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El último genocidio del primer mundo

El último genocidio del primer mundo

Se calcula que el número de niños indígenas enterrados sin nombre en Canadá puede superar los 6.000.

22 de julio 2021 , 08:29 p. m.

Desde hace más de dos meses la población de Canadá se está viendo sacudida por el horror ante el hallazgo de los cadáveres de miles de niños pertenecientes a los que allí se denomina “primeras naciones” –los pueblos indígenas aborígenes–, sepultados de forma anónima en campos anejos a los internados oficiales, verdaderos campos de concentración, a los que fueron conducidos de forma obligatoria para eliminar su cultura ancestral. Tras los hallazgos iniciales, el primer ministro Justin Trudeau manifestó tener “el corazón roto”.

En mayo se produjo el primer hallazgo, de 215 cadáveres de niños, en el antiguo pensionado de Kanloops, en la antigua Columbia Británica. A finales del pasado mes de junio fueron halladas 751 tumbas sin epitafios en el pensionado de Marieval. Unos días después, en la antigua Misión de San Eugenio, también en la Columbia Británica, fueron desenterrados otros 182 cuerpecitos. Hoy, cuando faltan 132 centros por revisar, se calcula que el número de niños indígenas enterrados sin nombre puede superar los 6.000.

La red de internados llamados “escuelas residenciales” fue creada en 1883 por el primer ministro Macdonald con el objetivo de “civilizar a la población indígena erradicando su cultura” y funcionó hasta los años 90 del siglo pasado. Todos los niños y niñas de las tres comunidades aborígenes canadienses (se calcula que unos 150.000) fueron arrancados a la fuerza y separados de sus padres para ser trasladados a esos internados, unos 139, financiados por el Gobierno canadiense y gestionados por las diferentes iglesias. Funcionarios del Ministerio de Asuntos Indígenas, sacerdotes y policías, se llevaban a la fuerza a los niños, amenazando con la cárcel a los padres que se negaran a su entrega.

Luego, según testimonios de supervivientes los trasladaban en autobuses y al llegar a los centros les quitaban su ropa tradicional para quemarla, los rapaban, les cambiaban sus nombres indígenas por nombres “cristianos” y los sometían a una disciplina brutal en condiciones de vida inhumanas y vejatorias, que incluían maltratos y abusos sexuales. Los suicidios y las muertes por enfermedades e infecciones no tratadas eran frecuentes. Según informaciones documentadas por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación canadiense, se dieron casos de niñas que quedaban embarazadas por los abusos de los responsables de las instituciones: “Les arrebataban a sus bebés, que eran posteriormente arrojados a hornos para deshacerse de las pruebas”. Algunos informes señalan que entre 1930 y 1970 hubo niños que sufrieron experimentos médicos a manos de científicos gubernamentales, en algunos casos “para determinar los límites de malnutrición que el cuerpo puede sostener”.

Según el presidente de la Comisión, el senador y juez indígena Murray Sinclair, se produjo un verdadero “genocidio cultural”, y en sus más recientes declaraciones ha señalado que “Canadá debe prepararse porque lo más duro está por llegar”, tras las nuevas excavaciones que lleva a cabo el Centro Nacional para la Verdad y la Reconciliación.

Lo que más horroriza es que todo esto no se produjo en remotas épocas coloniales, sino hasta hace poco más de 20 años y en una de las sociedades más desarrolladas y modernas del planeta. Esta fue la reflexión del primer ministro canadiense, Trudeau, hace unos días: “Debemos ser honestos con nosotros mismos y nuestra historia, porque para poder trazar un nuevo y mejor camino hacia adelante tenemos que admitir los terribles errores de nuestro pasado”.

P. S. Mandela. Pasó desaparecido el domingo pasado el Día Internacional Nelson Mandela, instituido por la ONU. Es menester recordar a este extraordinario político sudafricano, partidario y practicante de vías dialogadas para la resolución de conflictos, apóstol de la dignidad humana como única vía para una convivencia libre. Cuando salió de la cárcel, les propuso a los que lo habían tenido preso 27 años, “un entendimiento que fomentara la paz y la democracia en Sudáfrica”.

ANTONIO ALBIÑANA

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