Las marchas, la homeostasis y el sentido verdadero de la destrucción

Las marchas, la homeostasis y el sentido verdadero de la destrucción

La destrucción encuentra su máximo incentivo en la vida misma, en la homeostasis.

04 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Para entender la violencia destructiva —y a fin de cuentas bastante impotente— de algunas pocas personas durante las manifestaciones recientes, no hay recurso más incisivo que la teoría del chivo expiatorio de René Girard y el último libro del neurocientífico Antonio Damasio, El extraño orden de las cosas.

El libro de Damasio argumenta que lo que une a las múltiples y variadas expresiones de la vida, e impulsa su evolución, desde las más sencillas de una célula hasta las más complejas como los mamíferos y los seres humanos, es la homeostasis. De acuerdo con Damasio, esta es el “conjunto fundamental de procesos que se hallan en el corazón mismo de la vida”. Más precisamente, la homeostasis es “el poderoso imperativo, ni pensado ni hablado, cuya realización implica, para cualquier organismo vivo, nada menos que perdure y prevalezca”.

En otras palabras, de acuerdo con Damasio, para que un organismo siga vivo (perdure) y prospere (prevalezca), sus sistemas biológicos tendrán que mantenerlo dentro de ciertos límites o rangos de función óptima: la homeostasis. Al lograrlo, el organismo está bien. Cuando se trata de organismos más complejos, como mamíferos y especialmente los seres humanos, estar bien es sentirse bien, y estar mal es sentirse mal.

En el ser humano, la manera como se siente es, por lo general, una indicación del estado homeostático de su organismo. Si la relación entre sentimientos y homeostasis fue desarrollada a lo largo de la evolución natural, la parte más interesante del libro de Damasio es su argumento de que el mundo cultural “evolucionó” como una elaboración destinada a controlar y minimizar fluctuaciones peligrosas, dañinas, perjudiciales en la homeostasis.

Este argumento, derivado de la ciencia del cerebro y cuerpo, no es sino una versión neurocientífica de la teoría del literato René Girard sobre el chivo expiatorio. Girard, en casi todos sus libros, elabora una antropología según la cual los humanos somos miméticos. La mímesis, de acuerdo con Girard, tiene que ver con los actos, pero también con los deseos: imitamos los deseos de los otros, queremos lo que quieren los demás. Bajo condiciones de escasez, querer lo que quieren los demás, el hecho de que de vez en cuando todos queremos la misma cosa, conduce muy rápidamente a la confrontación física, a la violencia. Esta coyuntura tiene dos posibles desenlaces: o nos destruimos entre todos, o todos llegan a enfocar su ira en uno, quien recibirá la violencia combinada de todos.

Este es el chivo expiatorio. Todos lo culpan del malestar que están experimentando, que es el síntoma de la homeostasis negativa. Al destruirlo, se vuelve a la calma. En términos de Damasio, su destrucción deja, o más bien hace, que la homeostasis se reestablezca. Los organismos humanos que componen el grupo han logrado perdurar, y se sienten bien (especialmente respecto a los sentimientos anteriores), así que prevalecen.

Obviamente, no les estoy haciendo justicia al trabajo de Damasio ni al de Girard, en esta corta columna. Pero si me permiten situar la destrucción realizada por unos pocos manifestantes dentro de este contexto teórico, se puede entender tal destrucción y a la vez criticarla no solamente desde una perspectiva ética, sino desde una postura práctica y política.

Se supone que la idea detrás de las marchas es promover cambios estructurales en Colombia y, hacia este fin, convocar y conmover a la población a unirse físicamente a las marchas. Es obvio (o debe serlo) que la destrucción hace la participación menos atractiva para personas no convencidas todavía. Pero de lo que no se ha dado cuenta es del hecho de que, según las teorías de Damasio y Girard, la destrucción hace la participación de los mismos manifestantes menos probable, menos atractiva. Les quita entusiasmo.

Y no es simplemente porque la destrucción o la asociación con esta asuste a la gente. Es porque destruir e inmolar funcionan como actos de catarsis, de purga. Es decir, se quieren cambios. En su ausencia, se siente cada vez más frustración, tanto que se organizan marchas y paros, respuestas válidas y valiosas ante la situación. Como dice Damasio, los “sentimientos, como agentes de la homeostasis, son los catalizadores de las respuestas” que producen los seres humanos ante las situaciones en las cuales se encuentran. Las “prácticas” o acciones de los seres humanos resultan de “sentir una situación de empeoramiento homeostático, real o anticipado… o de beneficio homeostático potencial”. Este sentir motiva y produce una acción que busca “la disminución o desaparición” del mismo sentir, del “sentimiento motivador”, y así, el restablecimiento de la homeostasis. Se trata de lo más o menos inmediato, no del largo plazo.

Por su parte, Damasio no contempla la centralidad de la violencia, sea contra personas, sea contra bienes, en la disminución de los sentimientos perturbadores y el restablecimiento de la homeostasis; pero para Girard, la violencia catártica es fundamental. Destruir, inmolar al inocente —el chivo expiatorio— como si fuera el culpable, la causa de los males que afligen a los actores (en este caso el TransMilenio es el inocente), apacigua los sentimientos de frustración. Es como si se hubiera hecho algo cuando realmente solo ha aportado a la continuación de lo mismo: la violencia puntual no hace más que propiciar la violencia estructural y seguimos todos atrapados en el ciclo de violencia sin fin que no deja florecer nada nuevo. Lo pertinente que queremos abstraer de ambos aportes es que la destrucción, más allá de las críticas comunes con las que se la quiere desincentivar, encuentra su máximo incentivo en la vida misma, en la homeostasis, en nuestra naturaleza. Si queremos construir una sociedad realmente mejor, tenemos que afrontar tal naturaleza honestamente y resistirla implacablemente, como lo hicieron Gandhi, Martin Luther King, Jr., Sócrates y Jesucristo. De no hacerlo, no habrá cambios significativos ni duraderos.

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