La vida a carcajadas

La vida a carcajadas

He renunciado a la vida y socializo poco, pero voy a estar bien, creo.

17 de mayo 2019 , 07:35 p.m.

Desde diciembre del año pasado estoy usando la misma ropa: chaleco azul abullonado como los que visten Iván Duque y los cantantes bogotanos de tropipop, saco gris con capucha, jeans y tenis negros; solo me cambio las medias y los calzoncillos, aunque ni eso. Lo de los calzoncillos lo digo para que no piensen que soy sucio, pero la verdad es que puedo repetirlos durante varios días. Y no pasa nada, que he reducido mis actividades físicas al mínimo. Otra cosa pasaría si fuera Amaranta Hank, por ejemplo.

Me gustaría decir que lo hago porque alguna vez leí que la gente inteligente y exitosa, como Albert Einstein y Steve Jobs, usaba siempre la misma ropa para concentrarse en cosas importantes, pero, para ser honesto, no creo que sea mi caso. Yo lo hago por dejadez, porque hay momentos en los que la vida te pasa por encima y es mejor pasar de agache para que no te pegue tan duro.

Además, lo que hacían ellos era tener un clóset con prendas iguales y así escoger cualquiera sin perder tiempo. Yo estoy usando literalmente la misma ropa, y cuando creo que ya están sucias, las lavo, las seco y vuelvo a empezar. El otro día me mordió un perro y rompió mi único jean, así que ahora ando con el jean roto, lo que tampoco es problema porque parece que estuviera a la moda.

Si usted no soporta a la gente, es que no se soporta a sí mismo, y cuando eso pasa es difícil parar el camino descendente.

Hay que estar atento a las señales para no enloquecer. La vida no es un ferrocarril por donde uno anda sin sobresaltos; tiene altos y bajos y, aunque un poco de turbulencia no sobra, la idea es no descarrilarse. Una de las señales de que uno no está bien es que el mayor miedo es pararse de la cama. La otra, que siente que la gente estorba; en la calle, en los aeropuertos, en los restaurantes, cuando la verdad es que solo está ahí haciendo lo suyo, existiendo. Si usted no soporta a la gente, es que no se soporta a sí mismo, y cuando eso pasa es difícil parar el camino descendente.

Estos no son mis mejores días, y no trato de ocultarlo, pero aun así siempre estoy pendiente de ser tolerante, y cuando noto que alguien me irrita, trato de recomponer el camino.

He renunciado a la vida y socializo poco, pero voy a estar bien, creo. Hago parte de un club de lectura donde nos reunimos una vez al mes. Lo hago para obligarme a ver gente y leer libros. Para junio estamos leyendo a Salinger, un personaje que siempre me ha interesado porque un día dejó de aparecer en público y se recluyó en silencio durante medio siglo, aunque nunca dejó de escribir. Desde adolescente he creído que voy a terminar como él, pero sin su laboriosidad y su ingenio.

Por estos días tengo también muy presente a Moby. Se sabe –gracias a su autobiografía– que en sus días de mayor fama nada lo llenaba, más allá de tener al alcance de su mano todo lo que cualquier persona quiere en teoría. Su música sonaba en todo el mundo, salía con Natalie Portman y andaba con David Bowie, Madonna y Bono como si fueran sus vecinos de infancia. Según cuenta, en su época de mayor brillo se la pasó con ataques de pánico, borracho, drogado y en orgías, lo que culminó en un intento de suicidio.

No sé qué vaya a pasar conmigo, pero me tranquiliza saber que por el momento amo la vida, que el sexo grupal no me atrae y no me gustan las drogas ni el alcohol. Mis vicios son un poco menos dañinos: el helado de chocolate y los brownies, que son como vodka y cocaína para mí.

Algo parecido a lo de Moby le pasó a Jim Carrey, famoso como el que más, a quien se le atribuye la frase “Ojalá todos puedan ser ricos, famosos y tener lo que han soñado, para que descubran que esa no es la respuesta”. Carrey se la pasaba riendo y haciendo reír mientras que por dentro estaba destrozado. Cuando no te ocupas de ti, no hay cerro de dinero ni ruido de carcajadas que puedan salvarte.

Sal de la rutina

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