Una mirada personal al verdadero Iván Duque

Una mirada personal al verdadero Iván Duque

Brian Winter cuenta cómo conoció a Duque cuando colaboró con las memorias del expresidente Uribe.

‘Hoy le entrego mi vida a Colombia’: Iván Duque

‘Hoy le entrego mi vida a Colombia’: Iván Duque

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Presidencia

Por: Brian Winter
14 de agosto 2018 , 08:35 p.m.

Siempre debe de ser extraño ver a tu amigo convertirse en presidente.

Pero debo confesar que es especialmente extraño con Iván Duque.

Me encontré por primera vez con el recién posesionado presidente de Colombia por una colaboración que hice años antes con un expresidente. Los que me leen habitualmente quizás saben que a lo largo de mi carrera periodística he trabajado como escritor fantasma para reconocidos personajes latinoamericanos. En 2006 ayudé a Fernando Henrique Cardoso a escribir 'El presidente accidental de Brasil'. En 2014, antes de que comenzara la Copa Mundial de la Fifa en Brasil, Pelé y yo publicamos 'Porque el fútbol importa'. Y en 2010 me ofrecieron el trabajo más retador de mi carrera: ayudar a escribir las memorias de Álvaro Uribe, quien había sido presidente de Colombia durante ocho agitados años.

En el mundo de amores y odios de la política latinoamericana, Uribe era –y es– una figura controvertida. Heredó un Estado al borde del fracaso: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) eran tan poderosas entonces que su posesión en 2002 se dio en medio de atentados que dejaron un saldo de 19 muertos y 60 heridos y obligaron a los invitados a correr por sus vidas. Al final de sus dos periodos presidenciales, la tasa de homicidios disminuyó en un 70 por ciento; los secuestros, en un 85 por ciento, y las Farc habían sido repelidas de todas salvo unas pocas áreas. La economía floreció, y la pobreza decreció casi hasta la mitad. Sin embargo, los años de Uribe también tuvieron un lado oscuro: el asesinato de incontables personas inocentes por miembros de las Fuerzas Armadas de Colombia que actuaban por su cuenta, el uso extendido de chuzadas telefónicas para espiar a opositores del Gobierno, entre otros numerosos abusos y escándalos. Al principio tenía mis dudas sobre el proyecto, pero sabía que se trataba de alguien que disfrutaba de un fuerte respaldo de las administraciones de Bush y Obama, alguien que terminaba su mandato con una aprobación del 80 por ciento y que, después de todo, tenía una increíble historia que contar. Respiré profundo, decidí mantenerme alerta y dije que sí.

Él es un joven muy capaz, y quiero que nos ayude con el libro

Aun así, con algo de nervios viajé a Washington D.C. para esa primera semana de entrevistas. Allí se encontraba Uribe, atendiendo una invitación de la Universidad de Georgetown. Para mi sorpresa, en la misma suite del Four Seasons estaba otro tipo, más o menos de mi edad (yo tenía 32 entonces): un colombiano que, me explicó Uribe, acababa de empezar a ayudarlo con otro proyecto, una investigación de las Naciones Unidas sobre el incidente de la flotilla de Gaza, antes ese mismo año. “Él es un joven muy capaz, y quiero que nos ayude con el libro”, dijo. Me pareció mala idea: las buenas entrevistas tienen un carácter confesional, y no por nada no llevas amigos cuando vas al psicoanalista. Pero, bueno... no es fácil decirle que no a un presidente, así que el joven ayudante se quedó.

Sí, se trataba de Iván Duque. Durante los próximos dos años, Iván estaría presente en casi todas las entrevistas y copiado en cada correo. Al principio parecía un clásico estudioso de Washington, con gafas y un poco nerd, pues había pasado toda su vida adulta trabajando en el D. C. para el Banco Interamericano de Desarrollo. Pero rápidamente comencé a considerar crucial su participación en el proyecto –incluso para mi propio bienestar–.

Uribe era un hombre de un talento extraordinario: tenía un gran sentido de misión, una memoria fotográfica y la habilidad de conectar con colombianos, especialmente con aquellos de esas zonas rurales largamente ignoradas por la clase política bogotana. Podía encontrarse con alguien por primera vez luego de diez años y recordar los nombres de sus hijos; una vez se sentó frente a un mapa de Colombia y me lo explicó durante cuatro (fascinantes) horas. Aun así, estas habilidades a veces podían hacer parecer a Uribe más un robot que un hombre; orgullosamente, él dejó a un lado toda actividad que no fuera política, y con deleite le contaba a la gente que la última película que había visto era El Llanero Solitario... la original, cuando era niño, en 1956. En este ambiente, Iván proporcionaba una refrescante presencia más normal, alguien que sabía que un buen rato va más allá de recitar de memoria el Gettysburg Address, el discurso más famoso de Abraham Lincoln. Al igual que yo, Iván había tocado en una banda de colegio y amaba el rock clásico. Algunas tardes salíamos por unas cervezas –él ordenaba un blue moon con una rebanada de naranja– y me escuchaba desahogarme sobre algún desafío con el manuscrito. Iván siempre fue leal a su jefe, pero también sugería soluciones calibradas para mantener a Uribe tranquilo y, al mismo tiempo, mejorar el libro.

Iván y yo vimos a este hombre con tantas cicatrices –que había visto morir asesinados a tantos amigos y seres queridos (incluyendo a su padre, en manos de las Farc, en 1983) y había sobrevivido él mismo a por lo menos 15 atentados– intentar reintegrarse a algo parecido a un mundo normal. Un día, con la determinación de convencer a Uribe de dejar su BlackBerry y mirar más allá del acontecer político en Colombia –empezaba el choque público con su sucesor, Juan Manuel Santos–, lo llevamos a pasear por Washington. Nuestra primera parada fue Five Guys, una cadena de hamburguesas, y mientras abríamos nuestra comida en el patio, Uribe miró al cielo y dijo: “Esta es la primera vez, desde 1986, que como al aire libre en un restaurante”. Luego fuimos al Cementerio Nacional de Arlington, con la idea de estimular el sentimiento histórico de Uribe. A la salida, tres hombres con gabardinas acechaban, mientras uno de ellos nos tomaba fotos. No teníamos guardaespaldas. Cuando nos subimos al taxi, Uribe preguntó angustiado: “¿Quiénes eran esos hombres, Iván? ¿Quiénes eran esos hombres?”. Nunca supimos.

En la recta final del libro, noté la confianza que se había establecido entre el expresidente y su joven aprendiz, producto quizás de las incontables horas que pasaron juntos durante un nuevo e incierto período en la vida de Uribe. Me pregunté: ‘¿Será? ¿Podría Iván estar encaminado a tener su propia carrera política con el apoyo de Uribe?’. Claramente, él amaba y entendía las complejidades de la política, estaba en su sangre: su padre había sido un reconocido gobernador. Pero Iván parecía demasiado moderno, lleno de mundo, muy distante del mundo de las Farc, de los narcos, ‘los falsos positivos’ y los varios horrores de la política colombiana contemporánea. ¿Podría interesarle todo eso a un tipo como él?

Tal vez algún día –recuerdo haber pensado–, pero no pronto.

Pasaron seis años, y de repente me encontré en un acto de campaña en Barranquilla mientras una banda coreaba: “Duque, Duque, ¡Duuuuuuuu-queeeeee!”. Faltaban diez días para la segunda vuelta, e Iván tenía una ventaja de dos dígitos sobre el candidato de izquierda, Gustavo Petro. Ahora de 42 años, el pelo de Iván se había encanecido abruptamente, y ya no utilizaba gafas. Fuera de eso, parecía el mismo de cuando trabajamos en el libro. Excepto que ahora, su rostro aparecía en vallas y carteles a lo largo del país como el candidato del partido del Centro Democrático de Uribe.

Incluso, Iván parecía un poco incrédulo cuando esa mañana abordamos un jet privado con asientos de cuero. “No te dejes engañar, este es el avión del ‘fin de la campaña’ ”, dijo entre risas. “Debiste haber visto en el que estábamos viajando hace dos semanas”.

¿Quién estaría realmente en el poder, el joven centrista o el viejo guerrero?

Me senté en una silla frente a él durante media hora, lo entrevisté prácticamente de la misma manera como lo había hecho con Uribe. La extrañeza de ese momento no parece haber pasado desapercibida para ninguno de los dos. Pensé haber visto formársele una sombra de decepción en la cara cuando empecé con la misma pregunta que todos en Colombia: “Si resultara elegido, ¿sería el títere de Uribe?”. Era una pregunta dura, pero, aun así, vital para entender lo que sería su presidencia. Sí, Iván había pasado los últimos cuatro años en el Senado, cultivando una sólida reputación como senador imparcial y de peso, tanto que en 2016 había sido elegido por sus colegas como el mejor senador. Pero el apoyo de Uribe había sido la clave de su vertiginoso ascenso. Yo sabía cómo era su relación tan solo unos años antes. ¿Era posible que hubiera evolucionado tanto en tan poco tiempo? ¿Quién estaría realmente en el poder, el joven centrista o el viejo guerrero?

“Yo siempre tuve claro que al candidato del Centro Democrático le iban a decir eso, fuera quien fuera”, respondió Iván enérgicamente. Dijo que lo de candidato ‘títere’ también les pasó a Santos y a Óscar Iván Zuluaga, los candidatos que respaldó Uribe en 2010 y 2014, respectivamente. Anotó que había ganado una primaria dentro del partido sin el apoyo explícito de Uribe, al igual que había sido elegido candidato en la consulta interpartidista. “Yo tengo claro que el presidente voy a ser yo, con mi equipo, con un gabinete que le responda al país. Y yo seguiré teniendo con el presidente Uribe la relación que tengo con él, de aprecio, de respeto, de escucharlo también, como lo hago con otras personas”.

Tenía sentido, pero no terminaba de convencer. Santos había sido ministro de varios gobiernos y tenía un respaldo político propio. Zuluaga había sido ministro de Hacienda. Insistí: ¿No le debería algo a Uribe que los demás no? “Él no funciona así, y yo tampoco”, replicó Iván en un tono equilibrado y decidido; “ni él es titiritero ni yo soy títere, y hay una relación de respeto. Yo he armado mi campaña y mi equipo como he querido. Tuve independencia absoluta para promover mis temas y mi agenda”.

Se acomodó en su silla y sonrió. “A nosotros nos tocó vivirlo cuando recién empezaba el gobierno de Santos. Primero, nunca sugirió a nadie para ningún cargo. Y luego, cuando Santos le consultó sobre decisiones, la respuesta de él siempre fue: ‘Usted es el Presidente, obre como a usted le parezca’ ”. Y, de hecho, esto es cierto, por lo menos hasta donde yo pude ver. “La distancia entre Santos y Uribe nunca fue porque Uribe quería dominar su gobierno o incidir de alguna manera –continuó Iván–, fue por diferencias ideológicas profundas”.

“¿Puede dar ejemplos de puntos concretos en los que usted y Uribe difieran?”. Citó el plebiscito de 2016 de Santos y el acuerdo de paz con las Farc. Ambos se opusieron, con el argumento de que era demasiado benévola con los líderes guerrilleros. Pero Uribe se inclinaba hacia alentar el partido a abstenerse de votar, mientras que Iván presionó por votar ‘no’. “No quisiera ufanarme de eso... Yo tomé la línea y logré imponerme”. En últimas, el ‘No’ prevaleció, un golpe del cual el proceso de paz aún no se recupera del todo. Iván también mencionó diferencias sobre medidas tributarias, subsidios, la manera como los congresistas son elegidos, y –con una sonrisa pícara– en el estilo de gobernar. “Uribe, a diferencia de lo que mucha gente cree, en el manejo del partido es más un anarquista que un autoritario. Él nunca dice ‘esto es así’, nunca. Siempre deja que el debate dure horas. Yo, en ese sentido...” –hace una pausa, buscando una palabra más diplomática–, soy más pragmático”.

Me río. Sí, ese era Uribe. “Sus críticos piensan que él es una institutriz de la Segunda Guerra Mundial, y no”, dice Iván moviendo la cabeza. “Es algo que he aprendido mucho de él, la paciencia en política es fundamental”.

El resto de la entrevista hablamos de asuntos más tradicionales. Prometió adoptar medidas más fuertes contra la abrupta alza en los cultivos ilegales de coca que ocurrió bajo el mandato de Santos, pero también habló de ‘desnarcotizar’ la relación diplomática entre Colombia y Estados Unidos y redirigir el foco hacia el comercio. También dijo que endurecería la relación con Venezuela, pero sin dejar de mostrar compasión por la gente que huye de su declive. Al final le pregunté cómo le gustaría ser visto por el mundo: “Como el gran reformador, el gran modernizador. Colombia está polarizada, tiene unas fracturas, sobre todo porque el actual gobierno llegó a dividir a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz. Yo quiero unir a Colombia con una agenda de futuro, y voy a poner todas mis energías en ese propósito”.

Pasé el resto del día en el recorrido de campaña y me di cuenta de que este no era el mismo Iván que conocí. Había crecido. Algunas cosas las había absorbido de Uribe: su énfasis en la seguridad, su manera de dirigirse a audiencias más humildes; incluso, el hábito de Uribe de decir ‘nosotros’ en vez de ‘yo’. Pero claramente era Iván. Poseía un carisma genuino que se me había escapado la primera vez, con el que era capaz de cantar y bailar en eventos de campaña, para el deleite de algunas de sus votantes. Más importante, había encontrado una manera de combinar el viejo uribismo con un nuevo enfoque en educación, la economía naranja y el sistema de salud, de una manera que renovó el atractivo del partido. Esto fue clave, pues en años recientes la aprobación de Uribe había descendido a menos del 50 por ciento. Su base se estaba envejeciendo y ya no era lo suficientemente grande como para ganar por sí sola. Una gran parte de la victoria se debería, en efecto, a Iván.

Ese día me encontré con una amiga que había formado parte del proyecto años antes. Le pregunté cuál había sido su mayor sorpresa durante la campaña. “Iván”, respondió inmediatamente. En ese momento lo vimos subirse al escenario en Barranquilla y hacer dúo con un cantante de vallenato mientras el público enloquecía. “Yo sabía que era bueno –dijo–, pero no eres el único que no vio esto venir”.

El libro que produjimos juntos, 'No hay causa perdida', se convirtió en un best seller en Colombia. Me enseñó tantas cosas, entre ellas el grado hasta el cual somos producto –y, a veces, prisioneros– de los lugares de los que venimos. Uribe creció en una zona rural de Antioquia en los años 50, el epicentro del período conocido como la Violencia, que dejó tantos muertos en diez años –cerca de 200.000 personas–, como lo haría luego el conflicto con las Farc en medio siglo. Millares de hogares fueron incendiados; amigos y conocidos, masacrados; familiares, desplazados. El primer recuerdo de Uribe es el de su mamá con la mirada fija en la puerta, temerosa de que en cualquier momento los bandidos entraran. Esto está en el libro, pero nunca recibió la atención que merece. Para mí explica mucho. No solo de Uribe, también sobre Colombia.

En las encuestas, casi la mitad de los colombianos afirman haber perdido un familiar debido a la violencia. Hacer parte de esa comunidad, y entender sus anhelos y miedos, es la fuente de ese estrecho lazo entre Uribe y tantos de sus votantes. Fue eso lo que lo llevó a llamar a sus generales a las 2 de la madrugada y pedirles más resultados, a supervisar él mismo las operaciones militares y a perseverar, incluso cuando personas cercanas caían presas de secuestros, disparos o atentados –todo por “vivir en un país en el que mi familia y todos los colombianos estén seguros”, como escribió luego en el libro. Pero también probablemente explica por qué su intento de dejar atrás la política, en últimas, no funcionó y terminó en el Senado. Está en la raíz de sus instintos más oscuros, como tildar a opositores y críticos, incluidos periodistas, de castrochavistas que quieren destruir a Colombia. Y también explicaría por qué algunos de sus grandes admiradores se distanciaron de él en años recientes, creyendo que su oposición a los esfuerzos de paz se trataba de una vendetta personal, no contra Santos, como algunos decían, sino contra las Farc.

La pregunta que siempre ha perseguido a Uribe es si tanto recelo en su propósito no lo ha llevado a hacer tratos con el diablo. ¿Apoyó grupos paramilitares durante los noventa y comienzos de este siglo, en un intento por destruir a las Farc? Uribe siempre ha negado esto rotundamente, y las numerosas acusaciones a lo largo del tiempo nunca han resultado en un fallo. Pero, pocas semanas después de haber sido elegido Iván, la Corte Suprema de Justicia dijo estar investigando a Uribe por manipulación de testigos y sobornos relacionados con las atrocidades cometidas en esa época. En un proceso aparte, su hermano, Santiago, enfrenta un juicio por el caso de ‘los 12 Apóstoles’. Cualquiera que sea el resultado de ambos casos, para muchos se han convertido en un recordatorio de una época oscura y, tal vez, en un presagio de un problemático futuro.

Pero si yo fuera un colombiano moderado, o un observador internacional, Uribe no sería la mayor de mis preocupaciones en los próximos cuatro años. En cambio, me preocuparía más bien por los extremos en la sociedad colombiana, tanto de izquierda como de derecha, y por cómo reaccionarán ahora que el uribismo está otra vez en el poder. ¿Los monstruos capaces de asesinar a personas inocentes y hacerlas pasar por guerrilleros de las Farc se sentirán empoderados otra vez? ¿O tratará la oposición de izquierda –incluyendo a Petro– de paralizar el país y caer de nuevo en los años de violencia partidista?

Esta es la razón por la cual creo que la presidencia de Iván representa una oportunidad histórica. Entiendo a quienes se preocupan por su edad e inexperiencia. Pero también podríamos plantear el ejercicio a la inversa: ¿qué tan extraordinario resulta que de toda esta polarización, eternos rencores y desangre haya surgido, precisamente, un cosmopolita de 42 años que quiere ser la respuesta de Colombia a Emmanuel Macron?

Mientras que estoy seguro de que el enfoque de Iván seguirá siendo fuerte en materia de seguridad y hacia las todavía existentes facciones armadas en Colombia –como lo evidenció su postura en el plebiscito–, no creo que ese vaya a ser el foco prioritario de su presidencia. Una encuesta de abril muestra la implementación de los acuerdos de paz con las Farc en un séptimo puesto en la lista de los factores más importantes a la hora de elegir presidente, después (en orden) de la corrupción, la salud, los problemas de empleo, la economía, la inseguridad ciudadana y la educación. Esas son las típicas preocupaciones de un país con un ingreso promedio y un recordatorio de que la Colombia de hoy no es la del año 2002, ni siquiera la de 2015, gracias al duro trabajo tanto de Uribe como de Santos, entre muchos otros. Para gobernar hay que tener prioridades, y, dada la coyuntura, creo que Iván empleará su energía y capital político en empujar una reforma tributaria en el Congreso más que en renegociar un acuerdo con las Farc. La pregunta que surge es si las circunstancias y el resto de la clase política se lo permitirán. Porque, no obstante los cambios recientes, pues, Colombia aún no es Francia.

Al final de nuestro día juntos en junio, de camino en una carretera a las afueras de Cartagena, llamó Uribe. Iván estaba preocupado por la ventaja que le estaban dando las encuestas y por mantener al partido motivado para salir a votar. “Necesito que llames a nuestra gente en Bogotá”, dijo Iván, “y asegúrate de que no bajen la guardia”.

Lo miré, sorprendido. Iván me miró también y guiñó el ojo.

BRIAN WINTER*
Twitter: @brazilbrian
* Este artículo fue publicado originalmente en la revista Americas Quarterly (www.americasquarterly.org), la cual dirige Brian Winter, el autor. Winter es además vicepresidente de Política Pública de Americas Society/Council of the Americas.

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