Prohibido chatear

Prohibido chatear

No es claro aún si el camino con los celulares en los colegios debe ser prohibirlos o restringirlos.

Por: EDITORIAL
02 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

El mundo entero está en mora de dar esta discusión: qué tan bueno puede ser hoy, en la era del matoneo y las trampas por las redes sociales, que los estudiantes de los colegios tengan teléfonos celulares en los salones de clase. Por lo pronto, el Parlamento francés, como honrando una de las sonoras promesas del presidente Emmanuel Macron, ha votado a favor de la decisión de prohibir de modo definitivo el uso de estos aparatos –móviles, tabletas, relojes con acceso a internet– dentro de las primarias y las secundarias de la nación.

Ya en el 2010 se había prohibido en Francia el uso de teléfonos inteligentes durante las actividades de enseñanza, pero la nueva ley, que contempla excepciones “para el uso pedagógico” y alumnos con discapacidades, ha profundizado la idea de que las tecnologías modernas y las redes tendrían que estar en manos de los mayores de edad. No solo porque se han vuelto un verdadero problema a la hora de transmitir el conocimiento y enseñar los métodos para acercarse a la realidad. También porque exponen a los niños a la incertidumbre de las redes.

Se ha profundizado la idea de que las tecnologías modernas y las redes tendrían que estar en manos de los mayores de edad.

El ministro de Educación francés, Jean-Michel Blanquer, ha comparado dicha ley con una puerta al siglo XXI, pues no solo le pide a su sociedad, sino a tantas sociedades del mundo, que lleve a los hechos la aplazada reflexión sobre la educación en los tiempos de internet: ¿se está educando para un día a día en el que blogs y perfiles y redes han dejado de ser juegos de roles para convertirse en nuevos escenarios de la vida en sociedad?, ¿no debería en esta época enseñarse a leer los medios, desde el primer grado hasta el último, tal como se enseña a leer las artes y las lenguas?

No es claro aún si el camino con los teléfonos celulares debe ser prohibirlos o restringirlos desde los propios hogares de los menores o enseñarlos a usar en las mismas aulas como una herramienta para el conocimiento. Sin duda, la experiencia francesa aclarará el camino.

editorial@eltiempo.com

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