El soldado libertador que se convirtió en verdugo de la República

El soldado libertador que se convirtió en verdugo de la República

El trabajo de verdugos era desarrollado, generalmente, por presos y condenados. 

Batalla bicentenario

Antonio Roncoy fue baleado en un brazo por unos campesinos

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Cortesía Ministerio de Cultura

Por: POLÍTICA
12 de mayo 2020 , 04:05 p.m.

Los soldados que hicieron parte del ejército libertador son recordados con honores por su servicio y entrega a la patria. Pero ese no es el caso de Antonio Roncoy quien, por el contrario, se convirtió en el último verdugo que tuvo la República.

Según recuerda el historiador Iván Espinosa, dos veces, en dos años distintos (1814 y 1819), Roncoy hizo parte del ejército patriota.

“Su paso por él fue más bien trágico. En el segundo año mencionado, por ejemplo, luego de combatir contra los españoles y ser derrotada su columna en el valle del río Cauca, fue baleado en un brazo por unos campesinos. Lo habían confundido, junto con sus compañeros, con unos húsares desertores que andaban por los campos del sur del Tolima haciendo de las suyas”, recuerda Espinosa en la revista Credencial Historia.

(Lea también: El último descendiente de Simón Bolívar)

Pero más trágico aún fue su primer paso por las tropas independentistas. En 1814 un grupo de soldados, entre los que se hallaba Roncoy, mató a unos fervientes monarquistas capuchinos de origen español.

El asunto de los religiosos realistas asesinados quedó en el limbo jurídico hasta cuando las tropas restauradoras de Pablo Morillo comenzaron la llamada Reconquista española en 1816.


Fue inevitable, pues, que el expediente judicial sobre los capuchinos asesinados se abriera. Los soldados patriotas inculpados, excepto Roncoy, murieron fusilados por la espalda como traidores. ¿Qué había pasado con Roncoy?, que Morillo le propuso perdonarle la vida a cambio de convertirse en el verdugo de número de Santafé.

Semejante tipo de negociaciones, entre el Estado monárquico restaurado y un individuo del común próximo a ser ejecutado, no era nuevo en la historia neogranadina; ya en la Colonia se habían dado en distintas ocasiones.

Su paso por él fue más bien trágico. Luego de combatir contra los españoles y ser derrotada su columna en el valle del río Cauca, fue baleado en un brazo por unos campesinos

La razón fundamental de ello estribaba en la aguda escasez de hombres dispuestos, contra las supersticiones y la animadversión populares, a servirle voluntariamente al rey como “ministros ejecutores”. El Estado aprovechaba, entonces, el profundo miedo a la muerte presente en el corazón del condenado para arrancarle un desesperado sí a su propuesta.

Al verdugo, por ley, se le eximía del pago de varios impuestos, lo que podía hacer más llevadera su economía doméstica. Igualmente se le permitía tomar, del condenado a muerte, los vestidos que éste llevare en el momento de la ejecución. Pese a tales ventajas, las autoridades reseñaban con amargura, una y otra vez, que no se asomaban los voluntarios.

A Roncoy pronto le llegó la oportunidad de probarse en su nueva ocupación. ¿El condenado?, un ladrón que debía morir ahorcado. ¿El lugar?, la plazuela de San Victorino en Santafé. Impresionado, y a instancias de un religioso que asistía espiritualmente al hombre sentenciado, Roncoy de rodillas le pidió perdón al reo por la muerte que le iba a propinar.

Con lágrimas, le suplicó rogar a Dios que lo librase de su horrorosa profesión. Todo indica que esto hacía parte del tenebroso ritual pues, un par de años después, el verdugo que el 19 de junio de 1816 ahorcó a José María Carbonell también pidió perdón. Por respuesta, obtuvo del prócer un sentido “Yo te perdono de corazón, que tú no tienes la culpa”.

Ya puestas las manos en la obra, el espectáculo que siguió fue grotesco debido a la impericia absoluta de Roncoy. Como el inexperto verdugo no corrió a tiempo la escalera del patíbulo, el reo “quedó a medio colgar del pescuezo, dando furiosas patadas y sacudidas en su penosa agonía”. En vista de que el ahorcamiento no se producía, Roncoy y sus ayudantes se prendieron de las piernas del hombre colgado pero la cuerda se reventó cayendo todos al suelo. El ladrón finalmente murió pero no ahorcado como estaba previsto, sino desnucado por el golpe.

De acuerdo con una antigua tradición, el viernes fue corrientemente llamado “el día del verdugo”: un viernes fue crucificado Cristo y era el día predilecto para ejecutar criminales.

Sobre un “lecho de estiércol y comido de gusanos” – explica el historiador Espinosa – murió Roncoy, el último verdugo de Santa Fé.

POLÍTICA

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