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¡Que obre la diplomacia!

¡Que obre la diplomacia!

El pulso por Ucrania entre EE. UU. y Rusia es visto con nerviosismo por el mundo entero.

El mundo no quiere escuchar tambores de guerra, pero las declaraciones de los responsables rusos, estadounidenses y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otán) parecen conducir inevitablemente a la “posibilidad real” de un conflicto entre Ucrania y Rusia.

Esto, a pesar de que se ha abierto decididamente la vía diplomática con encuentros de alto nivel la semana que arranca para que las tensiones no desemboquen en la temida confrontación que podría reeditar lo sucedido en 2014, con la anexión de la península de Crimea por Moscú. Bien lo dijo Jens Stoltenberg, secretario de la Otán: “El riesgo de conflicto es real. Las acciones agresivas de Rusia socavan seriamente la seguridad en Europa”. El jefe de la diplomacia estadounidense, Anthony Blinken, también expresó: “Será muy difícil obtener progresos (...) mientras Rusia tenga una pistola apuntando a la cabeza de Ucrania”.

El pulso se da justo en el momento en que los estadounidenses recuerdan con pesar, otros con admiración, y todos con asombro, cómo una turba de seguidores del entonces presidente Donald Trump asaltaron el Capitolio hace un año, en un acto que, para muchos, más que una acción espontánea de desadaptados fue un premeditado intento de golpe de Estado para evitar la asunción de Joe Biden.

El demócrata, que está cerca de su primer aniversario, recordó cómo aquel día estuvo en riesgo la democracia por culpa de un Trump a quien acusó de “crear y difundir una red de mentiras sobre las elecciones de 2020 (...). No puede aceptar que perdió”. Un duro mensaje que puso en evidencia que el país no ha superado la polarización que marcó el periodo del magnate, como lo demuestra una encuesta según la cual un 70 por ciento de los republicanos creen genuinamente que les robaron las elecciones. Y otro tanto que considera que Trump debería intentar de nuevo llegar a la Casa Blanca, ante la aparente debilidad de Biden y sus hasta ahora discretos resultados, como lo mal que salió la retirada de tropas de Afganistán y las dificultades para la aprobación en el Congreso de su paquete de reformas sociales y ecológicas. 1,75 billones de dólares en remojo.

Si lo del Capitolio le sucedió a la que es considerada una de las democracias más sólidas, que ha sido faro y modelo mundial, es inquietante lo que puede pasar con las del hemisferio, tan frágiles y desinstitucionalizadas, y también con tanto caudillo suelto. De ahí que no sea bueno perder de vista lo sucedido ese 6 de enero. Ni dejar de reflexionar sobre su impacto en nuestras repúblicas.

Tampoco se pueden ignorar las inquietantes jugadas geopolíticas del presidente ruso, Vladimir Putin, que incluyen no solo su impresionante despliegue de tropas en la frontera con Ucrania, sino ahora el envío, a pedido del Gobierno, de miles de efectivos para ahogar las protesta en Kazajistán.

Rusia exige garantías para que la Otán no crezca más hacia sus fronteras, o de lo contrario podría invadir Ucrania. En Occidente se analiza esta jugada como un intento de Putin de volver a la época de los bloques o de las zonas de influencia que logró Stalin tras la Segunda Guerra Mundial. Es decir, la instalación de una especie de cinturón que rodeara a la Unión Soviética de gobiernos amigos o fácilmente intimidables para garantizar su seguridad. Una cortina de hierro. Es claro que ni Estados Unidos ni la Unión Europea van a consentir una situación similar, por lo que los diálogos tienen pronóstico reservado. Si hoy es Ucrania, ¿mañana cuál otro país?

Tampoco es bueno perder de vista lo sucedido ese 6 de enero en el Capitolio Estadounidense. Ni dejar de reflexionar sobre su impacto en nuestras repúblicas

Moscú quiere llevar la discusión al plano del cuestionamiento del papel de la Alianza Atlántica en las naciones en las que la potencia no quiere perder influencia, o pretende recuperarla; mientras que Occidente busca centrarse en lo que considera la agresión rusa hacia los vecinos cuyas sociedades desean, voluntariamente, acercarse al bloque europeo como garantía de que el oso no regrese.

En las salas de crisis rusas, igual, deben estar analizando que una agresión territorial contra Ucrania podría desatar sanciones que harían retroceder su economía 30 años, y que si se suman las que aún están vigentes por el episodio de Crimea podrían causar un efecto devastador. También, que las fuerzas armadas ucranianas no están tan mal dotadas ni son tan inexpertas como en 2014 y que contarán con el respaldo de europeos y estadounidenses, por lo que de dar el paso se vendría una guerra con altísimo costo en sangre difícil de gestionar, incluso para Putin. Por otro lado, saben que países tan influyentes como Alemania dependen en gran medida de su gas y eso puede ser una importante baza de negociación.

En suma, un ajedrez en el cual esperamos que la diplomacia cumpla con su delicada misión, pues el mundo no quiere una guerra, y menos cuando arrecia una pandemia que nos acostumbró a aplazar su fin.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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