Pandemia de feminicidio

Pandemia de feminicidio

Es hora de detener esta tragedia en nuestro país, que este año ha cobrado la vida de 99 mujeres.

Por: Editorial
26 de junio 2020 , 09:25 p.m.

El oportuno informe de la campaña No Es Hora De Callar, conducida con temple y compasión por la periodista de EL TIEMPO Jineth Bedoya, prueba a las claras que en los días de la pandemia en Colombia ha crecido el feminicidio como una pesadilla de la que hay que despertar: este, que es una desgracia, es el único delito que no disminuyó, sino que aumentó en un 8,6 por ciento durante la cuarentena. En el reporte especial se habla de 99 mujeres asesinadas en lo que va de 2020; 99 dramas que hacen parte de una sola barbarie que podría ser evitada: se habla de violaciones, de empalamientos, de torturas, de secuestros, de descuartizamientos, en fin, de todos los modos del horror a unos pasos nomás de las vidas de todos.

Cada feminicidio es la infamia contra una mujer que estaba jugándose la vida por definirse a sí misma, que vivía encerrada, enclaustrada, con su verdugo, y que pedía auxilio de alguna manera en medio de los estruendos de las muchas guerras y noticias colombianas. Es, de nuevo, nuestro problema más urgente y nuestra pregunta menos respondida: ¿cómo atajar, contener, expulsar la violencia de esta sociedad? Pero centrada en la figura que, como demuestran los relatos y las estadísticas diarias, la sufre de la peor de manera: ¿cómo detener de una buena vez la violencia machista que nos ha traído hasta acá, pero que sigue sucediendo y continúa reportándose en un segundo plano?

Gracias a las campañas de No Es Hora De Callar y de la Fundación Feminicidios Colombia, y gracias a los movimientos de redes que fueron particularmente visibles ayer –el cacerolazo nocturno al son del grito “nos queremos vivas, libres, sin miedo” retumbó por numerosos barrios del país–, se hizo evidente que estamos entrando en una época crucial en la que la violencia contra la mujer –por demás degradada por el conflicto y su sombra– tiene que dejar de ser parte central de nuestra cultura si queremos partir de lo mínimo.

A las denuncias hay que sumarles un Estado planteado para
la convivencia, para la disuasión de una violencia degradada
por décadas de guerra.

Es tiempo, quizás, de sentarse a aprender, a reaprender lo que cada quien pueda y cada cual deba: como prueban los trabajos amorosos de tantas lideresas, hay en el lenguaje de cada día, en los cuadros de costumbres de cada región, en los comportamientos en el mundo laboral, una serie de detalles, de símbolos, que pueden reformularse. Es, también, cuestión de escuchar los gritos de auxilio: “Lo primero que hizo fue dañarle el celular para que ella no pudiera pedir ayuda”, “hace días está excavando en el patio”, “le pegaron tan duro que le partieron su extremidad”, “que si ella no era de él, no iba a ser de nadie”, “le reposaba una denuncia de violencia intrafamiliar”, se lee en el informe de este diario.

Hay que detener esta tragedia. Y es momento, sin duda, de sumarles a las denuncias un Estado planteado para la convivencia, para la disuasión de una violencia degradada por décadas de guerra, y para el desmonte de la violencia machista: no sobra recordar que aquellas 99 mujeres fueron asesinadas por 99 hombres a la vista de toda una cultura en mora de desacostumbrarse a tanto horror.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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