Una democracia herida

Una democracia herida

Los hechos del 6 de enero en EE. UU. dejan grandes desafíos para el presidente Biden.

Por: Editorial
10 de enero 2021 , 12:48 a. m.

Donald Trump, el 45.º presidente de Estados Unidos, pasará a la historia no como el hombre que hizo ‘más grande a América’ –como rezaba su eslogan de campaña–, sino como el mandatario que logró poner en un riesgo sin precedentes la estabilidad y la integridad de una de las democracias más emblemáticas y admiradas del mundo.

Si bien es cierto que prácticamente todas las decisiones de su administración han sido escandalosas y han llevado el sello de la polémica, lo sucedido el miércoles pasado, cuando animó a una enorme y fascistoide turba de sus seguidores para que asediara el Congreso –justo en el momento en que se efectuaba en las dos cámaras el proceso de confirmación de los votos del Colegio Electoral que le dieron la victoria a Joe Biden–, podría ser considerado una especie de autogolpe de Estado, más propio de lo que los mismos estadounidenses tienden a llamar con superioridad moral ‘banana republic’, en alusión a lo que acontece en Latinoamérica y otras regiones del mundo.

La escena no pudo ser más inaudita, incluso para los que nos veníamos acostumbrando a los exabruptos del magnate: cientos (¿o miles?) de sus seguidores, incitados a la rebelión por Trump –como lo definió el propio Biden–, algunos armados con armas de un intolerable calibre y bates, o ataviados con extraños disfraces y con la bandera confederada, rompieron con absurda facilidad el cordón de seguridad de un lugar que debería ser, junto con la Casa Blanca y el Pentágono, uno de los edificios más seguros del mundo. Cinco muertos.

La reflexión al final de la jornada, cuando las fuerzas de seguridad retomaron el control del histórico edificio y se pudo concluir la sesión que confirmó a Biden, es que todo lo sucedido dejaba la amarga sensación de que la Guerra Civil (1861-1865) aún no termina, y que las fracturas históricas, sociales, económicas y raciales que quedaron al descubierto tras el brutal paso del ‘huracán Trump’ difícilmente serán reparadas, así se cristalice la esperanza de un gobierno sensato y asertivo del electo demócrata, que convoque a la unidad y a la restauración de los principios y valores que hicieron grande al país.

Las heridas siguen muy abiertas, y el catalizador que ha significado el golpe de la pandemia del coronavirus en la salud, el ánimo y el bolsillo del estadounidense promedio no hará sino ponerle más difícil el camino a un Biden que recibe un país en llamas, con protestas sociales desde múltiples frentes, con una economía que pasa duros trabajos y con un daño a la institucionalidad sin precedentes.

Más allá de los desafíos que deberá asumir la dupla Biden-Kamala Harris, resulta un verdadero quebradero de cabeza saber qué hacer con Trump para hacerle pagar por lo que muchos consideran un grave delito. Hay dos opciones constitucionales, que no parecen nada fáciles: la de activar la 25.ª enmienda, un mecanismo que permite declarar incapaz al presidente, y la otra es un ‘impeachment’ ultrarrápido si se tiene en cuenta que la asunción de Biden es el 20 de enero próximo. El primer escenario necesita el sí del vicepresidente Mike Pence o de los miembros del gabinete, lo cual no parece probable, de momento.

A pesar de que dejó ver sus costuras, la democracia estadounidense salió avante

El otro tampoco es que tenga mejores posibilidades, pero le daría un golpe moral enorme a Trump, pues, más allá de que no se consiga por la premura del tiempo y por los mecanismos propios del Legislativo, haría que pasara a la historia como el primer mandatario que enfrenta dos juicios de destitución en un solo mandato. Pero esto no podría ir más allá del 20 de enero, ya que Biden debe presentarse como el estadista que tiende la mano a los contrarios para la reconciliación nacional.

Pero la vergüenza no debe recaer solo sobre Trump. El Partido Republicano, que en un celestino papel sirvió de plataforma para los desatinos del magnate y se dejó secuestrar, también debe responder. De alguna manera, los ciudadanos ya los castigaron al darles la mayoría de las dos cámaras a los demócratas con el reciente triunfo del partido del burro en Georgia. Pero este debe ser el momento para que el Grand Old Party (GOP) dé un timonazo que lo aleje de esos elementos extremistas que tanto daño han provocado. De hecho, antes de la aparición de Trump, ya se notaba la pérdida del rumbo con el aire que le dieron al ultraconservador Tea Party en el 2008.

La buena noticia es que a pesar de que dejó ver sus costuras, la democracia estadounidense salió avante. Tanto el sistema electoral como las cortes, y al final el congreso, incluyendo a algunos republicanos, soportaron el embate del presidente e impusieron la Constitución y la ley. El famoso sistema de pesos y contrapesos preservó la división de poderes, y se abre una oportunidad de oro para hacer ajustes necesarios y renovadores. A nadie le conviene la inestabilidad política de la principal potencia del mundo. Ni siquiera a sus enemigos.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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