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Voz para las víctimas

Voz para las víctimas

Positiva la confirmación de las curules, sin ignorar riesgos de que la representación se desvirtúe.

Cualquier paso que se dé en aras de cumplirles a las víctimas del conflicto debe ser bien recibido. Es el caso de lo planteado por el Ejecutivo en el sentido de que está listo para promulgar el acto legislativo y, posteriormente, la reglamentación que les dará vida a las 16 curules que el acuerdo del Teatro Colón dispuso para ellas.

Luego de un tortuoso camino que solo vino a despejarse tres años después gracias a una acción de tutela presentada por el senador Roy Barreras, estos escaños en la Cámara de Representantes serán por fin una realidad. Ello supone, de entrada, un reto claro: que sobre la marcha no se desvirtúe lo que motivó la creación de estas 16 circunscripciones: que quienes con más rigor sintieron el azote de más de 40 años de conflicto puedan tener una voz y una incidencia importante en el debate legislativo. Tendrán vigencia por dos cuatrienios, 2022-2026 y 2026-2030, y quienes salgan elegidos serán la voz de más de seis millones de personas que habitan los 179 municipios del país comprendidos en estas 16 áreas.

En principio, las reglas de juego dan un parte de tranquilidad. Parecen proporcionar las garantías suficientes para mantener estas curules a salvo del apetito de las maquinarias que sin duda estarán al acecho con la intención de absorberlas. Como lo explicó el consejero presidencial Emilio Archila a este diario, solo quienes hayan habitado en el territorio tres años antes a la elección o sean desplazados en proceso de retorno pueden ser candidatos. Además, tienen que tener la calidad de víctima del conflicto armado debidamente acreditada o ser familiares de víctimas hasta el tercer grado de consanguinidad o primero de afinidad. “No podrán acceder ni los excombatientes de las Farc ni personas pertenecientes a un grupo armado que se haya desmovilizado en los últimos 20 años”, precisó el funcionario.

A la luz del presente, la importancia de estos escaños pasa por mostrar que es posible lograr cambios dentro del orden democrático

Como siempre, una cosa es lo que dice el papel y otra, lo que puede ofrecer la realidad. No hace falta regresar sobre la capacidad que tienen algunos para desvirtuar con artimañas las buenas intenciones consignadas en las leyes, sobre todo en materia electoral. Las curules de paz no están, de ninguna manera, exentas de quedar en la mira de quienes enarbolan estos intereses. Por eso el llamado tiene que ser a una veeduría permanente que parta de las mismas víctimas para que en las dos elecciones en las que se decida quiénes serán los llamados a ocuparlas, quienes aspiren a ellas lo hagan cumpliendo los requisitos y con la sincera intención de reivindicar las necesidades de unos territorios en donde la deuda social del Estado conduce a que sean estos terreno fértil para diferentes flagelos que, no obstante la firma del acuerdo, persisten y en algunos de ellos toman nuevos bríos.

Esta acción afirmativa, a la luz de lo que hoy ocurre en el país, adquiere un nuevo cariz. No solo se trata de lo originalmente planteado, sino también de demostrar que aquellos sectores históricamente excluidos pueden cambiar las cosas y acceder a condiciones de vida más dignas por caminos dentro del orden democrático. Es más: no hay duda de que este saldrá fortalecido si en ocho años el balance de esta experiencia es exitoso, como todos queremos y esperamos.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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