Belisario: el largo camino desde Amagá hasta la historia de Colombia

Belisario: el largo camino desde Amagá hasta la historia de Colombia

Se comprometió con la paz: en su posesión anunció que no se derramaría una sola gota más de sangre.

Largo camino desde Amagá hasta la historia de Colombia

El expresidente Belisario Betancur, genio y figura, muestra su temple en una novillada. La poco conocida imagen es del ya fallecido reportero gráfico Manuel Hache.

Foto:

Manuel Hache / EL TIEMPO

Por: Alfonso Gómez Méndez
20 de diciembre 2018 , 07:06 p.m.

Con entera justicia, muchos de quienes tuvieron la fortuna de estar muy cerca del presidente Belisario Betancur, a raíz de su fallecimiento han resaltado los aspectos más notables de tan subyugante personalidad, así como los atinentes a su accidentada y meritoria vida pública, sin olvidar una arista que lo distancia mucho del político colombiano promedio: su permanente preocupación por asuntos del espíritu, el arte y la cultura.

Con mis propias limitaciones, aquí pretendo hacer parecido ejercicio, pero desde el ángulo de quien, si pudo coincidir con él en algunos ámbitos de la vida, no fue ni su amigo personal, ni su correligionario político ni su subalterno administrativo.

El hombre

Tal vez lo más admirable de este colombiano excepcional fue su trayectoria personal. En un país donde lo usual es que todo se herede –fortuna, privilegios, relaciones de poder, influencias, candidaturas políticas– se requieren determinación, temple, disciplina de estudio, cierta forma de atrayente personalidad para que el hijo de un arriero haya escalado, sin arribismos ni genuflexiones, todos los escalones de la vida pública hasta alcanzar el solio de Bolívar.

Nadie habría creído, en los albores de nuestra democracia, que por peripecias del destino terminara siendo cuasi realidad la que se consideró estrambótica idea del Libertador de consagrar la presidencia hereditaria. Una somera revisión histórica muestra que en distintas épocas abuelos, padres, hijos, hermanos, primos, sobrinos y nietos ejercieron la presidencia de Colombia: de hecho, uno nació en Palacio y otros gatearon en las alfombras de la sede presidencial.

En una de las ocasiones (1974) en que buscó la jefatura del Estado, al precandidato Betancur debió de llamarle la atención que los más opcionados serían los hijos de Laureano Gómez –a quien tanto admiró y defendió, a riesgo de la cárcel–, de Alfonso López Pumarejo –a quien después derrotaría siendo gran amigo personal– y de Rojas Pinilla, a quien combatió muy joven y a cuya hija María Eugenia luego designaría gerente del Instituto de Crédito Territorial para desarrollar su programa bandera de “casas sin cuota inicial”.

En la Asamblea de la ONU recibió sonora ovación cuando, emocionado, recordó que pertenecía a una familia que en la infancia no conoció ni agua potable ni luz eléctrica, que anduvo descalzo y que varios de sus numerosos hermanos murieron del entonces llamado cólico miserere, típica enfermedad de la pobreza.

Me impresionó mucho saber ahora que él y yo nos hicimos recibir en la escuela pública antes de cumplir los siete años, tras haber aprendido a leer y escribir en la casa, en una época en que los niños solo eran admitidos cuando no había prekínder, ni kínder, ni estimulación temprana ni terapias de ninguna clase.

Como pudo, imagino que más por pobreza que por vocación, ingresó al seminario, sin llegar a ordenarse de sacerdote. De esa religiosidad ‘forzada’ le quedó no solo un aire de cura, notorio en discursos o conversaciones estilo púlpito o confesionario, sino la disciplina del estudio, el conocimiento del griego y el latín, que después le permitirían leer los clásicos y conversar en estas lenguas con cardenales y papas.
A menudo contó cuanto tuvo que hacer –dormir en parques, comer a medias, trabajar en bares, dictar clases– para terminar sus estudios, qué ironía, en la Universidad Pontificia de Medellín, donde sacó sus garras de avezado político conservador. Su tesis de grado fue ‘El orden público económico’, y, curiosamente, muchos años después, como presidente aplicaría el estado de emergencia económica y social, desarrollo de la reforma constitucional de 1968, impulsada por Carlos Lleras y Alfonso López Michelsen.

Por origen, Belisario –así llamado, como Laureano, solo por su nombre– siempre tuvo la sensibilidad social a flor de piel. Siendo conservador ortodoxo, nunca dejó de agitar las banderas de la igualdad social. En cierta forma seguía la doctrina social de la Iglesia contenida en encíclicas como Rerum novarum y Populorum progressio. Su acercamiento a las clases populares jamás fue acto de hipocresía populista, sino salido de sus más profundas convicciones.

Siempre admiré que, después de Marco Fidel Suárez –su paisano antioqueño–, fuera el único colombiano pobre en su infancia que sin herencia alguna hubiera llegado a la Presidencia por mérito propio. Cuando compartí con él la junta directiva del Museo Gaitán, convocados por Gloria, la hija del caudillo, aprecié su trato amable y su envolvente forma de ser. Por incomprensible designio, días antes del holocausto del Palacio de Justicia, mi maestro Reyes Echandía me contó cuánto lo había sorprendido la exquisita personalidad de Belisario, notable durante un viaje oficial compartido a San Gil: ¡en ese momento, ninguno de los dos pudo imaginar siquiera que veinte días después, una pavorosa hecatombe los pondría en lugares y encrucijadas tan distintos!

En nuestros encuentros, pese a conocidas diferencias, fue el mismo hombre afable y amigable que transmitía bondad, como cuando le comenté que tomaba clases de tango con sus hijas y Helenita Vargas; cuando la reconciliación con la familia Reyes en Ibagué, o, la última vez, cuando se descubrió su óleo en la Academia de Jurisprudencia y los asistentes quedamos, literalmente, descrestados por su lucidez, conocimientos de historia y filosofía y su sentido del humor.

El político

La carrera política –abarrotada de tropiezos– la comenzó muy joven, siendo conservador laureanista de racamandaca, como diputado a la Asamblea de Antioquia y representante a la Cámara, en plena confrontación partidista. Perteneció a la llamada Generación del 47, año en que sus miembros llegaron a esa Cámara viviendo terribles episodios como el asesinato de Gustavo Jiménez y el cierre del Congreso en el gobierno de Ospina Pérez. Se rebeló contra Rojas Pinilla en el seno de la Asamblea Constituyente, curiosamente creada por Laureano, pero que terminó legitimando el golpe en su contra.

Hizo parte del Batallón suicida, hecho que lo llevó hasta la cárcel, de donde lo sacó el gran jurista Bernardo Gaitán, su ministro de Justicia y como tal autor de la Ley 35 de 1982, que hizo posible el proceso de paz con los acuerdos de la Uribe, quizás el principal legado del gobierno Betancur por cuanto significó de lucidez en la búsqueda de la paz.

Ya en el Frente Nacional, fue una especie de ‘consentido’ de sus forjadores, Alberto Lleras, Laureano Gómez y Guillermo León Valencia. Restablecido el sistema democrático, fue senador, ministro, embajador, candidato y presidente.

Como si de algún modo lo persiguiera la tragedia política, como ministro del Trabajo en el mandato de Valencia le correspondió afrontar la masacre de Santa Bárbara, donde murieron varios obreros. ¡Qué doloroso debió de ser para él, acérrimo defensor de las causas obreras!

Por esa época comenzaron sus candidaturas y sus empresas intelectuales y editoriales, como la creación de Tercer Mundo y su incursión en el universo bancario, cuando Jaime Michelsen Uribe lo nombró en uno de los interregnos políticos presidente de la Anif.

Como el tesón nunca le permitió desfallecer en su carrera a la jefatura del Estado, cuando finalmente la logró, candidatizado por Valencia, las gentes asociaban sus apellidos –Betancur Cuartas– con esa cuarta ocasión.

El gobernante

La elección del 19 abril de 1970 seguirá siendo controvertida. El ‘establecimiento’ se dividió entre Pastrana, Betancur y Evaristo Sourdís, pero una hábil jugada del expresidente Ospina produjo la candidatura de Pastrana. Como no había doble vuelta, ‘casi’ gana Rojas Pinilla.

En 1982, el varias veces precandidato Álvaro Gómez, al advertir que su nombre sería de nuevo derrotado mientras Belisario había logrado amplia aceptación con un movimiento “nacional” que incluía conservadores, liberales y otros sectores, le dijo en la convención: “Doctor Belisario Betancur: en sus limpias manos entregamos lo que nos va quedando de esperanza”.

Por muchas razones, la llegada de Betancur al poder significó un quiebre en la política colombiana. Fue quien instauró la costumbre de posesionarse no en el Salón Elíptico sino en la plaza de Bolívar.

En el fondo hizo una especie de frente nacional con conservadores y liberales disidentes. En una campaña exitosa, logró llegarles a los jóvenes, los sindicatos y sectores populares. Contra cuanto se ha repetido, el eslogan ganador –‘Sí se puede’– no se refería a la paz, sino a las casas sin cuota inicial. Quien había hecho de la paz su bandera de campaña era el candidato derrotado, López Michelsen. Ya vencedor, Belisario sí se comprometió plenamente con la paz: en su posesión anunció que no se derramaría una sola gota más de sangre colombiana.

En ese empeño se jugó todo su capital político, con absoluta sinceridad. Pero aquí, el destino trágico volvió a perseguirlo: mientras la toma guerrillera de una sede diplomática la resolvió de manera incruenta el gobierno de Turbay, al que asociaban con soluciones de fuerza, al de Betancur –el humanista, el poeta, el de la búsqueda de la paz– le tocó ser testigo, sin proponérselo, de la tragedia más grande después del Bogotazo, derivada de la estupidez política del M-19 y los excesos en el operativo de rescate: el holocausto del Palacio de Justicia.

Es claro que él nunca hubiera autorizado una acción que generara esas consecuencias. Creo que para Belisario tuvo que ser casi una tragedia griega. Un hecho que en la intimidad de su alma debió de lamentar hasta el final de sus días.

Una mala jugada del destino, como lo escribió Germán Castro Caycedo. Falta mucho por conocerse de ese horror.

Aparte de iniciar el arriesgado camino –entre serios problemas con la cúpula militar de la época– hacia la solución negociada del conflicto armado, Belisario fue un reformador. Acogió la idea de Álvaro Gómez sobre la elección popular de alcaldes, y su aplomado ministro de Gobierno, mi profesor Jaime Castro, la sacó avante adelantándose a la descentralización política de la Carta del 91, que también estableció las consultas populares a nivel local. Así mismo, avanzó en la descentralización administrativa. Aun cuando sin éxito, quiso solucionar el problema de vivienda para las clases populares y el de educación superior para la clase media.
Con sus alforjas plenas de logros, algunos desaciertos y malas jugadas del destino, el presidente Betancur ha entrado por la puerta grande a la Historia de Colombia.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ
Especial para EL TIEMPO

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