Las equivocaciones del 13 de Junio

Las equivocaciones del 13 de Junio

Las ‘interpretaciones erróneas’ sobre los hechos de la llegada de Rojas Pinilla al poder en 1953.

pinilla

De izquierda a derecha, Roberto Urdaneta Arbeláez, el general Gustavo Rojas Pinilla y Mariano Ospina Pérez.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Alberto Casas Santamaría
16 de junio 2020 , 11:29 p.m.

Al cumplirse el aniversario número 67 del golpe de Estado de 1953, más conocido como el 13 de Junio, vuelven las interpretaciones erróneas del episodio, dependiendo del interés partidista histórico de cada uno de sus comentaristas.

Como se citan los antecedentes de 1946 para explicar las motivaciones del 13 de junio, es importante aclarar esos hechos.

No es cierto que la Violencia se iniciara como consecuencia del repugnante asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, al nivel de una guerra civil.

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La Violencia comenzó en 1930, conforme al estudio de la Universidad Nacional de 1962, dirigido y elaborado por intelectuales sin ninguna cercanía con el Partido Conservador.

No es cierto que el sistema democrático se hubiera fortalecido desde 1930, si en las elecciones que se realizaron a partir de esa fecha, el partido de oposición, invocando falta de garantías, no participó en las elecciones, de la misma manera que el liberalismo tampoco lo hizo en 1950 invocando idénticos argumentos.

No es cierto que con la llegada de Mariano Ospina Pérez en 1946 al poder se hubiese agudizado la hostilidad hacia los liberales. Lo que pasó fue que una parte del liberalismo acusó de traidor al presidente Alberto Lleras por haberles entregado el poder a los ‘godos’, que habían ganado legítimamente las elecciones.

Esos liberales insatisfechos organizaron manifestaciones y actos hostiles contra el presidente Ospina a partir del día de su posesión. Aparecieron, además, los primeros guerrilleros para desconocer la legitimidad del gobierno que se iniciaba entonces.

No es cierto que las autoridades conservadoras hubiesen actuado con indiferencia o complicidad frente a las amenazas y agresiones contra los liberales en los departamentos donde habían obtenido mayoría en las elecciones legislativas.

Es posible que se hayan presentado desplazamientos por amenazas como las que hubo en sentido contrario en 1930, pero de ninguna manera con la complicidad del alto gobierno.

Prueba de ello es que el presidente Ospina, haciendo caso omiso de los insultos contra su persona y gala de prudente hombre antioqueño, hubiese confeccionado un gobierno de Unión Nacional con las figuras más representativas del liberalismo.

Cosa muy diferente fue que el liberalismo, al haber obtenido la mayoría en el Congreso, hubiera resuelto desconocer la legitimidad del gobierno, claro, por debajo de la mesa, obstruyendo desde el Parlamento todas las iniciativas oficiales al punto de provocar un cambio en las fechas electorales. El obstruccionismo los llevó a retirarse de los ministerios y abandonar el doble juego de ser gobierno y oposición.

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Hubo elecciones legislativas el 16 de marzo de 1947, presididas por el gobierno conservador, y la oposición mantuvo sus mayorías; eso sí, ambos partidos se acusaron de fraude.

Después del Bogotazo

Llegó el 9 de abril, mataron a Gaitán. Acusaron al gobierno del asesinato, lo cual era otro error, dado que el más perjudicado de semejante acto criminal era, por supuesto, el conservatismo.

Gaitán era, en el momento de su muerte, más adversario del liberalismo oficialista y del comunismo que de los conservadores. Nunca se pudo probar indicio alguno que comprometiera al conservatismo en el magnicidio. El liberalismo intentó cobrar el asesinato con la recuperación del poder; Ospina no se dejó.

“Más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”, les dijo el Presidente a los jefes liberales presentes en la casa presidencial la noche en la que le pidieron su retiro.

La multitud agrupada frente al cadáver en la Clínica Central de la calle 12 vociferaba contra los jefes liberales: “El liberalismo no tiene hombres. Todos los que están reunidos aquí son unos eunucos. No son capaces de decretar la guerra contra los godos. Aquí faltan pantalones” (Abelardo Forero Benavides. El 9 de abril. Grandes fechas. Escritores parlamentarios).

El liberalismo intentó cobrar el asesinato con la recuperación del poder; Ospina no se dejó

De ese horror. De esa situación tenebrosa resucitó la Unión Nacional. El doctor Echandía se dirigió al país: “Me dirijo al pueblo colombiano en momentos de excepcional gravedad para la vida de la república. Acabo de tomar posesión del Ministerio de Gobierno, después de haberlo consultado con la directiva del liberalismo…”.

Ese esfuerzo tampoco aguantó. La colaboración se rompió y el liberalismo se abstuvo de participar en las elecciones por falta de garantías, exactamente a la manera como los conservadores se abstuvieron en 1934 y en 1938.

La temperatura política había subido tanto que el termómetro se reventó. El gobierno había cerrado el Congreso por decreto y el conservatismo eligió a Laureano Gómez, sin la participación del liberalismo como ya dijimos. El periódico EL TIEMPO ni siquiera registró la elección.

En medio de ese despelote, de proporciones gigantescas, le toca al presidente Gómez manejar un país dividido y confundido. Como no hay Congreso, debe posesionarse ante la Corte Suprema de Justicia. El Presidente designa un gabinete con conservadores de la mayor respetabilidad, pero que no eran los generales de las elecciones que lo habían llevado al poder.

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Los liberales no registraron el gesto, pero los conservadores quedaron entristecidos.
Sus adversarios en el liberalismo calificaron su gobierno de régimen del terror y lo compararon con el Pacificador Pablo Morillo.

¿Régimen del terror, por enfrentar guerrilleros en el Tolima, Sumapaz y los Llanos Orientales, que “empezaron a combatir al Ejército”?

La llegada de Rojas

Al año de su mandato sufre un ataque cardiaco que lo obliga a retirarse del mando. Escoger su reemplazo se volvió un obstáculo, por tener el carácter de designado el expresidente Eduardo Santos, a quien era necesario destituir, como en efecto se hizo, por un decreto. Equivocación, lo lógico hubiera sido escoger un nuevo designado por el Congreso.

Quedaba entonces el interrogante de quién sería el elegido por el Congreso, y ahí también se incurre en una nueva equivocación. Alzate Avendaño tenía las mayorías parlamentarias, pero la recomendación de la familia del Presidente era designar a Roberto Urdaneta Arbeláez, y así se hizo. Ese nombramiento dejó en la memoria del doctor Alzate una amargura que cobraría por ventanilla el 13 de junio.

Tampoco se puede pasar por ahí, rapidito, por el episodio de la violación de los derechos humanos de don Felipe Echavarría, señalando que fuera una disculpa que se encontró el presidente Gómez para destituir a Rojas.

Al año de su mandato sufre un ataque cardiaco que lo obliga a retirarse del mando

¿Disculpa? Toda una estrategia absurda de una presunta conjuración para matar a Rojas Pinilla, a Gilberto Alzate y otras personalidades de la vida pública, diseñada, era la presunción de sus captores, por un respetable empresario radicado en los Estados Unidos.

¿Por qué, preguntó Abelardo Forero Benavides, quien hacía parte de los amenazados, se ordenó por el Ministerio de Gobierno una vigilancia tan estricta de las personas que figuraban en la lista de Echavarría? ¿Podía creer sinceramente el gobierno en esa farsa cómica? Entonces, ¿por qué esa vigilancia fue mantenida hasta el 13 de junio?

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Para Forero Benavides era claro que “la risible y misteriosa patraña” era conocida en sus lejanos fines, en esas dependencias del Estado. El señor Echavarría pasó a manos del G2, organismo que dependía del general Rojas y sobre el cual “no tenía control ni el presidente Urdaneta Arbeláez ni el Presidente titular Gómez”. Y concluye Forero: “Por obra de su prisión y de su TORTURA (Echavarría), el 13 de junio se convirtió en una novela”.

No es cierto que el presidente Urdaneta intentara sustituir a Rojas en el comando de las Fuerzas Armadas y alejarlo del país. Urdaneta consideraba a Rojas su sostén y su respaldo.

No es cierto que Rojas Pinilla fuera la esperanza para el liberalismo al declarar: “No más sangre, no más depredaciones en nombre de ningún partido político. No mas rencillas entre los hijos de la misma Colombia inmortal”.

¿Si era Rojas el que venía gobernando tras bambalinas, cómo iba a ser el salvador de lo que los liberales llamaban el régimen del terror?

Esa fue la verdadera razón por la cual la luna de miel no duró mucho. Y, por sobre todo, la explicación para que años más tarde el jefe del liberalismo, Alberto Lleras Camargo, se pegara la ‘rodadita’ a Europa en búsqueda de Laureano Gómez para perfeccionar un acuerdo que permitiera restablecer el orden constitucional, roto en la Asamblea Constituyente cinco días después del golpe.

Así lo señaló más tarde el constitucionalista Alfonso López Michelsen, quien demostró en carta desde México que a Rojas se lo debía juzgar en una Corte especial distinta al Congreso porque nunca había merecido el título de Presidente, carente de legitimidad.

De la misma manera, fue una equivocación mayúscula de los amigos de Laureano Gómez el cálculo de creer que contaban con la mayoría en la Asamblea Nacional Constituyente que se reuniría la semana siguiente a la destitución de Rojas. Todo salió mal en esa fecha para el país.

Se equivocaron los que estuvieron en escena y ‘el pato’ lo pagó el país.

ALBERTO CASAS SANTAMARÍA
Exministro de Cultura, de Comunicaciones y periodista.
PARA EL TIEMPO

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