Una escena colombiana

Una escena colombiana

El síncope del senador Gaviria trae la moraleja de que primero que todo está la vida.

Por: EDITORIAL 
21 de mayo 2019 , 07:18 p.m.

Ayer en la mañana, cuando entraba al recinto de la Comisión Primera del Senado, el senador José Obdulio Gaviria sufrió un síncope y se vino abajo. Gaviria, que sobrevivió a una cirugía coronaria hace unos meses, se fue para atrás ante la mirada aterrada de sus compañeros congresistas, pero de inmediato fue asistido por el senador uribista Santiago Valencia, el senador liberal Luis Fernando Velasco y el senador de la Farc Julián Gallo. “Estaba en la curul cuando escuché el golpe e inmediatamente salí a ver qué le había pasado a él y corrí a auxiliarlo” –dijo Gallo, aún nervioso, poco después–. Le hice dos masajes e inmediatamente llegó el senador Roy Barreras, que es médico, y yo me retiré para que él siguiera”.

Barreras, que no dudó un segundo en ejercer su profesión, dio pronto la buena noticia de que Gaviria había respondido de manera inmejorable a las maniobras de reanimación: había recobrado el pulso y la consciencia antes de ser trasladado a la clínica Marly. Pero aquella escena colombiana –un franco opositor del acuerdo de paz con las Farc asistido por uno de los exguerrilleros que ha dejado las armas– fue un recordatorio de que en una sociedad no puede haber nada tan importante como la vida humana y también fue un ejemplo de la solidaridad que tendría que convertirse en el principio principal de nuestra democracia.

Olga Duque de Ospina cuenta, en su libro Con carácter, una anécdota semejante que sucedió en enero de 1935 en el Salón Elíptico del mismo Congreso: el senador Laureano Gómez se desplomó, mientras se discutía el tratado que zanjaba las diferencias con el Perú, y el senador Max Duque Gómez –uno de sus más vigorosos rivales– se vio en la obligación de salvarlo de una “congestión cerebral” y de atenderlo, mientras una multitud de más de 5.000 personas esperaban noticias en la plaza de Bolívar. El síncope del senador Gaviria, asistido por propios y extraños, también trae la moraleja de que primero que todo está la vida, y ese es el secreto de la convivencia.

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