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El ocaso de un partido

El ocaso de un partido

El Partido Liberal hoy apenas cuenta con la mínima favorabilidad de la opinión.

16 de julio 2021 , 10:38 p. m.

Cuánta razón tenía el expresidente López Michelsen cuando declaró antes de fallecer (11 de julio de 2007): “El partido Liberal está enfermo y necesita comprometerse en una nueva era para reformar su organización y su ideología (…) Los liberales que tradicionalmente se han descrito como una fuerza socialdemócrata de izquierda giraron en las últimas décadas hacia la derecha y se olvidaron de su justificación histórica: las causas sociales que en otra época lo identificaron como el partido del pueblo.

Cuatro de los muchos esfuerzos por modernizar la estructura y los programas del PLC en el siglo XX, encaminados a fortalecer su democracia interna y a asegurar la supervivencia de su proyecto histórico como instrumento de transformación de la sociedad, terminaron en la retoma avasalladora –a menudo sangrienta– del partido por sus adversarios internos, o sometidos al coloniaje de modelos proclives a la concentración de la riqueza y las oportunidades.

En la primera mitad del s. XX, el liberalismo democrático fue el principal inspirador de las reformas humanitarias y progresistas para promover y defender los derechos humanos, la función social de la propiedad, proteger a las clases sociales menos favorecidas y a los sectores medios de la población al fomentar la industrialización e impulsar la agricultura.

Los proyectos transformadores, en su hora encabezados por grandes estadistas como Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, la utopía consoladora del MRL –y aun por el pragmatismo visionario de Carlos Lleras Restrepo, tanto como la Asamblea Liberal Constituyente, con sus foros ideológicos coordinados por el lúcido y célebre orador Horacio Serpa y orientados por el notable pensador progresista Hernando Agudelo Villa– no pudieron realizarse plenamente debido a la presión de las fuerzas reaccionarias cuya intervención abortó ideas centrales que entrañaban cambios audaces y profundos en la estructura socioeconómica del país.

Entonces, los jefes liberales de provincia no eran abogados lectores de la biblia, sino zapateros, ebanistas y sastres que habían leído y memorizado el ´Zaratustra’ de Nietzsche y las obras completas de Vargas Vila.

Fue ese liberalismo el que creó la educación pública superior; estimuló la investigación científica y tecnológica para superar los lastres decimonónicos y conectarse con el mundo moderno. Le construyeron voz y ojos a esa colectividad.

Y lo empezó a hacer con dinamismo y entusiasmo, lo que le dio derecho a participar en el XXI Congreso de la Internacional Socialista celebrado en París en noviembre de 1999 y convertirse en miembro de pleno derecho de dicha organización.

La razón de ser del liberalismo histórico había sido quebrantada súbitamente por el advenimiento del gobierno del denominado ‘Estatuto de Seguridad’ (1978-82), en el que se produjeron las más crueles violaciones de los derechos humanos: al parecer, homicidios extrajudiciales, torturas y desapariciones de decenas de representantes del arte, la cultura y la oposición política, solo comparables con las espantosas tiranías neofascistas de Laureano Gómez y Álvaro Uribe Vélez.

Luego vino el pragmatismo neoliberal de César Gaviria Trujillo (1990-1994), cuyo gobierno constituyó un abierto desafío a los principios socialdemócratas. Impuso el modelo de ajuste estructural del Estado mínimo, las autodestructivas privatizaciones de las empresas de servicios públicos, las contrarreformas a la salud, a la educación y al trabajo, aprobadas en coordinación con su socio político el entonces senador Álvaro Uribe Vélez, que comprometieron su ímpetu transformador y anularon su legado histórico.

Como reformas a su estructura interna, el liberalismo de izquierda abolió la jerarquización rígida de las jefaturas únicas y determinó la elección interna de todos los directivos y órganos de decisión como el IPL, cuyo director fue elegido por concurso entre académicos y profesionales y modernizada su estructura, que lo convirtió en un órgano de estudios e investigación política y cultural que produjo ciclos de seminarios académicos de cultura política y debates ideológicos con presencia internacional.
El IPL creó el Observatorio de Paz y resolución de conflictos y, en todas las capitales del país, la Escuela de líderes y el Semillero de jóvenes investigadores. Trabajó por una plataforma de desarrollo sostenible. Hasta el punto de que el expresidente López Michelsen en la intervención aludida dijo: “Sin embargo, nos alegra saber que hay más instituto que partido, y esto nos puede salvar hacia el futuro próximo”.

El PLC llegó a ser mayoría indiscutible en el Congreso de la República, asambleas y concejos municipales. Sin embargo, hoy apenas cuenta con la mínima favorabilidad de la opinión: solo el 17 % tiene opinión favorable. Sin embargo, sus élites reaccionarias fueron a guarecerse bajo la sombra ardiente de Álvaro Uribe Vélez, mientras los líderes populares y sus dirigentes adhirieron con fervor a su espacio más afín: la Colombia Humana, de Gustavo Petro.

ALPHER ROJAS CARVAJAL

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