Por el buen trato

Por el buen trato

El pacto contra el matoneo y las humillaciones hacia los residentes médicos es un paso fundamental.

Por: EDITORIAL
13 de septiembre 2019 , 08:52 p.m.

Cuando desde todas las esquinas se clama por recuperar la humanización en los servicios de salud, poner sobre la mesa un pacto por el buen trato en los procesos de educación que específicamente reciben los especialistas en formación es, además de una obligación pendiente, un valioso aporte al sector.

Pero esto no ha sido gratuito ni espontáneo, sino el resultado de la visibilización de una situación que silenciosamente ha tendido a normalizar los abusos en los centros hospitalarios y algunas facultades contra los residentes, quienes por muchas razones –todas ligadas al temor– los han dejado pasar en espera de tiempos mejores.

Las cifras de matoneo y humillaciones han crecido tanto que desbordaron los claustros y llegaron a los estudios, como el publicado hace pocas semanas en Journal of the American Medical Association, según el cual casi la mitad de los residentes había sufrido alguna vez algún tipo de atropello. Esto fue refrendado por análisis de tendencia hechos en Colombia por la Asociación Nacional de Internos y Residentes (Anir), entre otros gremios.

La perspectiva es favorable, y solo se espera que
los compromisos planteados se lleven a la práctica de manera urgente.

Y, más allá de estas investigaciones, la situación tuvo mayor notoriedad a través de cientos de denuncias enviadas a este diario a raíz de la publicación de un artículo específico que, a la vez, fue una válvula de escape para muchos médicos que libremente contaron sus experiencias de maltratos desde sutiles hasta preocupantes y diversas formas de agresión física, emocional y sexual.

Aunque la cantidad de testimonios hubiera permitido la inferencia, tal vez ligera, de que se trata de un problema sistémico, la prudencia obligó a EL TIEMPO a convocar a todos los responsables a un debate con miras no solo a analizar la situación en un contexto argumental, sino a buscar soluciones de fondo y que perduren.

En ese contexto se reunieron el Ministerio de Salud, las facultades de medicina, las sociedades científicas, los hospitales universitarios, los representantes de internos y residentes y algunas organizaciones sindicales que, de manera juiciosa y propositiva, no tardaron en calificar estos hechos como un problema real que merecía ser escuchado y, en consecuencia, tratado.

No fue fácil abordar este tema y esencialmente separar del maltrato las exigencias absolutamente indispensables que conlleva el rigor de la enseñanza de disciplinas tan serias como las médicas, con el fin de erradicar esa obsoleta premisa de que la letra con sangre entra, para poner a todos los actores alineados en un horizonte de respeto por la dignidad de los profesionales y, por extensión, de la calidad profesional que exige la población.

Y si bien es apenas un anuncio, la perspectiva es favorable y solo se espera que los compromisos planteados se lleven a la práctica de manera urgente.

Es claro que un médico maltratado difícilmente puede proyectar respeto integral a sus pacientes, y lo más seguro es que lo que él padeció en su formación fácilmente lo repetirá con sus alumnos, en una franca violación de ese juramento hipocrático que fundamenta la profesión.

Erradicar el maltrato de las aulas es una parte de esa humanización que en la salud todos claman.

editorial@eltiempo.com

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