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Un mal que gana terreno

Un mal que gana terreno

El Día Mundial contra el Cáncer desnudó las grietas en la atención integral para 230.000 personas.

Si algo pone en evidencia la calidad de un sistema de salud es la forma como este se enfrenta a la llamada historia natural de una enfermedad, que abarca desde la prevención hasta sus cuidados paliativos. Y en tal sentido, en la práctica, el cáncer se convierte en su mejor evaluador en Colombia.

Conocidas las cifras, en la coyuntura del día mundial de este mal, el lunes pasado se desnudaron las inconcebibles grietas en el abordaje integral que merecen las cerca de 230.000 personas que en este momento lo padecen.

El país debe retomar el debate de la atención integral basada en niveles, una estrategia conocida desde hace 40 años.

Saber, por ejemplo, que todos los indicadores de desenlace empeoran y riñen con las mejoras en detección temprana es un baldado de agua fría, teniendo en cuenta los grandes esfuerzos para lograr una cobertura universal e incluir en los beneficios los últimos avances para el diagnóstico y tratamiento de esta dura enfermedad.

Nada justifica, por ejemplo, que tenga que pasar, en promedio, mes y medio –incluso hasta 80 días para los más pobres– entre el diagnóstico y el inicio de los tratamientos, cuando hay casos en los que, además de la angustia tras una noticia de este calibre en una familia, cada minuto de más obra en contra del pronóstico.

Como tampoco saber que, aun después de iniciado el tratamiento, por demoras en trámites, mala gestión y las barreras de acceso de siempre se pierden en promedio dos meses por año en algo tan definitivo como las quimioterapias o las terapias específicas.

Esto por no mencionar la falta de integralidad en la atención que campea en la mayoría de los casos debido a una segmentación absurda y propia del mercado que pone al paciente a dar vueltas, en una especie de viacrucis, buscando exámenes, medicamentos y terapias. Y ello pasa por encima de la norma según la cual la persona debe ser atendida en un solo sitio especializado o, por lo menos, en una red amigable que no acentúe su sufrimiento.

No basta decir tampoco que a Colombia le faltan especialistas –una verdad irrefutable–, porque también hay que agregar las aberraciones en las contrataciones por capitación para la atención en busca de tarifas bajas en centros oncológicos de dudosa calidad, mientras que lugares especializados como el Instituto Nacional de Cancerología y otros con niveles académicos de excelencia son despreciados por considerarlos costosos. Es un error inconcebible.

El panorama es oscuro. En vista de todas las falencias en cuanto al cáncer, el país debe revisar su modelo de atención. Retomar el debate de la atención integral basada en niveles, estrategia conocida desde hace 40 años y ratificada en la ley estatutaria de salud (1751 del 2015), no solo es una prioridad inaplazable sino un necesario acto humanitario, además de un derecho, para contener el avance de esta enfermedad, que, según estimaciones reales, amenaza con ser un tsunami.

Y hay que ser claros: nada de esto exime de responsabilidad a aquellos actores (EPS, hospitales, médicos, laboratorios y proveedores de otros insumos) que frente al cáncer privilegian sus intereses por encima del precepto constitucional de garantizar a las personas la salud como un derecho fundamental.

Si se logra atender el cáncer como se debe, la atención de todos los otros males tendría una esperanza.

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