El virus totalitario

El virus totalitario

Las medidas de control, más allá de cuidar vidas, se han convertido en una amenaza para la libertad.

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Durante la pandemia, los gobiernos en el mundo han recurrido al uso de tecnologías de vigilancia. Personas y organizaciones han considerado esto como una amenaza hacia los derechos humanos

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JEFFREY SAUGER. EFE.

Por: Lorena Santos y Enver Torregroza*
16 de abril 2020 , 10:20 p.m.

A muchos les debe parecer que todo lo que está ocurriendo en el mundo con relación a la pandemia del nuevo coronavirus es perfectamente normal y está dentro de los cauces de lo lógico.

No importa que se restrinja la circulación de personas. Que se cierren las fronteras y que los ejércitos anden por las calles de las grandes ciudades.

En el fondo esto es por la salud de todos, en beneficio de los más frágiles. Hay que hacer sacrificios.

Si hay algún reclamo es porque los gobiernos no han tomado las medidas a tiempo o porque no han sido lo suficientemente contundentes.

Pero lo que digan los médicos y la Organización Mundial de la Salud es indiscutible. Estamos en guerra y tenemos miedo. Una guerra contra un enemigo global común: un virus. Un enemigo inhumano. Nadie discutirá combatir ese enemigo.

Sin embargo, lo que está ocurriendo no es solamente eso. La reacción de gobiernos y población a nivel global era la de esperarse. Pero, precisamente por eso, no es casual.

¿Alguien introdujo en virus? Los virus surgen, producto de mutaciones. Es inevitable. Pero este es un virus muy especial, que parece diseñado para crear el clima de miedo y paranoia perfecta que se necesita para revertir los cambios que ha estado viviendo el mundo gracias a la globalización.

Echar para atrás el creciente cosmopolitismo de una sociedad intercultural y global. Dar marcha atrás al feminismo. Acabar con la democracia.

Como el ave fénix

Las medidas de contención provocan a su vez más miedo. El aislamiento genera soledad, angustia, ansiedad, pánico, paranoia colectiva y dentro de muy poco comenzará a generar odio entre las personas.

Emociones colectivas que se suman al miedo primitivo que produce el virus: el miedo a la muerte.

Los Estados están resurgiendo de sus cenizas. Se han vuelto de repente necesarios. Mientras que durante varios años, después del final de la Guerra Fría, el Estado fue entrando en un lento proceso de desmantelamiento y decadencia.

Uno en el que tanto el capital como los críticos teóricos le quitaban poder, aunado a su creciente desprestigio social por la ‘crisis’ de la democracia, ahora, de repente, gracias a la pandemia, el Estado resurge como la principal arma, el necesario papá protector y benefactor, el instrumento indispensable de superviviencia.

El aislamiento no es solamente de ciudadanos, de personas confinadas en sus casas o que trabajan a un metro de distancia.

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El aislamiento también es de ciudades y unidades poblacionales más grandes, países enteros que recuperaron de la noche a la mañana las fronteras.

Una situación que generará deleite entre nacionalistas, chauvinistas, xenófobos y ultraderechistas. Y también entre ultraizquierdistas que alaban el modelo chino y sus reproducciones larvadas y caricaturescas en Cuba y Venezuela.

Nuevamente las fronteras tienen valor y las limitaciones a la circulación. Aquí hay un peligro.

El ‘estado de naturaleza’

Estamos asistiendo a un verdadero laboratorio político con esta pandemia. Al comenzar el siglo XXI nos habíamos empezado a comer el cuento de la virtualidad, como el nuevo espacio de la realidad humana.

Olvidando con ingenuidad que la sangre de internet corre por las arterias de gruesos cables submarinos y aparatos eléctricos, que están tan sometidos a las leyes de la gravedad como nuestros cuerpos.

La pandemia es un recordatorio brutal de nuestra corporalidad, de nuestra condición biológica, o dicho en términos clásicos de teoría política, un recordatorio de nuestro ‘estado de naturaleza’ permanente.

El ‘estado de naturaleza’ no es entonces un mítico tiempo primigenio, meramente hipotético, que se usa para explicar el origen del Estado en épocas arcaicas.

La pandemia es un recordatorio brutal de nuestra corporalidad

No es la prehistoria de la humanidad, o, para decirlo, mejor, esa ‘prehistoria’ es presente. Es actual. Somos seres vivos. Biológicos.

Y todo el tiempo, toda la historia, el poder y el poder político se ha ejercido sobre los cuerpos, sobre nuestras condiciones básicas de superviviencia.

El Estado resurge para salvarnos del ‘estado de naturaleza’, de nuestra fragilidad biológica, con lo que todas sus medidas, sean las que sean, quedan justificadas en una realidad absoluta, omnímoda, ajena a la crítica.

Se hace realidad el sueño de Thomas Hobbes: se levanta un Leviatán, un Estado absoluto compuesto por el enjambre humano.

Y lo que es peor: se corre el peligro de que se levante también, justificado de manera brutal y absoluta, estos es, sin poder ser objeto de crítica, un Estado totalitario que administre biopolíticamente todos los cuerpos de ese enjambre humano. Totalitario porque se mete en nuestras casas. En nuestra cotidianidad y nuestra vida privada.

Vigilancia desde el poder

Los asiáticos han logrado contener la curva de la pandemia a punta de vigilancia digital. En Corea hay una ‘Corona-app’ que avisa de los lugares infectados cuando uno se está acercando. Otra forma de control más poderosa para vencer al virus, además del confinamiento.

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No diremos que el fenómeno es nuevo: la ciencia al servicio del poder. Pero lo que está sucediendo en el siglo XXI es aún más profundo, más grave.

Porque no es que se maquille de ‘ciencia’ una serie de mentiras manipuladoras absurdas, como hacían los nazis. De ningún modo.

No se difunden mentiras entre la gente ni se le enseña qué creer. Simplemente se le dan órdenes. Órdenes del Estado, sustentadas en las indicaciones de la ciencia médica y la ciencia del big data.

Son los informáticos, los investigadores médicos, la inteligencia artificial, los que proveen el sustento, el soporte, de las medidas tomadas.

Las medidas de control ciudadano no se pueden poner en duda y he ahí el peligro político. Pero, además, como ‘no hay tiempo’ y ‘hay que actuar’, se toman medidas sustentadas en lo que se sabe, que no es mucho.

Los médicos quieren hacer el bien. Benditos sean. Pero corremos el riesgo de que el planeta se convierta en un gigantesco hospital, donde se trata a todos los ciudadanos clínicamente.

La nueva división amigo-enemigo, que define la política, ya no será solamente nacional-extranjero, sino entre ‘infectados’ y ‘no infectados’. La verdad de la ciencia está siendo utilizada políticamente para reaccionar contra la globalización.

Legitima el retorno al poder del Estado nacional o local que, gracias al miedo primitivo que producen las pandemias –porque vendrán más, no lo duden–, podrá controlar su isla poblacional con tecnología, armas, ciencia, internet, big data.

Una verdadera amenaza a nuestra libertad

La seguridad y el miedo

Un Estado que, sobre todo, ejercerá su poder con ese juego de equilibrista que ejerce el soberano con sus súbditos: haciéndonos oscilar a cada minuto entre la seguridad y el miedo.

El miedo suficiente para recluir y controlar, la seguridad suficiente para que no se desate la locura entre todos. Y que si nos descuidamos, seguirá ejerciendo control echándoles la culpa a los virus.

Con la pandemia se ha evidenciado la nueva forma de legitimación: la ciencia al servicio de la supervivencia del enjambre humano, de la masa comunicada digitalmente pero radicalmente atomizada y controlada de modo centralizado por la inteligencia artificial, el Estado y las fuerzas policiales y el ejército moderno de siempre.

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Una forma de buscar la ‘unidad’ y acallar el disenso de los partidos, la rumiante habladera que define la sana democracia y que la gente usualmente detesta, pues suele desear ‘medidas’, ‘acciones’ y ‘mando’.

Esto se veía venir, se ha estado cultivando durante décadas. Hasta tal punto que ahora podemos ver horrorizados el comunismo y el fascismo como primitivos experimentos.

Ahora podemos ver a Michel Foucault, estudioso historiador de la biopolítica, como un arqueólogo (el término lo usa él) de la génesis de un mundo que hoy es real, donde la medicina es política.

LORENA SANTOS Y ENVER TORREGROZA
PARA EL TIEMPO

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