Radicalizar la democracia, sugiere Dominique Rousseau

Radicalizar la democracia, sugiere Dominique Rousseau

El pensador francés dice que la creencia en las instituciones democráticas se está perdiendo.

Dominique Rousseau

Dominique Rousseau, pensador francés.

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AFP

Por: Política
08 de mayo 2019 , 08:39 p.m.

En una reciente publicación de la Universidad Externado de Colombia, uno de los más connotados constitucionalistas de la actualidad francesa, Dominique Rousseau, cuestionó fuerte y decididamente la fragilidad actual de los pilares de la democracia, al menos como fue concebida por los padres de la Revolución francesa y de la americana.

En su reciente libro 'Radicalizar la democracia. Propuestas para una refundación', traducido al español, el profesor Rousseau estima que la noción de representatividad, que la alienación y la fusión del ciudadano en el representante, y que el ahogo de la democracia en el voto son, entre otros, los factores que están llevando a que se pierda la creencia en las instituciones democráticas.

Ello permite predicar que “el cerco de fuego que asedia a la democracia pareciera asfixiarla en un intento por lograr que las sociedades cedan al autoritarismo”, como lo dice, en el prólogo del libro, el rector de la universidad, Juan Carlos Henao.

¿Qué está ocurriendo con la democracia? ¿En qué está fallando? ¿Puede seguir siendo un modelo de gobierno anhelado por los ciudadanos de todas las latitudes? El cuestionamiento del autor al concepto tradicional de democracia dio lugar a una entrevista que recoge su pensamiento sobre las falencias y límites de la misma.

La tendencia a buscar gobiernos con características autoritarias y que restringen las libertades está aumentando. ¿Qué está pasando? ¿La democracia como modelo ha fallado?

No, no es la democracia la que ha fallado o la que está en crisis. Lo que se agota es la forma representativa de la democracia. La frase de Siéyès según la cual “el pueblo no puede hablar, no puede actuar sino por intermedio de sus representantes” generó una disociación entre representante y representado, y produjo la ausencia y el silencio de los ciudadanos. Es esta concepción de la democracia la que se termina. No el principio democrático.

El sistema liberal destruyó la figura del ciudadano e inventó, en su lugar, aquella de ‘la gente’, sobre la cual se apoyan los populistas

¿Por qué dice usted que la representación política asfixia la democracia y la figura del ciudadano?

Porque la democracia ha sido absorbida por el principio de la representación. No es pensada sino en él, se volvió su prisionera. El problema es que la representación política, a la vez que instituye la democracia, también la ahoga. La genera porque crea con las elecciones las instituciones necesarias para construir la noción de ciudadano, pero también la ahoga porque siendo un momento particular, tiende a convertirse en un momento total.

En nuestros días, se multiplican las expresiones de fractura entre gobernantes y gobernados. Las estructuras clásicas de la ‘democracia representativa’ crujen: los partidos políticos ‘parlamentarios’ se vacían de sus adherentes y de sus electores; el parlamento ya no es el lugar del debate político, los elegidos del pueblo ya no inspiran confianza, el vínculo representativo se rompe no solo por la gran abstención electoral que existe sino porque el sufragio universal es un acto de un instante, incapaz de asegurar dicho vínculo en un espacio durable y estable.

La proliferación de las consultas populares, los referendos, los plebiscitos, entre otros, ¿son ejemplo de un refuerzo de la democracia? ¿O son ejemplos de perversidad? Se dice que Venezuela es el país que ha organizado más elecciones en los últimos veinte años.

Hacer del referendo el instrumento de la democracia directa merece ser discutido e, incluso, revocado, por varias razones. En primer lugar, porque la palabra ‘referendo’ cubre tantos significados que es difícil saber dónde y cómo debe operar. En segundo lugar, porque el referendo se realiza mediante la votación, y por mucho que se crea que ello es ‘darle la palabra al pueblo’, no es la palabra la que se le da sino el voto que convierte el mecanismo en un acto de aclamación, más que de participación, con todos los riesgos que ello implica, como se ha visto en varios países recientemente.

Por lo general, el ciudadano simplemente es invitado por las otras instituciones —el presidente, el parlamento— a ratificar o no, con un voto, un texto que él no ha redactado. Finalmente, la democracia directa no puede cumplirse por el voto porque su instrumento no es el referendo sino la presencia física de los ciudadanos en un mismo lugar para proponer, discutir, enmendar y aprobar las leyes, como lo predicaron Pericles (V siglo a. C.) y J. J. Rousseau.

La democracia continua define un nuevo espacio de la representación, no porque la suprima sino porque transforma

Para superar todos los inconvenientes señalados, usted habla de radicalizar y refundar la democracia, lo cual en el mundo académico se concibe como un regreso a los orígenes, a la esencia. ¿Estaríamos hablando de una refundación del sistema político actual? ¿Hacia qué dirección?

Radicalizar la democracia quiere decir, en efecto, volver a sus raíces: el ciudadano. En el corazón de los movimientos sociales, desde hace unos veinte años, se abre otro ciclo que trae una fuerte exigencia de una democracia continua. Distinta de la democracia directa que abolió cualquier diferencia entre representantes y representados, distinta de la democracia representativa que monopoliza la fabricación de leyes solo al servicio de los representantes.

La democracia continua define un nuevo espacio de la representación, no porque la suprima sino porque transforma y alarga el espacio de intervención de los ciudadanos, inventando las formas y los procesos que permiten ejercer un trabajo político: el control continuo y efectivo, por fuera de los momentos electorales, de la acción de los gobiernos.

¿Cómo conducir, entonces, la democracia más allá de la simple representación política?

Puede ser con la creación de una Asamblea Social Deliberativa que, junto con el Congreso, represente el interés general. Esta asamblea tendría tres competencias. Primero, organizar la consulta de la sociedad para ilustrar a los poderes públicos sobre las consecuencias sociales y ambientales de sus decisiones a largo plazo.

Enseguida, recoger las peticiones de los ciudadanos, analizarlas con los peticionarios y con ciudadanos escogidos al azar y transmitirlas al Congreso para que responda a las mismas. En fin, ser la encargada de estudiar y conceptuar sobre los proyectos de ley económicos, sociales o ambientales. No se debe olvidar que en toda parte se forman asambleas municipales y colectivos de ciudadanos; se multiplican en las redes sociales las convocatorias a que se vote o no determinada ley; algunos avezados políticos, conscientes del cambio de época, organizan consultas por internet antes de que se vote una ley. Todas estas iniciativas manifiestan la energía social, la vitalidad política de la sociedad, pero frecuentemente se pierden porque no encuentran una institución que pueda hacerlas durar en el tiempo.

La Asamblea Social Deliberativa puede ser esa institución que dé a las peticiones y a las consultas de la sociedad una fuerza normativa, pues estará plenamente integrada en los procesos políticos de fabricación de las leyes.

La primera mitad del siglo XX fue la de las asambleas representativas clásicas y la segunda mitad, aquella de los tribunales constitucionales. El siglo XXI podría ser el de las asambleas ciudadanas. Podría ser…

¿Cree usted que el actual movimiento francés de los ‘chalecos amarillos’ es una expresión de la democracia continua?

Sin duda representa un momento de reconstrucción peculiar de la figura del ciudadano. Sin perspectivas, sin posibilidad de proyectarse en un futuro social estable, se vuelve difícil para las personas construir una estima de sí que las lleve a reconocerse como ciudadano actor y responsable de vivir en sociedad.

El sistema liberal destruyó la figura del ciudadano e inventó, en su lugar, aquella de ‘la gente’, sobre la cual se apoyan los populistas. Lo que pasa hoy con el movimiento de los ‘chalecos amarillos’ es la reconquista de la gente de su calidad de ciudadanos. Hasta entonces, estaban silenciosos, sufriendo cada uno en su casa. Ahora, salieron de sus casas, se hablaron entre ellos en sus cuadras, compartieron sus sufrimientos y se convirtieron en públicos con ese gesto; con ese tránsito del espacio privado al espacio público; pasaron de ‘gente’ a ciudadanos.

De la capacidad que tengan los ‘chalecos amarillos’ para organizarse va a depender el futuro político. O su expresión se mantiene dividida y derivará en un régimen populista-autoritario, o se autorganiza y se abrirá sobre un régimen democrático que sacará su energía de la acción continua de los ciudadanos en la elaboración y el control de políticas públicas.

REDACCIÓN POLÍTICA@PoliticaET

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