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Petro: ‘Me sentí profundamente solo, anónimo’
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Gustavo Petro, senador y excandidato presidencial

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Luis Eduardo Noriega / EFE

Petro: ‘Me sentí profundamente solo, anónimo’

El testimonio del candidato de izquierda tras su contagio de covid-19 en Italia.

“Me sentí profundamente solo, anónimo, sin que nadie allí supiera si quiera mi nombre bien deletreado. Estaba completamente en manos de personas extrañas. La soledad me invadió en medio de mi dificultad para respirar. De repente me pasaron a las pruebas y allí detectaron mi neumonía. Pasé la noche sin dormir”, escribió Gustavo Petro en un testimonio en el que revela los detalles de su contagio de covid-19 en Italia.

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“No sé cómo, ni por qué, pero terminé contagiado de covid. La enfermedad me hizo hacer un viaje de inmersión por la humanidad, un golpe que de repente me llevó al corazón mismo de la pandemia, vivida en carne propia, experimentada desde mi corazón y mis sentimientos, sin ningún tipo de privilegios”, dijo.

“Después de experimentar los primeros síntomas, como la pérdida relativa de mi oxigenación, me practicaron el examen que dio positivo y enseguida llamamos al servicio de emergencias. Respondieron con prontitud. En menos de media hora llegó un médico que midió mis parámetros de salud. Mi saturación de oxígeno, aunque había bajado, aún era buena, al igual que mi presión, por lo que el galeno me dio a escoger entre si quedarme en la casa o seguir con él, a la atención hospitalaria”, anotó.

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“Confieso que tuve muchas ganas de quedarme, de no partir en esas horas ya oscuras y frías a lo que presumía era el abismo. Pero la preocupación de mi esposa Verónica me hizo tomar la decisión de partir. Allí comenzó mi viaje”, escribió.

“En medio de un idioma extraño, llegué en ambulancia al hospital público Santa María Nuova, en el centro de la ciudad de Florencia. Cuando quise mostrar allí el resultado de mi examen de covid, encontré que habían suspendido mis servicios de telefonía desde Colombia. De pronto llegaba a un hospital sin ningún tipo de comunicación con el exterior y para colmo de males allí, como en todos los hospitales, no había servicio de wifi. Había quedado completamente incomunicado, solitario frente a la enfermedad y sin noticia alguna de mi familia, que había dejado enferma”, relató.

Maximiliano, ese era su nombre, era muy amistoso, más joven que yo y trataba de darme fuerza desde su efusividad italiana

“Al otro día encontré a mi compañero de cuarto, con quien intenté iniciar alguna conversación a pesar de la distancia de los idiomas. Maximiliano, ese era su nombre, era muy amistoso, más joven que yo y trataba de darme fuerza desde su efusividad italiana”, agregó en su escrito publicado en el portal Cuarto de Hora.

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Al otro día, “entró una enfermera a decirnos que el hospital estaba lleno y que nos tenían que sacar de allí hacia otro hospital”. “Ya apagando el sol, llegó la ambulancia por mí y me sacó por entre callejuelas a algún lugar cada vez más retirado, más lejano”.

“Llegué al hospital público Santa María Annunziata envuelto en el frío. Los conductores de la ambulancia vestidos estrictamente para protegerse del covid, seguían el protocolo a la perfección. El portero estaba asustado y corría para no estar cerca de mí. Tuvieron entre el portero de seguridad y los tripulantes de la ambulancia un altercado que me hizo sentir aún más solo, indefenso, mientras tiritaba del frío allí en aquel pasillo de la entrada del parqueadero, por la puerta de atrás, completamente cementado de gris y de tristeza. Esa sensación de soledad máxima que me embargaba como si me quisiera abrazar definitivamente con sus tentáculos de amor extraño corría por mis venas y mi alma y me desesperaba, me dejaba huérfano, íngrimo, solitario en el final de los tiempos”, contó
“Me subieron al quinto piso por un ascensor especializado para enfermos del covid.
Y allí entré a la sección de medicina A, sala seis, letto 60, del hospital público. Casi de inmediato ingresé a esa sala, acostado en la camilla, con respiración desde una bala de oxígeno y con una mascarilla parecida a la de las nebulizaciones. Sentí la sala llena de gente. En medio de mi ofuscación y mi soledad, en medio de la burbuja en la que me sentía por la ausencia del sueño de la noche anterior y que me dejaba adormilado mientras ingresaba en aquella sala, vi imágenes que percibí dantescas. Hombres viejos metidos en escafandras de plástico llenas de oxígeno, a través de las cuales se veían sus rostros desesperados tratando de respirar con muchísima dificultad. Veía sus miradas anhelantes, las enfermeras gritándoles, porque las escafandras no permiten oír. Pude mirar mi alrededor y estaban allí cuatro personas enfermas todas más viejas que yo”. “Trataba de cerrar los ojos, de dormir, y no podía. Miré el nombre puesto en la cama de la persona que desesperada trataba de respirar: Paolo de la Terba. Él seguía allí despierto y yo adormecido, conectado a los tubos de las medicinas y del oxígeno, hasta que empezó a gritar quizás hacia la medianoche. Las otras personas allí enfermas llamaron a las enfermeras. Todas corrían, y al principio no entendía porque gritaban tanto. Se trataban de comunicar con Paolo sin quitarle la escafandra, que era como quitarle todo el oxígeno".

Una de ellas ante el dolor que expresaba Paolo, le decía que le había puesto morfina, pero Paolo no se tranquilizaba. Veía su rostro crispado por el dolor, gritaba tenso...

Una de ellas, ante el dolor que expresaba Paolo, le decía que le había puesto morfina, pero Paolo no se tranquilizaba. Veía su rostro crispado por el dolor, gritaba tenso desde el interior de su escafandra. Su desespero invadía todo su cuerpo, lo tomaba para sí. Gritaba “ayuta, ayuta” y se tocaba los brazos desesperado, quería quitarse la piel, quizás descansar. Como si estuviera viviendo una pesadilla pues no podía cerrar los ojos ni dormir. Vi el rictus de dolor de aquel hombre detrás de la burbuja de oxígeno, perdido por completo ante el paroxismo del espanto, derrotado profundamente. Sentí que él lo que quería era irse definitivamente, abandonar el esfuerzo, retirarse para siempre hacia donde los vientos ya no vuelven”.

“La muerte del covid había llegado y se había paseado frente a mi cama,
la vida desatenta como decía Miguel Hernández, la había dejado entrar y pasear por el lado de mi camilla, quizás me miró irónica, desdeñosa y se fue a abrazar al más débil, al más necesitado, al más solo. En esa noche se había llevado a Paolo delante de mí mismo. Me desplomé”, dijo.

Luego otro paciente le prestó su celular. “Me permitió comunicarme con Verónica y salir del pozo de mi soledad. Pude allí, a través del primer contacto con Vero y con mi hija, recibir la bocanada de oxígeno más importante, sus voces eran como un paño de bálsamo en medio del dolor, un respiro poderoso. Desde allí pude restablecer la conexión del roaming suspendido desde Colombia y así me reconecté con el mundo que seguía allá en la Colombia lejana, sin saber ella, de mi travesía”.

“Un día me dijeron que me iba. Ya respiraba por mí mismo y todos los indicadores eran favorables. La neumonía se había retirado”, aseguró.

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