¡Es el bolsillo, estúpidos!

¡Es el bolsillo, estúpidos!

Carville señaló urgencia de concentrar atención en las necesidades perentorias de los ciudadanos.

03 de noviembre 2019 , 02:04 a.m.

No hay que ser un genio para entender el origen de la furia popular que se ha desencadenado con especial fuerza en nuestro vecindario durante los últimos meses. Tampoco había que ser un vidente para apreciar que en algún momento tenían que estallar la frustración y el descontento acumulados en países como Ecuador y Chile, donde hace tiempo que la corrupción en el Estado y los partidos políticos corre pareja con el aumento del desempleo, la desigualdad y la pobreza.

Lo que sorprende es que en Colombia, aquejada por los mismos males, no esté ocurriendo algo parecido, como sí en otros países y continentes donde la injusticia y las diferencias económicas y sociales, agravadas por la corrupción y las políticas equivocadas de los gobiernos, están provocando enormes manifestaciones de protesta.

En el Líbano, la chispa fue un impuesto a las llamadas por WhatsApp, que el primer ministro, Saad al Hariri, tuvo que revocar tras una explosión de rechazo popular. En la India fue el aumento del precio de la cebolla, que lanzó a miles de personas a bloquear las carreteras en varios estados. Hasta en Arabia Saudita, gobernada por uno de los regímenes más represivos del mundo, un impuesto a los restaurantes donde se puede fumar con las famosas hookahs o pipas produjo una verdadera revuelta.

En todos estos casos, las redes sociales fueron el instrumento para movilizar a muchas personas en poco tiempo. En cada uno, las causas fueron muy específicas, pero el denominador común fue el descontento con el alto costo de la vida, los abusos de los políticos y el creciente desequilibrio en los ingresos que experimenta la población en la mayor parte del mundo.

Todas estas son pruebas fehacientes de la razón que asiste a Thomas Piketty, el autor de El capitalismo en el siglo XXI, al sostener que el fenómeno que motiva todos estos males es la constante y cada vez mayor concentración de la riqueza que caracteriza las economías de mercado, y que este pernicioso fenómeno solo podrá ser corregido mediante un impuesto mundial a esta.

La tesis de Piketty no ha merecido la debida atención en los centros de poder del planeta y, por el contrario, ha sido rechazada por los defensores del statu quo en casi todos los países. En las élites gobernantes ni siquiera se ha contemplado la viabilidad del impuesto propuesto por el economista francés. Y, entre tanto, la pobreza y la descomposición social siguen en aumento. El resultado no puede ser otro que una permanente tensión en las poblaciones afectadas, cuyos desenlaces estamos presenciando todos los días.

En medio de esta situación cobra actualidad la célebre frase de James Carville, asesor de Bill Clinton en la campaña presidencial estadounidense de 1992, que terminó convirtiéndose en el eslogan de los demócratas en esa campaña: “¡Es la economía, estúpido!”. Con esta palabras, Carville señaló la urgencia de concentrar la atención en las necesidades más perentorias de los ciudadanos y dejar de esta manera sin discurso al rival republicano, George Bush, padre, quien seguía explotando los éxitos de su gobierno en la Guerra Fría y la guerra del Golfo Pérsico en lugar de aludir a los problemas cotidianos de sus compatriotas. Esta distracción, por supuesto, le significó la derrota.

En casos como los de Ecuador y Chile se ha tratado de atribuir las recientes revueltas a causas externas (léase el chavismo o Nicolás Maduro), como si no estuvieran claros los motivos que desataron la ira popular. En Colombia también se quiso culpar al comunismo internacional del levantamiento del 9 de abril de 1948, como si el estallido de furia, dolor y desesperación del pueblo no hubiera sido la reacción espontánea al golpe que sufrió el alma colectiva cuando le arrebataron la esperanza que tenía fundada en su gran caudillo. Son distracciones que resultan caras, como lo muestra la trágica historia colombiana después de esa fatídica fecha.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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