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¡Por usted, Julián!

¡Por usted, Julián!

Julián no está. Su sonrisa y sus sueños de escalador se apagaron el domingo en un absurdo accidente.

23 de julio 2021 , 08:17 p. m.

Esta semana ha sido más bien de ojo húmedo. El martes me levanté muy patriota a poner mi bandera en la ventana, pensando en la gloria inmarcesible, aunque el júbilo inmortal a veces flaquea. Se me aguaron los ojos al ver que no ha cesado esta horrible noche. Qué encierro más horrible, qué virus tan mortal, y en el surco de dolores, no se quieren vacunar, casi entono. Y es que de verdad hay muchos que se niegan al biológico, a pesar de la mortandad diaria.

Ya van 118.000 en Colombia, y como que nos vamos acostumbrando al doloroso desfile. En el mundo van 4,14 millones de muertes. No me jo..., como me dijo la querida sor Teo.

Instalando mi tricolor, pensaba en la libertad y en la independencia. ¿Somos libres con tapabocas puesto, sin podernos abrazar ni salir a mover el esqueleto, como se diría en una fiesta en el cementerio? ¿Son libres e independientes los muchachos de primera línea que ponen la bandera al revés? ¿Alguien les maneja el cordel de la protesta? Pensaba en la ‘libertad’ de los líderes sociales, que casi a diario sepultamos. Y en la de todos con esta violencia, ante la que uno no sabe “si admiración o espanto / sentir o padecer”.

Y, ante esa bandera, como la que ondeaba en Zipaquirá con la llegada de Egan Bernal, evoqué la imagen emotiva del niño Julián Esteban Gómez, el ciclista soñador y corajudo, de 11 años en 2019, a quien se le desgranaron las lágrimas aquel día en el homenaje a su ídolo, el primer campeón colombiano del Tour de Francia. El niño estaba feliz, emocionado, pensaba en algún día ser como su paisano, quien lo abrazó y fue como el abrazo de un superhéroe que viene de lo alto.

Pero Julián ya no está. Esa sonrisa pura de dientes disparejos, sus sueños de pasista y escalador se apagaron el domingo pasado en un absurdo accidente de los tantos en que mueren los pedalistas de nuestro país. Esta vez, entre Zipaquirá y Cajicá, que era su vía para entrenar, donde Julián todos los días ganaba una etapa. Él dijo que entrenaba dos horas diarias, porque “para un ciclista no hay lluvia, frío ni neblina”. Pero hay tráfico infernal y el diablo suelto. Pero les dejó dicho a los demás niños “que luchen por sus sueños y practiquen el deporte que les gusta”.

Y dejó la urgencia, la exigencia, de que protejamos a los ciclistas, de todos los estilos. Este año ya han muerto, solo en Cundinamarca, 27 pedalistas. En Bogotá, en el primer semestre murieron 41. Se necesitan campañas encaminadas al respeto y tomar medidas nacionales definitivas.

A mí se me ocurren ideas más difíciles que ganarse un Tour de Francia con un bulto de papa en la parrilla de la bici, pero soñar es gratis. Qué tal crear escuelas de ciclismo, con pedalistas retirados como maestros, una especie de universidades, con vivienda y educación a 2.500 metros de altura. Que se construyan velódromos y vías de entrenamiento con cuestas duras, donde el único obstáculo sea el viento. Como dicen los vándalos: ¿quién pone la primera piedra?

Se puede. Todo es voluntad. Aquí hay miles de niños ciclistas. Y en general, hay que impulsar el deporte, que es la esperanza de millones. A ver si algún día peleamos los Olímpicos. Los colombianos, donde sea, debemos triunfar. Por ejemplo, en boxeo, pues para los puños nos remangamos hasta en misa. ‘Le doy en la cara, marica’ es lema nacional. En marcha, vivimos a marchas forzadas, o desplazados. En tiro, más bien le pongo silenciador a esta boca. Muchos políticos son medalla de oro en esgrima, y todos somos medalla de oro en lucha y levantamiento de pesos.

La mejor de las suertes a nuestros 71 participantes en Tokio. Ojalá los pedalistas se cuelguen una medalla y griten, que se oiga desde Tokio a Zipaquirá: ‘¡Por usted, Julián!’. Y será también por miles de sacrificados. Cuidemos a los ciclistas. Impulsemos el deporte.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

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