó sus deberes con alguien, y manejó la ejecución de fondos al pie de las instrucciones.

Pensar que un reconocido fanfarrón, lenguaraz y ramplón como el Ñeñe Hernández pudiera ser parte de una campaña gerenciada por el flemático rector Morón era imposible, y usar hoy las frases jactanciosas grabadas al Ñeñe, para descalificar semejante ejercicio de rigor administrativo, es un despropósito que requiere la perversidad de los detractores y desconocer completamente a los protagonistas.

Después de la elección presidencial, hubo dos encuentros más: la última, en el cumpleaños de Valledupar, el 6 de enero de 2019, cuando el Ñeñe y María Mónica llegaron a saludar al Presidente delante de 60 personas invitadas a mi casa, tras finalizar las ceremonias.

La ocasión anterior ocurrió el 6 de agosto de 2018 en Bogotá cuando, ante las quejas de amigos que no habían conseguido saludar al presidente electo, Juliana Márquez –madre del presidente– Glorisa Ramírez, y yo, organizamos con ayuda musical de Luis Ignacio Andrade una parranda en el restaurante Andrés D.C., cuya financiación e invitaciones resolvimos fácilmente: el que quisiera saludar a Duque pagaría un cover por persona en el famoso establecimiento, y podría saludar al nuevo mandatario. Ese día entró y, sin sentarse, saludó una por una las casi 400 personas que alcanzaron a enterarse y llegar, en un periplo circular, de la puerta a la puerta, que le tomó más de hora y media.

Ya de salida, María Mónica y su marido lo saludaron. Mientras caminaba, a manera de despedida exclamó dirigiéndose a todos: “¡Nos vemos mañana!” y ella replicó “no nos ha llegado invitación”.

El Presidente electo hizo un gesto afectuoso y salió. Después de ese fugaz pasaje, alguien entendió que la pareja debía ir a la posesión y fue así como terminaron en la lista de invitados.

La razón de la infamia

La política colombiana de los últimos 20 años ha estado signada por la irrupción de Álvaro Uribe Vélez en la gran pantalla del poder nacional desde el año 2002, pues a partir de su elección presidencial copó el escenario de discusión del país asumiendo una posición calcada del escudo nacional: Libertad y Orden.

Los colombianos hemos confundido siempre anarquía institucional con libertad, y el orden nunca ha sido prioridad nacional.

Uribe se dispuso a procurar orden y empezó confrontando a los factores de anarquía derivados del avance político-militar de la guerrilla, que para entonces campeaba a sus anchas en una Colombia distinta que veía a las Farc como una fuerza inexorable.

Con el fortalecimiento de las fuerzas armadas y un modelo de microgerencia dirigido por el propio Uribe, por encima de sus ministros de defensa, en 8 años de mandato las Farc pasaron de 32.000 hombres y control territorial del 55 % del país, a menos de 6.000, más de la mitad escondidos en Venezuela al amparo de Chávez, y el 100 % del territorio nacional con presencia de la fuerza pública institucional.

Semejante transformación en la balanza de poder, enardeció a la izquierda civil que siempre vio con simpatía el avance de la guerrilla, y volcó en Uribe todo el odio de su frustración ante el derrumbamiento fáctico del modelo marxista propuesto por la vía armada, que para el final del gobierno ya ningún colombiano consideraba posible.

Los ocho años de Santos devolvieron el aliento a las Farc y a pesar del resultado adverso del plebiscito, su gobierno firmó un pacto que dejó intactas las estructuras de narcotráfico a cargo de esa guerrila, mientras la cúpula pasaba a la alta política nacional, facilitando la total impunidad de una banda armada que durante 53 años había asolado la democracia.

Una vez más la izquierda radical civil, enquistada en casi todos los estamentos, en virtud de un plan de penetración pacientemente ejecutado, vio posible el sueño de un modelo a semejanza del venezolano.

Pero la elección de Duque, impulsada por las mayorías que votaron negativamente el acuerdo Santos-Farc, parecía amenazar lo logrado en La Habana.

Por eso, desde el día de su elección el nuevo presidente enfrentó a un Gustavo Petro derrotado por más de dos millones de votos, quien desde el momento cero, en vez de asumir con gallardía el triunfo de Duque, lanzó un amenazante “nos vemos en las calles”.

La Ñeñe-patraña

Carlos Rodríguez es un personaje enigmático asentado en Barranquilla, quien desde hace más de 30 años alterna negocios legales como sastre, ganadero, cambista y prestamista, con todo tipo de actividades cercanas a distintos protagonistas del crimen organizado en la capital del Atlántico.

Por esas andanzas fue extraditado y condenado en los Estados Unidos, pero antes, entre muchos otros clientes prestó un dinero al interés a un conocido de José Guillermo Hernández; el tipo se fue a vivir a los Estados Unidos, y a su regreso de la extradición Rodríguez encontró a un Ñeñe Hernández próspero y aparentemente solvente, a quien le pareció más fácil trasladar arbitrariamente sus intentos de cobro.

Tras escuchar una grabación entre el Ñeñe Hernández y Carlos Rodríguez (difundida por Semana.com), queda claro que Hernández no le debía, pues en el audio se oye como el Ñeñe reclamaba a Rodríguez que hubiera encomendado el cobro a Los Rastrojos enfocándose en él como responsable, aunque no hubiera recibido un peso, mientras Rodríguez lo increpa y le dice “pues sí, yo sí ando y andaré con bandidos y a mí me pagas”.

Audio sobre el Ñeñe Hernández y Carlos Rodríguez

Desde ese momento en adelante la vida de la familia Hernández se volvió una pesadilla, que se agravó cuando el hijo de Rodríguez perdió la vida en un atentado que iba dirigido a su padre.

A partir de la tragedia, Rodríguez culpó a Hernández del asesinato, la Fiscalía abrió investigación y procedió a interceptar las comunicaciones de todos los posibles determinadores del atentado que costó la vida a un joven inocente.

De esas interceptaciones al Ñeñe Hernández nada vinculante al execrable crimen parece haberse encontrado.

Sin embargo, dos miembros de la Policía, con cercanía personal y política con partidarios de izquierda que abiertamente han militado contra el uribismo, informaron a un grupo de presión política, con nexos en el periodismo, sobre la existencia de unas grabaciones que con un poco de impulso podían volverse un escándalo útil para golpear la imagen del presidente.

Desde entonces hasta ahora, el abogado que funge como representante de las víctimas en el proceso montó una vitrina mediática de ataque político militante en formato de diatriba, y usa la conversación grabada a un charlatán que, en ningún aparte habla de comprar votos, como pretexto para poner en entredicho la campaña Duque Presidente, al tiempo que aparece en medios escritos, radiales y televisivos, atacando con epítetos agraviantes a la persona de Álvaro Uribe y la legitimidad de las elecciones.

Todo eso, curiosamente, en coro con Gustavo Petro y otros personajes que, como telón de fondo, han hecho circular en redes una sátira calumniosa con formato de miniserie en video, que denominaron Matarife y alude a episodios que relacionan con Uribe.

El encarcelamiento de los policías que entregaron los audios, el recrudecimiento de las denuncias de un Petro desafiante que llama a la desobediencia civil con el pretexto descabellado de un fraude contraevidente, y la aparición constante y coordinada del abogado de las víctimas hablando de política y compra de votos sin aludir ni por equivocación al caso de homicidio que le compete, con los autores de la miniserie contra Uribe despotricando en medios y redes sociales al unísono, empieza a hacer evidente la confección minuciosa de una falacia diseñada desde una conversación de dos personas, sin papel en la campaña presidencial, cuya sarta de fantocherías ha servido como insumo a una patraña política que es vital desenmascarar y ventilar ante el país.

Entretanto, la familia de José Guillermo Hernández, víctima de diversos atentados denunciados en los últimos años, reclama que se investigue su asesinato en Brasil; no creen la versión del hurto en el taxi y todavía recuerdan que, antes de viajar, el Ñeñe les dijo que temía por su vida. Ese clamor entraña el dolor de ver estigmatizada su nombre, pues los detractores del presidente han montado en redes sociales un tinglado que lo tilda de narco y socio de clanes mafiosos pero sin prueba alguna.

Un epílogo pendiente…

Como vallenato y congénere de Hernández puedo atestiguar que, aunque nunca frecuenté su casa ni fui parte de su activa rutina social, sí conocí al Ñeñe desde niño y lo vi crecer en los negocios como exportador y ganadero, pero jamás escuché durante su vida que tuviera vínculo alguno con narcotráfico, mafia ni negocios ilegales.

Supe de sus inmensas deudas bancarias, de sus grandes negocios exportando ganado vivo en barcos a Venezuela y al Medio Oriente, así como de sus fiestas y viajes. El Ñeñe era un charlatán que solía hablar más de la cuenta, pero nunca fue amigo de Iván Duque, y de ello puedo dar fe.

De paso, sería el único narco con visa americana, deudas bancarias y una obsesión incontenible por las fotos sociales y la exposición pública.

La infamia en desarrollo contra el Presidente y los responsables de la campaña no puede continuar. La Fiscalía General y la Policía tienen un inmenso compromiso y deben a Colombia la última palabra sobre una ficción que, al desenmascararse, será recordada como la patraña política más ambiciosa de nuestro tiempo.

SERGIO ARAÚJO CASTRO
PARA EL TIEMPO

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