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Mugre rosa

Mugre rosa

Relato que hila tramas de la trama, vinculando personajes dolidos, por la misma peste de sus vidas.

23 de julio 2021 , 08:38 p. m.

Fernanda Trías antecedió la pandemia. Mugre rosa, su novela, ocurrió antes, en el territorio de la ficción. Que para la literatura es un chascarrillo, pues su fin debe ser la novela misma: sus voces, matices, su originalidad, su trabajo. Un virus rojo está en el aire y ahoga a las personas. En su atmósfera no hay un sol definido, pareciera transcurrir en la noche, bajo una luna “de bruma rosa”. Un paisaje donde “todo se pudre, también nosotros”. Un mundo en descomposición, porque la novela es la composición de ese mundo que se rayará definitivamente. Seremos más podridos, pero distintos.

La novela ocurre a las orillas de un río del sur, Montevideo o Buenos Aires. El monólogo de la protagonista mantiene el largo aliento del relato, que hila las tramas de la trama, vinculando personajes dolidos, por la misma peste de sus vidas. Una madre que tenía los dedos tiesos por el reuma consideraba el matrimonio de su hija “maldito” y a su exesposo, un cobarde “que se había salido de la vida por su incapacidad para hacerle frente”.

Delfa, una nana, sembradora de inquietudes entrañables. Max, su exesposo, recluido en el pabellón de crónicos en Clínicas, con el cual mantiene una relación irónica de amor ya ido. Breves encuentros que enmarcan una vida, una novela. Mauro, un pequeño monstruo con alguna complicación genética que la protagonista cuida para sobrevivir, “un niño inflado a la fuerza, un ojo que se le cerraba a media asta... Una boquita de piraña”, que se comía hasta las sobras del mundo. Ella es un remolino de afectos y desvaríos, la fuente de la estupefacción y de una herrumbrosa esperanza.
La narración es vital, dulce, cruel, incierta como la peste rosada. Una tricomía, entre descripción, interioridades y las imágenes poéticas transitan la novela, con talla de alfarera. Entre los capítulos incorpora pensamientos que sirven de sostén a la desgracia y al juego literario: “Al final el castillo de arena se desmorona... Ya sé adónde querés llegar... El viaje, si no está lleno de paradojas, no es un viaje”. Que define la novela y el tiempo del virus, un viaje sin llegada, un presente que se difumina ante nuestros ojos, donde “el comienzo nunca es el comienzo”, donde no se “puede detener un futuro que ya está aquí”. Al fondo, la ciudad apocalíptica es un fuego fatuo, y la mugre rosa es el medio que exorciza la escritura.

ALFONSO CARVAJAL

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