‘Necesitamos construir más partido del que ahora tenemos’

‘Necesitamos construir más partido del que ahora tenemos’

¿Cómo está el Partido Conservador al acercarse a su bicentenario? 

Partido Conservador

Según Martínez Simahan, las directivas conservadoras vienen desconectadas de la base. Es necesario escuchar sus expectativas, para que las decisiones correspondan a ellas, afirma el analista.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Por: Carlos Martínez Simahan
03 de febrero 2020 , 08:36 p.m.

Contra los pronósticos de las encuestas, el Partido Conservador repuntó en las elecciones regionales de octubre de 2019. Eligió gobernadores en 6 departamentos, obtuvo 4 alcaldías de capitales de departamento y pasó de 58 diputados a 65, y con más votos eligió menos concejales. Jefes regionales y congresistas sacan pecho.

El presidente del Directorio, Ómar Yepes Alzate, cobra el éxito con una cita de Silvio Villegas: “A nosotros no nos entierran con misa de tercera. O nos entierran con misa de primera o no nos morimos”.

¿Representan esos resultados el fin de la decadencia del partido? Luego de las muertes de Álvaro Gómez (1995) y Misael Pastrana (1997), la colectividad quedó sin liderazgo reconocido. Los congresistas tomaron el mando sin que ninguno se destacara notoriamente. El primus inter pares fue Carlos Holguín Sardi, que presidió entre 2000 y 2006.

Mediante consulta interna estableció la elección popular de los directorios a fin de adaptarlos a la actual estructura del Estado. Es más, con la Academia del Pensamiento Conservador, que fundó, se presentó una sólida estrategia para superar la pobreza en Colombia: ampliación del programa de subsidios condicionados, Familias en Acción, originario del gobierno de Andrés Pastrana, de resultados sabidos.

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El segundo componente fue la Banca de Oportunidades, propuesta al presidente Uribe (2005), para convertir la bancarización en arma para combatir la pobreza. La estrategia se complementó con Colombia País de Propietarios y con la prioridad educativa al segmento de 0 a 6, que se ha devenido en la utopía De Cero a Siempre. Eran días de un Partido Conservador popular, moderno, de avanzada.

En la colectividad fue desapareciendo la histórica división vertical y dio paso a la unión horizontal vigente. Un logro importante de la bancada que, aunque criticada por clientelista, se ha constituido en factor de poder en los últimos lustros. Sobrevino, entonces, la parlamentarización, que ha puesto en manos de los congresistas todas las decisiones importantes. El partido se cerró ante cualquier interés distinto al de ellos. El diálogo con la opinión, las esquivas masas urbanas, ha sido pobre.

Esto condujo a que los resultados fueran peores en cada elección. Mientras que en 2002 se eligieron 27 senadores y 40 representantes, hoy son 14 senadores y 21 representantes.

Sin embargo, se deben tener en cuenta factores exógenos como la creación de ‘la U’ y el Centro Democrático, en la cresta de la ola del prestigio de Álvaro Uribe Vélez. La seguridad, bandera azul como razón de ser del Estado, le fue arrebatada de las manos. Identificado como hombre de la derecha democrática, grandes grupos de conservadores ingresaron a las filas del expresidente.

A pesar de todo lo anterior, por el Partido Conservador siguen votando más de 2’000.000 de ciudadanos en cada justa, cifra similar a la de los otros grandes partidos. Su bancada es numerosa y hoy hace parte de la coalición de gobierno, con vicepresidenta a bordo. Hechos que merecen adecuada valoración política.

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Festejamos en 2019 los 170 años de existencia. El nacimiento fue el 4 de octubre de 1849, cuando Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro publicaron en el semanario La Civilización el primer programa de nuestra historia. Sus cláusulas, densas y sobrias, han inspirado a nuestros hombres representativos y convirtieron el conservatismo en protagonista irremplazable de la vida nacional.

Gilberto Alzate Avendaño resumió así ese legado: “El pensamiento político del Libertador y la Doctrina Social de la Iglesia son los manantiales ideológicos de que se nutre el Partido Conservador Colombiano. Bolívar significa para nosotros el clima heroico, la noción dinámica de la Patria, la autoridad ante la anarquía, el orden contra la revolución permanente, la historia, no la anécdota”.

En los días que corren, los valores esenciales de los partidos no se esgrimen en la arena política. El clientelismo y el caudillismo les han restado vitalidad a las colectividades “... si bien los partidos son considerados imprescindibles, son pésimamente evaluados por la opinión... los ciudadanos los hacen depositarios de buena parte de los males que asolan las sociedades: corrupción, incapacidad para la agregación de intereses y de identidades en los sistémicos...” (Manuel Alcántara Sáez, Pnud 2004).

Si bien los partidos son considerados imprescindibles, son pésimamente evaluados por la opinión

Dichos males han permeado instituciones como la Presidencia, el Congreso, las altas cortes, la Iglesia, las Fuerzas Armadas y de Policía, hoy descalificadas por la opinión. Encarar los problemas de la sociedad de ahora con instituciones débiles es un reto difícil. Belisario Betancur solía decir que los problemas de la democracia se resolvían con más democracia. Tenía razón, pues transformarse a sí misma es una de sus bondades.

No podemos dejar de referirnos a la presencia de las masas en las calles de todos los continentes. El debate capitalismo y democracia, que nunca había pasado de los recintos académicos, está en la plaza. ¿Cuánta pobreza y desigualdad resiste la democracia?

Es grave la pobreza, pero la comparación con el lujo desbordado de la sociedad de la abundancia y con las inmensas ganancias del mundo financiero empeora todo. Nada más explosivo que la carestía que contempla la opulencia. Es allí, en lo que Germani llamaba la “simultaneidad de lo no contemporáneo”, donde se originan los populismos.

Si las masas piden solución de sus problemas de exclusión, educación, salud y empleo, sin importarles qué tipo de gobierno lo haga, es porque el sistema democrático no ha respondido. Ni las ha educado para saber que la ausencia de la democracia les prohibiría hasta expresar sus preferencias. Están sonando alarmas que exigen comprensión del momento social y estudio de nuestras circunstancias.
El momento obliga a la modernización de las instituciones democráticas, para que sean más cercanas, más descifrables para el hombre común. No se trata ya de tener un Estado para la democracia. Sino de que la democracia resuelva los problemas de la gente. Y esto exige desatarse de los nudos con que el gran capital captura a los gobiernos elegidos por el pueblo.

Estos temas están sustentados en la Doctrina Social de la Iglesia de que hablaba Alzate. Su definición de la política como “una actividad inevitable del ser humano a través de la cual se busca vivir mejor que ahora” debería inspirarnos a diseñar propuestas sobre la eficacia y la eficiencia del Estado.

(Lea también: Presidente del conservatismo habla de su partido y de Duque)

El futuro hay que construirlo de abajo hacia arriba. La urbe contemporánea, con ciudadanía informada, está interpelando al poder político y hay que dar respuestas. Así como el Estado, sin estar obligado, se metió las manos en el bolsillo para salvar a los bancos en la crisis financiera 2008-2009, está ahora obligado a encarar la crisis de desigualdad. Un instrumento adecuado sería una política fiscal esencialmente distributiva, como sostienen los economistas. El historiador Pierre Rosanvallon afirmó en EL TIEMPO (12-1-2020) que “habría que dar respuestas económicas para redefinir un nuevo modo de producción”. En esa vía aparece la empresa comunitaria, en la que el capital tiene derecho al retorno y a utilidades y el obrero, a salario y participación en utilidades. Carvajal y Tecnoglass son ejemplos.

El cambio solo podría surgir de un liderazgo que no pretenda resultados inmediatos, pero sí un viraje hacia la superación de la desigualdad y la inclusión social. El nudo de la inconformidad actual está en el miedo a perder lo logrado, sumado al deseo de obtener más de lo logrado. Eso explica la presencia de la clase media, núcleo mayoritario, en marchas y cacerolazos.

Es necesario registrar que la ‘conversación nacional’, a la que ha invitado el presidente Duque, sentó al comité del paro en la banca de los excluyentes, cuando se creían voceros de los excluidos. Un tanto a favor del Presidente. En tan vibrante escenario, el partido no puede improvisar. Su directiva es numerosa y paquidérmica. La hora requiere un Ejecutivo central ágil y con capacidad de asimilar lo que ocurre.

Por cierto, Manuel Alcántara Sáez señala cuatro retos de los partidos políticos latinoamericanos: “El primero, la financiación de la política; el segundo, a la democracia interna; el tercero, la profesionalización de la política, y el cuarto, la relación entre el partido, la bancada y, en su caso, el partido en el gobierno”.

Esos indican la necesidad de un autoexamen de las colectividades. En el conservatismo, sería oportuno que el Directorio Nacional y la bancada convocaran un diálogo de la periferia hacia el centro para que hablen las bases, no solo para hablarles. De ese diálogo saldría un Plan de Acción 2020-30, por ejemplo, de tal contenido y fuerza dialéctica que se convierta en respuesta a los desafíos del siglo XXI.

Una de las urgencias de la hora es la reforma política, que debe darle prioridad a la abolición de la Circunscripción Nacional para Senado de la República (CNS). La CNS atenta contra el origen mismo del Congreso: presupuesto y regiones. Y no existe en ninguna democracia importante sino por la vía excepcional. Además, resulta imposible el control de los dineros que entran a más de 450 campañas por todo el territorio. Y esto en un país atravesado por los narcodineros y la minería ilegal, que están pendientes de cualquier pedazo de poder que se les ofrezca.

El pensamiento político del Libertador y la Doctrina Social de la Iglesia son los manantiales ideológicos de que se nutre el Partido Conservador

Contra la intención de los constituyentes del 91, la CNS ha sido camino a la plutocracia y/o la corrupción.

La reforma política es una batalla que el conservatismo debería abanderar, para recuperar la credibilidad. Por último, la opción de la jefatura única del partido, de que tanto se habla, depende esencialmente de la voluntad del expresidente Andrés Pastrana, quien tiene todos los méritos para ejercerla. Le traerá sinsabores y arduo trabajo, pero es una misión a la altura de su estirpe.

A la cabeza deben estar los que quieran competir por el solio de Bolívar. Se destacan Marta Lucía Ramírez, con respaldo demostrado en las bases y escaso en la dirigencia por sus vaivenes en la militancia. Mauricio Cárdenas, que conoce el Estado y se está moviendo con presteza y actitud de combate. En la bancada, Efraín Cepeda y David Barguil, de notable ejercicio en el Congreso ambos.

Se reedita la incógnita sobre si Luis Alberto Moreno se le mide. Su presencia puede generar un acuerdo entre las élites políticas y económicas. Juan Carlos Pinzón y Juan Gabriel Uribe están listos a calzar los guantes y tienen munición intelectual y experiencia. Alejandro Ordóñez dejará oír su voz rotunda. En el gabinete ministerial sobresale José Manuel Restrepo, diligente, estudioso, discreto. No oculta su credo azul.

No son pocos y son buenos. Pero, si no queremos seguir cabalgando en el anca del ganador, necesitamos construir más partido del que ahora tenemos.

CARLOS MARTÍNEZ SIMAHAN
Para EL TIEMPO

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