Memorias de una ‘comunista’ del Chicó

Memorias de una ‘comunista’ del Chicó

Clara Nieto prepara un libro de su vida, en el que abarca casi un siglo de más mieles que amarguras.

Memorias de una ‘comunista’ del Chicó

En 1986 su nombre ocupó un renglón en una lista de unos veinte amenazados de muerte por los paramilitares que acabaron con casi todos los miembros de la Unión Patriótica.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
14 de mayo 2019 , 08:53 p.m.

"Tía Clarita”, así la llaman con frecuencia. Ella, como miembro de una familia bogotana grande, con parentela cercana, mediana y lejana, ha dado su autorización. Se ha popularizado tanto este mote que personas que no son ni Nieto ni Calderón ni Umaña, pero sí relacionadas de toda una vida, terminan nombrándola así para remarcar su cercanía.

Clara Nieto nació en Bogotá, en una céntrica, bella y enorme casa en la calle 17 con carrera 7.ª, a las seis de la madrugada, en los años veinte del siglo pasado, anunciando con sus agudos gritos que no pasaría desapercibida.

Su padre fue Luis Eduardo Nieto Caballero, liberal de los de antes, periodista, político, diplomático, pero sobre todo un ciudadano que ejerció enorme influencia sobre los presidentes (más los liberales) y sobre candidatos como Jorge Eliécer Gaitán. Se lo conoció como Lenc, así firmaba sus columnas.

“Al funeral de mi padre fueron como sesenta mil personas, o eso decían las crónicas que salieron en la prensa nacional y en la regional. El cementerio Central repleto, taqueado de gente de todas las clases sociales. Amó a Colombia de forma profunda. Toda la vida la dedicó a resaltar la importancia del país. El Banco Popular publicó cinco volúmenes sobre su vida, con introducciones de grandes hombres como Germán Arciniegas, Luis Carlos Galán…”.

Al funeral de mi padre fueron como sesenta mil personas, o eso decían las crónicas que salieron en la prensa. El cementerio Central repleto. Amó a Colombia de forma profunda

Su madre, María Calderón Umaña, una de las más bellas mujeres, siempre acompañó a su marido en su nutrida vida social y en los diferentes cargos diplomáticos. Sería ella de las primeras mujeres en participar en política partidista. Apoyó a Enrique Olaya Herrera en su campaña para devolverle el poder al Partido Liberal, después de la Hegemonía Conservadora. Su hermana mayor es la periodista Lucy Nieto de Samper, quien creció a su lado, compartiendo cuarto y heredándole, en muchas oportunidades, la ropa. Por haber vivido juntas los primeros quince años de sus vidas, son muchos los recuerdos que comparten, unos maravillosos y otros no tanto.

La reconstrucción de la vida de Clara Nieto se funde en períodos con la historia de la Nación. Si bien la suya ha sido una existencia afortunada por haber nacido en el seno de una familia muy distinguida, no toda ha sido caminar por un jardín de rosas. Vivió etapas complicadas, sobre todo por su carácter vertical que no da su brazo a torcer con facilidad y que ha preferido –casi siempre– hacer parte de ese pequeño grupo de los ‘comunistas del Chicó’, haciendo alusión a personas de izquierda de la clase alta de Bogotá.

La idea

Sería su gran amigo, el corresponsal de The New York Times en Washington Tad Szulc, (uno de los primeros biógrafos de Fidel Castro) quien le diría, hace unas tres décadas, después de haberla oído hablar sobre su separación y sus primeros años en la diplomacia colombiana, que valía la pena que escribiera su autobiografía. En ese momento, a Clara Nieto le pareció que era demasiado prematuro.

En los últimos meses del año pasado, creyó que había llegado la hora de ponerse a la tarea de armar un relato que recogiera su existencia y comenzó a desempolvar viejísimos recortes de periódicos, que tiene apilados por los rincones de su casa; fotografías amarillentas en pesados álbumes y recuerdos de infancia, adolescencia, que guardaba sin llave y fueron aflorando a medida que se empeñaba en recrear esos años.

“Yo sí he estado en mucha vaina interesante, importante, ¿por qué no lo cuento?, me dije, y comencé a refrescar momentos de esos remotos años”. Muchos de los cuales Clara Nieto me ha compartido antes de que entren a la imprenta para ser publicados en un libro, por Icono Editorial.

Años de infancia con unos padres muy activos en la vida pública, pero lejanos en la familiar. Distantes, de caricias medidas. Serían las nanas, las niñeras, sirvientas –las llamaban así en esos días–, quienes compartían con ella y su hermana todas las horas. Clara Nieto odió a muchas de ellas, tal vez porque las responsabilizaba de alejarlas de los padres amados.

Entró a estudiar al colegio de las señoritas Montaña, las hermanas del conspicuo dirigente comunista Diego Montaña Cuéllar, y recuerda entre divertida y furiosa que casi todas las semanas la esperaba Álvaro Guarín, hijo del embajador de Bolivia, con quien se transaba en una pelea de boxeo, que tenía como ring las calles sin pavimentar de esa fría e inhóspita Bogotá de los años treinta. No se acuerda del motivo ni de la razón de tales peleas a coscorrones, pero sí que hubo muchos encuentros pugilísticos, eso no lo ha podido olvidar, ni lo sucia y amoratada que llegaba a casa, por lo que su nana la metía en la tina de agua caliente y le negaba las onces.

Resiente que sus padres no le hubieran hecho caso de matricularla en los colegios francés o alemán, sino en el Gimnasio Femenino, que si bien era muy exclusivo, no se caracterizaba por la enseñanza de idiomas, lo que le tocó hacer en su juventud por cuenta propia.

Memorias de una ‘comunista’ del Chicó

Clara Nieto en Naciones Unidas. Un canciller, amigo de su padre, la nombró diplomática primero en Nueva York y luego en Washington.

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Archivo particular

Alianza desastrosa

A los veinte años, Clara Nieto se casa con Antonio Ponce de León Jimeno, un joven, como ella, de la exclusiva sociedad, pero borracho y jugador, con quien tuvo cinco hijos, que fueron, y son, su alegría más grande.

Comenzó a trabajar primero como decoradora de interiores, después como redactora de la crónica social en El Espectador y luego, en este diario, donde además escribió columnas de opinión. Una sobre un hecho de violencia intrafamiliar, de los primeros en ventilarse de manera pública.

La política le hizo su primer llamado. Era época de la dictadura de Rojas, con siete meses de embarazo de su última hija, se le ocurrió organizar una respuesta pública al dictador Rojas. En una reunión de mujeres en su casa paterna les propuso a amigas, parientas y relacionadas salir a protestar por el cierre de EL TIEMPO, por la carrera 7.ª, y las presentes se entusiasmaron. Así que muy rápidamente montaron la marcha para el otro día, que pasaría a la historia como la primera protesta de las señoras bien de Bogotá, eso sí custodiadas, desde las aceras, por maridos y padres, a los que les parecía desatinado dejarlas solas.

Susana Olózaga de Echavarría, quien marchó a su lado, le dijo una frase imposible de olvidar: “Clara, tú tienes mucho de Bolívar, pero mucho de bruta. ¿Cómo se te ocurre meterte en estas cosas con esa barrigota?”. Como tampoco ha borrado la imagen de una de las oradoras más virulentas, Isabelita Restrepo de Torres, la mamá del padre Camilo Torres. La protesta fue disuelta con tanques de guerra que mandó sacar el general Rojas Pinilla y con chorros de agua que arruinaron los peinados de las señoras y estropearon los sastres de paño inglés que usaban.
“Papá escribió: ‘Es la entrada de la alta sociedad femenina de nuestra capital a la historia’ ”, recuerda Clara Nieto.

Armó revuelo

Con el paso de los años, Clara Nieto decidió separarse. Herejía total. Su madre le dijo que ella no podía hacer eso, que las mujeres de su clase no dejaban al marido, que tenía que aguantar y callar.

No acató esas indicaciones. Con osadía pensó que se tenía que ir a vivir a Estados Unidos con sus hijos, a recomenzar la vida. No tenía pasaporte. En esos años, el marido era el que daba autorización a su esposa e hijos para poder viajar. Entonces, ella se fue a hablar con monseñor Emilio de Brigard, capellán de su colegio, a quien denominaban el Doctorcito. No fue necesario entrar en detalles. Lo sabía todo. Bogotá era un pueblo grande y la vida privada de los privilegiados era compartida por los pocos que la formaban.

El monseñor escribió una carta al Ministerio de Relaciones Exteriores solicitándoles que les expidieran el pasaporte a Clara Nieto y a sus cinco hijos. Un día partió feliz, documentada y como corresponsal de EL TIEMPO. Pasarían muchos años para que la separación se hiciera legal. Lo pudo hacer en México, en un episodio que relata con gran jocosidad.

Entre sus trabajos periodísticos y ventas de ropa, con unas caleñas, transcurrieron esos primeros años en la capital del mundo. Hasta que un canciller, amigo de su padre, la nombró diplomática, primero en Nueva York y luego en Washington. Fue la mejor década de su vida porque su labor principal fue la de organizar los archivos de las sedes diplomáticas, lo que hizo con seriedad y dedicación: estudiando cada documento, aprendiéndose las resoluciones y buscando información adicional sobre algunos de los temas que no entendía. Ahí hizo su pregrado en Relaciones Internacionales.

Ingresó con sigilo y sin demasiados pergaminos en el mundo de la diplomacia, en el que se quedaría muchos años. Más adelante sería embajadora en la grande y poderosa Yugoslavia de Tito y en la Cuba que seguía siendo la sociedad idealizada de casi todos los revolucionarios del mundo, incluida ella. Ahí se ganó fama de comunista. Y sería por esos cargos, y por algunas declaraciones públicas, por lo que en 1986 su nombre ocupó un renglón en una lista de amenazados de muerte, en la que figuraban unas veinte personas. Los responsables eran los primeros paramilitares que acabaron con casi todos los miembros de la Unión Patriótica. La condenaban por haber sido embajadora en Cuba y por sus amistades poco recomendables, así se leía. Su nombre apareció junto al del médico Héctor Abad Gómez y de Jaime Pardo Leal, a quienes asesinaron con meses de diferencia.

Esa amenaza y las reiteradas alusiones a su militancia en el ala liberal más izquierdista, así como sus columnas de opinión en El Espectador, El Mundo y en otros proyectos periodísticos como en el semanario Zona, dirigido por Ramón Jimeno, de corta existencia, la han hecho sobresalir como periodista independiente que aboga por la paz y desprecia la guerra y a los guerreros.

Sus comidas y almuerzos en su apartamento del norte de la ciudad, atiborrado de libros, fotos, revistas y algunos objetos de los sitios en los que vivió o recorrió, son memorables. Allí ha mezclado a cantantes, músicos y escritores cubanos, a periodistas de distintos continentes y dirigentes de la izquierda latinoamericanos con colombianos amigos o tan solo conocidos que disfrutan de su distinguida anfitriona y de ese notabilísimo grupo de intelectuales, como en las famosas tertulias de otras épocas, casi siempre auspiciadas por damas como Clara Nieto.

Una vez se pensionó se dedicó por completo a la escritura. Ha publicado dos libros: Los amos de la guerra y la guerra de los amos, Uniandes-Cerec (1999), sobre la política exterior de Estados Unidos, en el siglo XX, en América Latina, y Obama y la nueva izquierda latinoamericana (2011), con Ediciones B.

Relatar no es delatar

Y si bien es cierto que el ejercicio en el que está empeñada le ha dado la posibilidad de escribir en profundidad sobre su vida diplomática, periodística y familiar, ha dejado de lado algunos episodios. “Más bien hay muchas cosas que no quiero contar. Que son escandalosas. Algunos amores. No me parecía bueno ventilar asuntos demasiado privados que creo no son indispensables”.

Y, con la sinceridad que la caracteriza, opina que no busca convertir su libro en el más vendido. “Más que la gente lo lea, que yo saque a la luz mi vida, es una cuestión muy personal, casi íntima. Me movió la idea de dejar mi recuerdo. Esa vida muy especial que he tenido la dicha de vivir. Aspectos salidos de lo normal”.

Para terminar, expresa: “De la violencia que hemos vivido y seguimos padeciendo, lo que más me ha dolido y enfurecido, día tras días, es la posición de Uribe. Le hace un gran mal al país su odio y su inclinación guerrerista y camorrera. Me revienta oírlo todos los días, verlo, leerlo”.

Su autobiografía hará las delicias de muchos y, por lo que se deduce de lo que contó, descorrerá el velo sobre la intimidad de esos pocos que creemos que solo ríen y nunca lloran.

MYRIAM BAUTISTA
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