Viviendo con el enemigo

Viviendo con el enemigo

El crimen organizado dejó atrás las épocas en que era fácil rastrearlo gracias a la ostentación.

Por: EDITORIAL
09 de enero 2019 , 08:06 p.m.

La lucha del Estado contra el crimen organizado es una larga historia en la que tienen cabida distintos géneros. Son bien conocidos los episodios dramáticos; también, los terroríficos, y hay otros tantos con verdaderos tintes de epopeya. Y en medio de estos no faltan los que rozan la comedia o, según como se le mire, el absurdo.

Esto último, a propósito de la noticia según la cual Juan Pablo Úsuga Torres, alias Reseco, señalado como uno de los cabecillas del temido ‘clan del Golfo’ y capturado el viernes pasadoen zona rural de Carepa, Antioquia, era vecino del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez. Ambos vivían en el mismo edificio. El burgomaestre, como se sabe, ha liderado una valiente lucha contra las organizaciones mafiosas que operan en la capital de Antioquia.

Una mirada desde lo anecdótico permite –apelando a la ficción– imaginarse a Gutiérrez y a ‘Reseco’ en situaciones propias de la vida en este tipo de espacios, como una asamblea de copropietarios, o en una situación en la que uno le pide amablemente al otro interrumpir la limpieza de sus ventanales toda vez que la caída de agua impide su concentración en una apasionante lectura. Todo esto, claro, sin que Gutiérrez tuviera la más mínima idea de que su vecino, bajo una falsa identidad, como suelen hacerlo quienes lideran estas organizaciones, era también su némesis.

Pero también es posible interpretar este hecho a la luz de la manera como se ha transformado el crimen organizado en los últimos tiempos. Como una muestra de que este ha dejado atrás las épocas en que era relativamente fácil rastrearlo a través de su tendencia a la ostentación. Ahora se trata, al parecer, de mimetizarse y llevar estilos de vida no solo de bajo perfil, sino con movidas estratégicas que, como en el citado caso, despistan a las autoridades. La buena noticia es que este capítulo, más allá de su género, tuvo un final feliz para la sociedad: la puesta a buen recaudo del señalado criminal.

editorial@eltiempo.com

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