Belisario Betancur: una vida extraordinaria de 95 años

Belisario Betancur: una vida extraordinaria de 95 años

La trayectoria del expresidente demuestra lo que la entrega al conocimiento logra en un individuo.

Belisario Betancur

Belisario buscó su trascendencia interior en las actividades culturales, en la poesía y en la literatura, entre otras actividades.

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Martín García / Archivo EL TIEMPO

Por: Carlos Caballero Argáez
09 de diciembre 2018 , 09:22 p.m.

La vida de Belisario Betancur merece ser conocida por todos los colombianos. Fue extraordinaria. No solamente por alcanzar la Presidencia de la República y dar ejemplo al país en su comportamiento como expresidente. Su trayectoria vital demuestra lo que la inteligencia, la audacia, la educación y la entrega al conocimiento logran en un individuo.

Belisario Betancur nació en una de las veredas de Amagá, cerca del morro de la Paila. Su padre era pobre de solemnidad, por lo cual el niño Betancur vivió en la casa de sus abuelos maternos, un “poquito más acomodados”, según su propio relato. Aprendió a leer a los cuatro años, aun antes de que lo matricularan en la escuela pública, y desarrolló una prodigiosa memoria que le permitió recitar en público desde muy niño y hasta sus últimos días. Gracias a un tío que estudiaba para misionero, fue a dar al Seminario de Yarumal, donde aprendió griego y latín y se destacó como estudiante. Allí dio muestras de su temprana rebeldía y fue expulsado. Terminó su bachillerato en la Universidad Bolivariana de Medellín con una beca de interno, que ganó en un concurso para estudiantes pobres.

Allá mismo, en la Bolivariana comenzó estudios de Arquitectura, pero muy pronto sus profesores se dieron cuenta de la vocación periodística y política de Betancur, por lo cual le sugirieron transferirse a la facultad de Derecho. A lo largo de sus estudios, Belisario practicó el periodismo; comenzó a hacerlo en la revista de la universidad y continuó en ‘El Colombiano’ y en ‘La Defensa’, un periódico del Directorio Conservador de Antioquia. De tal manera que, al graduarse de abogado, Betancur era ya un intelectual y un político.

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Al poco tiempo de ejercer como abogado en Medellín, fue llamado desde Bogotá para una entrevista con los nuevos dueños de la revista ‘Semana’, Hernán Echavarría y Mauricio Obregón, quienes supieron de la existencia de un joven antioqueño que escribía muy bien. Betancur los descrestó con su facilidad para redactar toda suerte de notas periodísticas y fue contratado, por lo cual se trasladó a Bogotá con su familia; ya estaba casado con Rosa Helena Álvarez y había nacido su hija Beatriz.

La facilidad para escribir de Belisario se divulgó rápidamente en la capital, razón por la cual, un buen día, el presidente de la República, Laureano Gómez, lo ubicó y lo invitó a almorzar. Betancur no creyó inicialmente que quien lo buscaba era el mismo presidente. En el almuerzo le ofreció la subdirección o la codirección, con Álvaro Gómez, de ‘El Siglo’. No aceptó. Le dijo al presidente que el periódico le parecía muy malo. Pero estuvo de acuerdo en escribir editoriales ‘atemporales’ y ‘aespaciales’ para aliviar la carga del director. Ahí nació una relación con Laureano Gómez que resultó fundamental en su carrera política. En la Asamblea Constituyente lideró el famoso ‘Batallón Suicida’, que se opuso a la dictadura del general Rojas Pinilla, lo que le valió ir más de diez veces a la cárcel.

Muy pronto sus profesores se dieron cuenta de la vocación periodística y política de Betancur, por lo cual le sugirieron transferirse a la facultad de Derecho

Al término de la dictadura, Belisario era ya un político importante en el partido Conservador. Tanto que Gómez le encargó el lanzamiento de la candidatura presidencial de Alberto Lleras Camargo en el Club Unión de Medellín, donde los conservadores no lo bajaron de traidor a su partido.

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Con el Frente Nacional, Betancur llegó al Congreso de la República y, al perder las elecciones de mitaca el laureanismo frente al ospino-alzatismo en 1960, Lleras Camargo lo nombró ministro de Educación. Pero cuando iba a posesionarse decidieron, con el otro ministro laureanista recién designado en la cartera de Gobierno, Hernando Carrizosa Pardo, entrar al Capitolio a despedirse de sus colegas y encontraron un pésimo ambiente frente al presidente Lleras, razón por la cual, al llegar al Palacio, Belisario le dijo a Lleras Camargo que era mejor que no lo posesionara, que le podría servir mejor al gobierno desde el Congreso. Sería ministro de Trabajo dos años más tarde, cuando el presidente Guillermo León Valencia lo incluyó en su primer gabinete como ministro del Trabajo. Antes de la elección de Valencia, Belisario fue uno de los precandidatos presidenciales en una lista de numerosos conservadores lanzada por Laureano Gómez.

En los años en que no estuvo activamente involucrado en la actividad política, Betancur ejerció su profesión de abogado y su oficio de librero en Tercer Mundo, una editorial y una librería fundada por él, que fue muy importante en Colombia y publicó títulos de política, economía y asuntos internacionales de gran impacto en la segunda mitad del siglo XX.

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En 1970, Betancur fue candidato presidencial en la elección del 19 de abril, compitiendo con Misael Pastrana Borrero y Evaristo Sourdís dentro del partido Conservador y con el general Rojas Pinilla. Quedó de tercero después de Pastrana y de Rojas. Ya desde 1968, algunos amigos, entre ellos los Gómez Hurtado –Álvaro y Enrique–, le habían mencionado que podría aspirar a la Presidencia, tras un discurso sobre el subdesarrollo que pronunció Betancur durante la visita del papa Paulo Sexto a Bogotá.

En 1975, el presidente Alfonso López Michelsen nombró a Belisario embajador en España y en los Emiratos Árabes Unidos. Fue entonces, el último de los embajadores en presentar credenciales al general Franco. En España hizo amistad con los viejos y los nuevos políticos al restaurarse la monarquía y la democracia, entre ellos el rey Juan Carlos y Felipe González. También con intelectuales y empresarios.

De España regresó a Colombia para aspirar a la Presidencia en 1978. Ganó la candidatura en una convención conservadora que no solamente unió al partido sino que autorizó la conformación de un movimiento nacional, que incorporó gentes de otras tendencias políticas. La elección de 1978 fue muy reñida y Betancur perdió por muy pocos votos frente al liberal Julio César Turbay. Y en los siguientes años recorrió el país para promover una nueva candidatura, la de 1982, en la cual compitió con el expresidente López Michelsen y con Luis Carlos Galán, que fue exitosa y lo llevó a la Presidencia el 7 de agosto de 1982. Algunos todavía recuerdan el ‘Sí se puede’ de Betancur, de gran acogida entre los electores.

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Su gobierno fue innovador, pero estuvo lleno de dificultades. Diez días después de su posesión, el Gobierno de México anunció a la banca internacional que no podía pagar su deuda externa, lo que desató la crisis de la deuda latinoamericana que habría de extenderse hasta finales de la década. Y que dio lugar a la ‘década perdida’ de América Latina. El crédito para Colombia se cerró completamente y el país comenzó a perder reservas internacionales. Además, pocos meses antes de que Betancur asumiera la Presidencia explotó en Colombia una crisis financiera que llevó a la liquidación de varios bancos comerciales y a la intervención, por parte de la Superintendencia Bancaria, del Banco de Colombia y del Grupo Grancolombiano.

Fue necesario un ajuste fiscal, monetario y cambiario en 1984, 1985 y 1986 para restaurar la economía. Y Colombia fue el único país de América Latina que no reestructuró su deuda externa, algo que menciona en sus memorias el expresidente del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, Paul Volcker, cuyas sugerencias al ministro de Hacienda de la época, Roberto Junguito, fueron claves para el manejo de la política económica.

Mientras todo esto sucedía, el presidente –quien respaldó al equipo económico– enfrentaba asuntos como el terremoto de Popayán en 1983, el asesinato de su ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, las vicisitudes del proceso de paz con el M-19, el liderazgo del Grupo de Contadora para buscar la paz en Centroamérica, la recuperación de la autosuficiencia petrolera con el descubrimiento del yacimiento de Caño Limón, la construcción del oleoducto a Coveñas y la autorización por el Congreso de la elección popular de los alcaldes. Todo lo cual, infortunadamente, habría de terminar en la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 en noviembre de 1985 y la avalancha, una semana más tarde, que barrió del mapa la población de Armero y acabó con la vida de 25.000 personas. Antes de finalizar su mandato, Betancur recibió en Colombia al papa Juan Pablo II. Fueron unos días de actividad frenética, pero de remanso para el alma conturbada del presidente.

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Entre agosto de 1986 y el 7 de diciembre de 2018, Betancur ejerció la más maravillosa de las magistraturas de la que tenga recuerdo la Nación: la de expresidente. A él se aplicó bien aquello de que estuvo por encima del bien y del mal. Nunca aspiró a volver a la Presidencia; intervino en política para intentar la unión de los colombianos y fue un permanente promotor de la paz. Buscó su trascendencia interior en las actividades culturales, en la poesía, en la literatura, en sus contactos con los intelectuales de Colombia y del exterior. Se hizo acreedor de varios premios y doctorados ‘honoris causa’ de gobiernos y universidades extranjeras. Fue miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales y amigo de todos los pontífices. Con su segunda esposa, Dalita Navarro, se convirtieron, además, en los padrinos de Barichara, Santander.

Lo llevó a la Presidencia el 7 de agosto de 1982. Algunos todavía recuerdan el ‘Sí se puede’ de Betancur, de gran acogida entre los electores

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Con Diego Pizano Salazar, quien se desempeñó durante los cuatro años de la administración Betancur como secretario económico de la Presidencia, entrevistamos al presidente Betancur durante más de tres años para elaborar un libro sobre su vida y sus ideas, que se encuentra en la última etapa de edición. Tristemente, nuestro amigo Betancur, con quien nos reunimos periódica y placenteramente en su apartamento, no alcanzó a ver este libro, aunque lo tituló y escogió la pintura de David Manzur que irá en su carátula. Muchas veces, a lo largo de las conversaciones, el presidente se preguntaba si lo que nos contaba era producto de su imaginación o había ocurrido en la realidad. Le costaba trabajo creer que un campesino de las montañas de Antioquia había llegado a la Presidencia y logrado tantos honores en su vida. Diego y yo, maravillados, lo interrogamos, lo escuchamos y lo grabamos.

Afortunadamente, han quedado para la historia esos testimonios de un colombiano ejemplar. Ojalá las nuevas generaciones crean que, como en el caso de Belisario Betancur, en el país “sí se puede” llegar lejos con base en la educación, en la inteligencia, en la ambición, en la contraposición de las ideas, en las buenas maneras, en la asimilación de la cultura y en la visión de que, así sea de manera gradual, es posible avanzar hacia mejores niveles de bienestar humano. Porque Betancur fue un humanista y, como lo escribió Gabriel García Márquez, “un poeta que se extravió en la política”. Para bien de Colombia.

CARLOS CABALLERO ARGÁEZ*
Para EL TIEMPO
* Escritor y columnista

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