Pederastia en la Iglesia

Pederastia en la Iglesia

Este delito tiene un capítulo en Colombia que necesita salir a la luz pública y hallar justicia.

Por: EDITORIAL 
14 de mayo 2019 , 07:11 p.m.

La pederastia cometida por muchos de quienes visten los hábitos de la religión ha conmovido al mundo. Y debe salir a la luz, sin vacilación. Un estremecedor reportaje publicado ayer por este diario en sus ediciones impresa y digital le acaba de mostrar al país los alcances de este delito en la Iglesia católica en Colombia.

Se trata, obviamente, de un crimen repudiable en todas sus manifestaciones, pero que es todavía más desolador cuando los perpetradores son aquellas personas que, como los sacerdotes y religiosos, por lo que representan, han recibido la confianza de las comunidades, de los padres de familia y de las propias víctimas.

Los afectados son menores de edad que cargan durante toda la vida las secuelas de estos miserables ataques. Y aunque es una práctica depredadora de la que se venía hablando a escondidas hace décadas, ha sido en los últimos años cuando los escándalos destapados en todo el orbe han llevado a la misma Iglesia a emprender el doloroso pero necesario camino de la penitencia.

La Iglesia tiene un reto enorme, por el bien de ella misma y de las víctimas. Y para que no se sigan presentando estos hechos repudiables.

Que nadie se llame a engaños. La Iglesia católica, y más en naciones como la nuestra, ha sido una institución vital para construir sociedad y proteger a los más necesitados. Su labor decidida por la paz y la defensa de los derechos humanos, especialmente en los momentos más tenebrosos del conflicto interno, ha salvado miles de vidas, incluso a costa de la de sus propios sacerdotes.

También es una verdad de a puño que los abusos sexuales no son un pecado exclusivo de la religión católica, y empezar a destapar esas otras historias vergonzosas es una tarea aún pendiente.

Pero no puede soslayarse tampoco que los pasos inéditos y urgentes contra la pederastia que ha emprendido el papa Francisco desde el Vaticano aún suenan lejanos en Colombia. Cincuenta y siete procesos penales formales y otras decenas de denuncias representan un acervo que, a la luz de lo que ha sido revelado por investigaciones y escándalos en países como Estados Unidos, Chile o Australia, parece al menos precario. Pero es que ni uno solo de estos ataques a la inocencia es tolerable.

La verdad, dice el mensaje del Evangelio, nos hace libres. En la misma vía, el cardenal Rubén Salazar dijo en entrevista con este diario que establecer la realidad de la pederastia religiosa en Colombia terminará, a la larga, fortaleciendo a la Iglesia.

Así, pues, las políticas ya definidas por la Conferencia Episcopal para proteger a los niños y evitar nuevos casos deben acompañarse con una apuesta de fondo para investigar, sin ambages, lo ocurrido en el pasado.

Levantar el velo de la prescripción interna de esos casos que tienen décadas y reconocer también que por acción u omisión hubo obispos y superiores que terminaron protegiendo a los pederastas, especialmente con los cambios de diócesis o incluso de país apenas estallaban los escándalos, es un paso para llegar a la verdad, ese bálsamo que es capaz de cerrar hasta las más grandes heridas.

La Iglesia, con la justicia terrenal, tiene un reto enorme, por el bien de ella misma, de la fe cristiana y, claro, de las víctimas. Y para que no se sigan presentando estos hechos repudiables.

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