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Pobreza y desempleo

Pobreza y desempleo

Va quedando claro el impacto social de la pandemia. Y los enormes retos que impone.

Desde el momento mismo en que fue claro que el país iba a tener que enfrentar una pandemia se dio inicio al debate sobre qué senda transitar para evitar, tanto como fuera posible, que el esfuerzo por salvar vidas con las necesarias medidas sanitarias tuviera un costo de gran magnitud en este mismo aspecto, pero por las consecuencias de estas acciones y en particular del aislamiento obligatorio.

Las cifras conocidas en las últimas semanas ya no dejan duda alguna respecto al temor que reinó desde el día cero. Y es que una de las secuelas sociales y económicas más graves que la pandemia de covid-19 dejará –no solo en Colombia, sino en América Latina– será un aumento considerable, dramático, para ser claros, de los niveles de desempleo y pobreza. Las economías de la región están experimentando unos desplomes profundos de sus actividades productivas que ya están golpeando a los informales, los pobres y los más vulnerables. La expresión ‘sin antecedentes’ es cada vez más un lugar común.

Según las estimaciones más recientes de la Cepal, la región de América Latina y el Caribe sufrirá al final de 2020 una caída de 9,1 por ciento del PIB, un desempleo regional del 13,5 por ciento y un nivel de pobreza del 37,3 por ciento de la población. Esto se traducirá en 18 millones de nuevos desempleados y un aumento de 45 millones en las personas en condiciones de pobreza.

Colombia no se salvará de esta debacle. Un reciente estudio de Fedesarrollo calcula en una década el retroceso en avances sociales que la pandemia le infligirá a la sociedad. La disparada de 11 puntos porcentuales en la tasa de pobreza devolverá al país a niveles registrados en 2010. Las perspectivas del empleo no son buenas. Con tasas de más del 20 por ciento de desocupación, es urgente el despliegue de medidas de choque para crear puestos de trabajo.

En cuanto a la pobreza extrema y la indigencia, ya hay voces de alerta sobre los 5 millones de colombianos –hombres, mujeres y niños– que hoy ya no tendrían qué comer o estarían en riesgo de subalimentación. Por tal razón, los esfuerzos gubernamentales para ampliar y extender programas de transferencias monetarias, como Familias en Acción, y crear nuevos, como Ingreso Solidario, deben fortalecerse en el marco de las limitaciones presupuestales.

Mención aparte merece el caso de Bogotá, por su tamaño y el peso que representa para la economía nacional (25 % del PIB). Lo cierto es que en la capital el panorama no luce más alentador. De hecho, se estima que la pobreza multidimensional, hoy del 4 %, se disparó al 7 %, es decir que los logros de la última década se esfumaron. Las personas que pertenecen al rango de pobreza multidimensional sobrepasan hoy el medio millón, y allí las principales afectadas son las mujeres cabeza de hogar, más que los hombres. Y eso sin conocer aún la cifra de pobreza monetaria, que con seguridad también subirá.

Evitar o moderar el retroceso requerirá esfuerzos y sacrificios en clave colectiva, una actitud comprometida y solidaria de toda la sociedad: gremios, empresarios, patronos, empleados...

Evitar una catástrofe mayor en lo que concierne a la capital dependerá de varias cosas. La primera, que la Administración Distrital impida que el desempleo siga golpeando los hogares bogotanos. Este factor es determinante, pues es el que más pesa en el índice de pobreza multidimensional. Si las inversiones en obras de infraestructura, principalmente, no se aceleran, sería previsible un incremento de la informalidad. Segundo, debe redoblar esfuerzos en atender las demandas sociales de la población, particularmente en salud y educación. En este último caso, el desafío está en generar las condiciones para que niños y niñas tengan acceso a nuevas tecnologías que les permitan la virtualidad educativa.

La Alcaldía Mayor ha anunciado la generación de 500.000 empleos en los próximos años, oportunidades para que los jóvenes accedan a educación superior, una ‘donatón’ para que los más pobres tengan tabletas y computadores, además de otras ayudas a través del programa Bogotá Solidaria para medio millón de familias. Todo eso está bien, pero el reto es mantener las acciones del Gobierno y no dejar perder lo conquistado en décadas pasadas y que ha evitado una hecatombe mayor.

De vuelta al plano nacional, ahora que el Gobierno ha lanzado un plan de reactivación económica alrededor de sectores como la infraestructura y la energía, atenuar los impactos sociales de la crisis tiene que ser prioridad en el marco de este rebote. En especial, tal y como en Bogotá, tanto en materia de generación de empleos de emergencia como en el robustecimiento de los canales de ayuda social. Y debe quedar claro que evitar o moderar el temido retroceso requerirá esfuerzos y sacrificios en clave colectiva. Esto es, de una actitud comprometida y solidaria de toda la sociedad: gremios, empresarios, patronos, empleados, independientes. Todos. El reto es de tal magnitud que, claramente, no bastan decisiones gubernamentales.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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