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Pausa inesperada

Pausa inesperada

La caída de las redes el lunes volvió a poner sobre la mesa preguntas urgentes.

La cotidianidad de millones de personas en todo el planeta se vio fuertemente alterada el pasado lunes por la caída de las redes sociales Facebook e Instagram y del servicio de mensajería instantánea WhatsApp, los tres pertenecientes al conglomerado que lleva el nombre de la primera.

Un problema con el sistema de nombres de dominio –DNS– habría sido la causa del colapso temporal de los tres servicios, que por cerca de ocho horas no estuvieron disponibles. El inconveniente no solo afectó la publicación e intercambio de mensajes, videos y fotografías. En un mundo cada vez más volcado a lo digital, sobre todo después de las restricciones que trajo consigo la pandemia de covid-19, numerosas actividades que solían realizarse de manera presencial y que por el coronavirus hicieron el tránsito a la virtualidad –desde foros y convenciones hasta transacciones bancarias y compra y venta de todo tipo de productos y servicios– también sufrieron notables traumatismos. Y el impacto fue más allá: alcanzó, por ejemplo, las clases virtuales que por WhatsApp siguen recibiendo millones de niños y niñas en Colombia y en otras latitudes.

El episodio coincidió con el terremoto que generó la exempleada de Facebook Frances Haugen, quien en su comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos formuló una serie de denuncias sobre cómo el algoritmo de la red estaría privilegiando contenidos que generan rabia en la gente y, al tiempo, ganancias para la empresa. Haugen, que pocas horas después fue tajantemente desmentida por voceros de la firma, había planteado también que estudios que demostrarían un posible efecto nocivo en la salud mental de niños y jóvenes de redes como Instagram y Facebook habían sido ignorados, de nuevo en aras de maximizar los ingresos.

Lo ocurrido el lunes tuvo, reiteramos, un impacto enorme en el planeta y puede ser visto desde dos aristas. La primera es la de cómo el mundo y la economía del planeta dependen cada vez más de unos pocos conglomerados tecnológicos. Como se ve, no es solo el complejísimo asunto de la privacidad en el manejo de la información que tienen de sus usuarios lo que prende las alarmas. El simple hecho de ser la plataforma sobre la que se desarrolla cada vez mayor número de actividades de toda índole le confiere a Facebook un nuevo poder, de índole incluso diferente al que proviene de conocer a un nivel muy detallado hábitos, gustos y fobias de quienes tienen en estas redes un perfil. Algo similar a lo que ocurre con otro coloso digital, Amazon, que en sus servidores aloja una cantidad considerable de las plataformas y páginas que a diario utilizan y consultan millones de personas en el planeta.

Conviene que lo ocurrido sirva no solo para que se den esos debates por tanto tiempo aplazados sobre regulación y uso responsable, sino para valorar esos espacios de desconexión

Se trata, entonces, de un asunto meramente práctico o técnico, como quiera llamársele a lo relativo a la infraestructura tecnológica que se entremezcla con lo ético. Esto es, con la pregunta no solo por el manejo que se les da a los datos de la gente, sino por el impacto en la sociedad de la forma como deciden utilizar dicha información. Surgen interrogantes urgentes: ¿hasta dónde llega la autonomía de estos gigantes si en su legítimo afán de maximizar beneficios están, entre otras consecuencias, minando los cimientos de las democracias del planeta? Si es cierto que se puede confirmar lo que ya tantos padres sospechan sobre cómo estas redes causan depresión y ansiedad, sobre todo entre los usuarios más jóvenes, ¿cómo hacer para regular su uso? ¿Qué costo tiene el que esta labor dependa únicamente de la autorregulación de estas empresas?

Luego está la otra arista, la de la cotidianidad, la de los acelerados ritmos que hoy marcan estos servicios tecnológicos en la vida de sus usuarios. Hubo cierto consenso en que la ausencia de las redes y de los mensajes significó un respiro, un inesperado pero bienvenido alivio. La dictadura de la inmediatez que han traído consigo las redes y los servicios como WhatsApp quizás ha podido aumentar la productividad, pero a un costo considerable en términos de calidad de vida y, de nuevo, de afectación de la salud mental.

No se trata de propender a un regreso al pasado: es innegable que estas tecnologías tienen también una larga lista de beneficios, tal y como se ha podido constatar en estos últimos meses en que han sido una verdadera salvación para tantas personas y actividades de toda índole. Sí conviene, en cambio, que esta pausa forzada sirva no solo para que se den esos debates por tanto tiempo aplazados sobre regulación y uso responsable, sino para valorar esos espacios de desconexión cada vez más necesarios. Y, en últimas, todas estas reflexiones que surgieron a partir de lo vivido el lunes tienen que conducir a encontrar la manera de que la tecnología permanezca en función de la humanidad y su bienestar, y no al contrario.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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