2019: un año para enderezar el rumbo

2019: un año para enderezar el rumbo

Desde la migración de venezolanos hasta el narcotráfico, algunos de los retos de este nuevo año.

Venezuela

La creciente migración desde Venezuela es uno de los asuntos por resolver en la extensa frontera con el país vecino.

Foto:

Jaime Moreno / EL TIEMPO

Por: Hernando Corral
08 de enero 2019 , 07:25 p.m.

No es fácil concluir cuáles serán los retos más importantes que debe afrontar este año el presidente Iván Duque: pueden ser los graves conflictos en las fronteras o los urgentes problemas internos del país.

En política exterior está pendiente el fallo de la Corte Internacional de Justicia ante otra de las demandas de Nicaragua, que insiste en una delimitación de su plataforma continental más allá de las 200 millas náuticas, exponiendo el país a un fallo con graves consecuencias para su soberanía y su propia seguridad. Frente a ese país, ya se perdieron, ante esa misma Corte, 75.000 km² de mar territorial en un sorpresivo fallo del 19 de noviembre de 2012.

A pesar de que el Estado colombiano subestima a la Corte Penal Internacional, cíclicamente este organismo envía mensajes preocupantes, en algunos casos azuzados por ONG de derechos humanos que piden su intervención por la temida impunidad en los casos de los llamados ‘falsos positivos’, en los cuales se acusa a oficiales y suboficiales de las Fuerzas Militares, o por las peticiones de familiares de desaparecidos por las Farc que no han obtenido verdad, justicia ni reparación.

¿Y qué decir de los problemas con nuestros vecinos? Las relaciones con Venezuela tienden a empeorarse, ya que el Estado colombiano, que en los últimos años le ha apostado a derrotar al gobierno en cabeza de Nicolás Maduro, ha renunciado a mantener canales diplomáticos directos, lo que resulta una apuesta un poco extraña en un mundo donde la diplomacia es la última arma política que se utiliza, incluso en medio de la guerra.

Con ese país se tienen que resolver graves conflictos, como la creciente migración, el narcotráfico, la guerrilla, el contrabando y otros delitos propios de una frontera tan activa y difícil de controlar desde el punto de vista militar o policial. En lo que respecta a los vecinos ecuatorianos, apenas hace poco se descubrió la gravedad de lo que venía sucediendo en esta frontera, luego del asesinato de un equipo periodístico, secuestrado por un grupo disidente de las Farc, metido hasta los tuétanos con carteles de droga mexicanos.

¿Y qué tanto se sabe acerca de lo que pasa con nuestras fronteras con Brasil, Perú y Panamá? ¿Se tiene la capacidad suficiente para vigilar nuestros dos mares, por donde cada minuto salen cantidades de toneladas de cocaína para abastecer a millones de consumidores en el mundo? Hay que reflexionar en forma sincera acerca de qué tan buenos vecinos somos y qué tantos problemas les exportamos a los países colindantes.

En cuanto a los problemas internos, el presidente Duque no la tiene nada fácil, teniendo en cuenta las dimensiones que han tomado los problemas de la corrupción, del lavado de activos, de la impunidad en la justicia, de la salud, de la inseguridad, de la informalidad en el empleo, de la gran inequidad en materia social y de la educación.

Llama la atención que el Presidente, en su discurso de fin de año, no hablara de consolidar la paz en un país donde la polarización es cada día más evidente, ya que si no hay una política clara en estas materias, nos veríamos abocados a reeditar otras violencias porque no hemos sido capaces de aprender las lecciones de nuestro reciente pasado. No hay que olvidar ese sabio y viejo aforismo que dice que “la guerra y los conflictos sabemos cómo comienzan, pero no cómo terminan”.

No sé qué tan consciente sea nuestro actual presidente de su responsabilidad de entregar al final de su mandato un país estable, que garantice que Colombia no tenga que transitar por los caminos del ‘fantasma’ que recorre hoy el mundo: el populismo de extrema derecha y de extrema izquierda. Para evitar una polarización mayor, se necesita que el jefe de Estado se ponga por encima de intereses egoístas, ideológicos o partidistas, que gobierne para todos y que promueva el entendimiento entre los colombianos, siguiendo el ejemplo del joven rey de España, Felipe VI, o del presidente alemán, Steinmeier, quienes en sus discursos de Navidad llamaron al diálogo, a la convivencia pacífica, a la concordia y a la paz entre los habitantes de sus países.

Colombia necesita hoy de una oposición sensata, capaz de apoyar las buenas iniciativas que promueva el primer mandatario. La mayoría de colombianos quieren escuchar discursos menos agresivos y más constructivos, menos retórica y más pragmatismo, y en ese sentido hay que reconocerle al presidente Duque que, en términos generales, ha sido un hombre conciliador a pesar de que algún sector radical de su partido preferiría a un Duque virulento, sectario y con posiciones más complacientes hacia la derecha fundamentalista. Creo que hoy, en Colombia no solo no hay espacio para tantos radicalismos, sean de derecha o de izquierda, y, por fortuna, se cuenta con unas Fuerzas Militares y de Policía que fueron factor decisivo en las negociaciones de paz con la guerrilla.

La gran clase media, más cualificada y más independiente, que en últimas está definiendo el curso político del país, no quiere violencia ni alternativas extremas, sino garantizar a sus hijos un mejor país con un futuro menos incierto. Las clases populares también se distancian del tradicional clientelismo político y empiezan a actuar con más independencia. Si a esto se le suma el primordial papel que juegan hoy las redes sociales, es fácil concluir que lo que esperamos los colombianos es que el actual gobernante termine con las obras públicas que se han robado, que les rinda cuentas a los colombianos de cómo se invierten nuestros impuestos y que no caiga en las prácticas corruptas de la vieja clase política, que ha dilapidado el erario.

El presidente Duque puede pasar a la historia si es capaz de emprender una campaña profunda contra la corrupción. No se puede descuidar la lucha contra el cultivo y la producción de cocaína, entendiendo que los colombianos no podremos acabar con este flagelo mientras existan millones de consumidores y los grandes países nos mantengan como chivos expiatorios, mientras otros permiten el crecimiento, la producción y el consumo de todo tipo de estupefacientes.

Un reciente informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señala en forma preocupante el consumo de drogas entre menores y el aumento de consumidores adultos en el mundo. Hay que recordar que Estados Unidos, al perder su guerra en Afganistán contra los cultivos de amapola, el único efecto que logró fue que los cultivadores se sumaran al grupo armado talibán, creciendo tanto en militantes como en cultivos.

Claro que lo mismo pasó en Colombia en los años en los que se arreciaron las fumigaciones de los cultivos de coca, con glifosato, creciendo en forma inesperada los frentes de las Farc en las regiones cocaleras. Vale la pena mirar todas estas experiencias del conflicto colombiano y otros conflictos en el interesante libro del sociólogo y politólogo Eduardo Pizarro De la guerra a la paz. Las Fuerzas Militares desde 1996 y 2018.

Si les damos crédito a quienes vaticinan el desarrollo económico del mundo y del país, no son tan halagadoras las perspectivas. Ojalá el gobierno actual tome en serio la lucha contra los evasores de impuestos, aplique una política clara de austeridad y guarde una total imparcialidad frente a las denuncias e investigaciones contra los corruptos, vengan de donde vinieren. No hay que trivializar la lucha contra la corrupción, hay que exigirle a la justicia total transparencia y cero impunidad en las graves denuncias en el caso Odebrecht.

El desgaste de imagen que en pocos meses ha tenido el presidente Duque se puede recuperar sin mayor esfuerzo si los colombianos lo vieran al frente de los graves problemas del país y tomando las decisiones necesarias para solucionar los problemas, sin importar los callos que tenga que pisar. Stendhal, el escritor francés, recuerda en sus memorias que Napoleón Bonaparte empezó a caer en desgracia cuando se cansó de escuchar a su asesor José Fouché, quien era el único que le decía la verdad de frente.

Se debería prestar más atención a lo que dicen los ciudadanos del común y a lo que señale la sabiduría popular. No se puede olvidar que lo que pasó en Venezuela fue el producto de la corrupción y el desgreño de la vieja clase política que hoy se rasga las vestiduras sin reconocer sus responsabilidades.

Lo ganado en imagen y confianza a nivel internacional no es despreciable y no se puede malgastar. Hay puntos frágiles, como el asesinato de líderes sociales, donde el Estado debe dar explicación clara del fenómeno antes de que se generalice o se venda la idea de que son “crímenes de Estado”. Otro punto débil es la degradación del medioambiente, del recurso hídrico, de la contaminación por la explotación minero-energética, por la minería ilegal, por la ganadería extensiva; en fin, este es un tema que figura en forma prioritaria en la agenda de cualquier mandatario con una visión moderna del mundo.

Hay que consolidar una política de reconciliación nacional en la que los colombianos hablemos y nos escuchemos, sin importar la ideología o la condición social. Esta puede ser una tarea fundamental si queremos enderezar verdaderamente este país.

HERNANDO CORRAL 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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